Cirlot, por fin un poeta al completo
Juan Eduardo Cirlot, bajo tres de las espadas de su colección /ABC
Fue un creador inabarcable, un poeta inconcebible y casi inverosímil para la España en que escribió. Cirlot fue íntimo y fue universal. Vanguardista y clásico. Conocedor de sumerios y babilónicos, de cátaros y sufíes, de la Biblia y la poesía gaélica, coleccionista de espadas y de íntimas desolaciones. Vivió al margen de casi todos los ismos (salvo los propios), a contracorriente de modos y de modas, hundiendo las raíces de su vida y de su obra en un mundo absolutamente personal, rotundamente intransferible, el «Del no mundo», título, precisa y exactamente, del tercer volumen que reúne por fin su poesía completa, publicada por Siruela, en edición de Clara Janés.
El volumen recoge la creación de Cirlot entre 1961 y 1973, salvo el ciclo Bronwyn, una creación, según la propia Clara Janés «centrada en la parte más enigmática de su poesía, impregnada del pensamiento que explica toda su obra creativa, el ser dejando de ser, la relación de la vida con la muerte, lo que es enigma, lo que es misterio, putrefacción y renacer, proceso alquímico, un libro que va de lo negro al oro, como la búsqueda de la piedra filosofal».
Así que pasan los años y su creación comienza a ser conocida y reconocida, más intensa, copiosa, original y trascendental se muestra la obra de Juan Eduardo Cirlot ante los ojos del lector. Músico, crítico de arte, explorador de mundos literariamente arcanos para nuestra lírica, el mismo poeta da cuenta en este libro de su quehacer en una poética de 1970: «Mi poesía se mueve entre polaridades, a veces cayendo en ellas, y a veces entreverándola: misticismo y nihilismo, tradición y vanguardia, concepción surrealista, o más bien mágica, y tendencia a lo clásico, formalismo estructuralista y contenidismo a ultranza».
Y siempre, como turbina del motor incesante de la obra de Juan Eduardo Cirlot, la música, sobre todo el dodecafonismo de Arnold Schönberg, compositor en el que Cirlot econtró numerosas claves para su lírica. «La música es indesligable de su poesía -subraya Victoria Cirlot, su hija-. Tenía una cabeza musical y su construcción poética es musical. Además, como él mismo decía, sabía oír. Por eso lograba captar y entender textos en gaélico o germánico».
Poesía en llamas
Sin embargo, a pesar de la gran carga cultural e intelectual, mágica y alquímica, que da cuerpo y alma a su poesía, la obra de Cirlot no es fría, ni deshumanizada, no es una ecuación con demasiadas incógnitas, sino una integral repleta de respuestas a las que, eso sí, hay que saber echar el lazo. Poesía en llamas, poesía en la que laten las dudas del ser humano, su «no ser», su despojamiento ante la existencia, su nacimiento para emprender acto seguido el camino y el destino de la muerte, la desaparición. «No sé si mi poesía es arte -sigue escribiendo Juan Eduardo Cirlot--. Pero sé que muchas veces he logrado decir lo que deseaba y exactamente como quería hacerlo. Para un hombre que ha escrito "yo soy un ser humano a pesar mío» (Bronwyn, I, 1967) esto parece bastante».
Una obra, marcada, siempre, en palabras de Victoria Cirlot «por la sensación absoluta de lo nuevo». Y, como dice Clara Janés, para edificar «una de las obras más importantes del siglo XX. La literatura española tiene una deuda con él, no paró de abrir puertas durante toda su vida, aunque quizá la España de entonces no estaba preparada para saber recibirlo».
Como remate a esta edición de «Del no mundo», se publica otra obra del poeta, «Cirlot en Vallcarca» (Alpha Decay). En ella, se incluye un texto de su hija Victoria y un extraordinario poema en prosa llamado «La dama de Vallcarca», «lo mejor que un español ha escrito en ortodoxo surrealismo», según carta del propio Cirlot a Juan Fernández Figueroa, el primer editor de esta pieza en la revista «Índice de Artes y Letras», en el año 1956. El barrio barcelonés de Vallcarca es un territorio mítico para Juan Eduardo Cirlot que una y otra vez lo recorría tras la pista de su alma mater artística el compositor Arnold Schönberg que residió alli entre 1931 y 1932.
Juan Eduardo Cirlot ya es, por fin, un poeta al completo. Y su obra, un viaje a la Arcadia de la más honda, más intensa y más emocionante poesía escrita en castellano.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...