Lunes, 18-05-09
Anda, la osa. La Osa Mayor, naturalmente. ¡Aquí no remendamos de viejo! Yo creía que el Programa Erasmus de las universidades europeas se llamaba así en homenaje a Erasmo de Rotterdam, con latín y todo, y resulta que es un acrónimo.
—¿Un acro...qué?
Un acrónimo. Una sigla que se pronuncia tal como se lee. Una palabra formada por las iniciales de las que dan nombre a un organismo o un objeto. Un acrónimo clásico es Renfe, pronunciando como sílabas las iniciales de Red Nacional de Ferrocarriles Españoles. Que, a su vez, ha dado paso a otro acrónimo, Adif, Administración de Infraestructuras Ferroviarias. Y sin bajarnos del tren, otro acrónimo es Ave, Alta Velocidad Española.
Algo así es lo de Erasmus. Es el acrónimo, en inglés, de «European Region Action Scheme for the Mobility of University Students». Que traducido resulta algo así como: «Plan de Acción de la Unión Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios».
—O sea, que esto de los erasmus es como de Torrijos, ¿no?: la movilidad de la sostenibilidad...
Y tanto. Se mueven mayormente hacia Sevilla, donde vienen más erasmus que vencejos por primavera. «Erasmus», en las siglas del programa, significará «European Region» no se qué; pero erasmus con minúsculas, en el habla sevillana, significa «chaval guiri que está estudiando en la Universidad, cortito de dinero, ayudado por sus padres, que se gastan un dinero cuando vienen a verlo». ¿Cuántos erasmus hay en Sevilla? Deben de ser miles, por lo que cunden, en las aulas y fuera de ellas. A los erasmus (y a las erasmas) se les ve encantados de Sevilla. Muchos se casarán aquí y aquí se quedarán, seguro, como se quedaron los ingleses del agua potable de la Seville Water Works. Cuando lea esto último Maribel Moreno de la Cova dirá que eso viene muy bien, que las sevillanas se casen con los erasmus y viceversa, porque «refresca la sangre». Cuando la invité a la boda de Fernando mi hijo con una alemana así me dijo:
—Eso está muy bien, gente extranjera. Así se refresca la sangre.
Le repliqué:
—Maribel, hija, que con eso de refrescar la sangre parece que más que de la familia Burgos estás hablando de las reatas de la ganadería de Juan Pedro Domecq.
La sangre sevillana no sé si la refrescarán los erasmus y erasmas, pero las tradiciones ya las han incrementado. Si pasan por el puente de Triana, verán en sus barandillas multitud de candados prendidos en los barrotes. Algunos de estos candados llevan inscripciones, fechas, nombres. Son los candados del amor. Una costumbre que aseguran han traído a Sevilla los erasmus italianos, y que aquí convertiremos en tradición ya mismito. Como prenda de su amor, los enamorados compran un candado en los chinos, se van al puente de Triana, lo cierran sobre los hierros de la barandilla, se dan un beso y tiran la llave al río. De los erasmus, la costumbre ha pasado a los enamorados sevillanos. El puente de Triana está ya lleno de candados. Como su precedente romano, el Ponte Milvio sobre el Tíber, de donde aseguran que los erasmus italianos importaron el rito, y donde hay una Farola del Amor con miles de candados. Al fin y al cabo, si Sevilla fue la Nova Roma del Renacimiento, nada más lógico que el puente de Triana se disfrace de Ponte Milvio y el Guadalquivir, de Tíber. Siempre dije que la calle Betis parece del Trastévere romano. Aunque no hay nada nuevo bajo el sol de Triana. Llegan unos novios, ponen el candado, se besan y tiran la llave al río. Y el aire trae la vieja soleá de Benítez Carrasco: «Mira si soy desprendío/que ayer pasé por el puente,/tiré tu cariño al río».

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