Las entretenidas sevillanas de Leopoldo Tamaral
Cubiertas de «Las casas que nos poseyeron y que fuimos abandonando» (Lima, 1972) y de «Calendario de Lurín» (Sevilla, 1998)
Lunes, 24-08-09
Leopoldo Tamaral siempre reconoció su deuda con la literatura, pues en 1929 huyó de una dictadura peruana como polizón de un barco griego, del que se salvó de ser arrojado en alta mar por saberse de memoria varios cantos de los poemas homéricos en griego clásico. A la marinería le hizo gracia y así le permitieron desembarcar en Marsella, donde fue apresado y torturado como sospechoso de pertenecer a la resistencia argelina. Cuando se resolvió el malentendido Tamaral ya había perdido una oreja y el gobierno francés le concedió un permiso de residencia a manera de desagravio.
Una vez en París estudió filosofía con Sartre y homeopatía en La Sorbona, frecuentó al poeta César Vallejo y a un joven trompetista de jazz llamado Boris Vian. Admirador de la II República española, Tamaral asistió al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas de Valencia y de regreso en París se unió a las tertulias de republicanos exiliados, donde trabó gran amistad con Corpus Barga, a quien convenció para que se instalara en Lima. En Fuegos fugitivos (2003), antología de sus crónicas peruanas entre 1949 y 1964, Corpus Barga evocó a Tamaral en «La época de los americanos en París» (Expreso, 13.08.1962), atendiendo las enfermedades venéreas de las prostitutas de la Porte Saint-Denis. Al parecer, aquel mundo salvaje y pecaminoso fascinaba a Tamaral, quien acabó casándose con Yasmina «La Maroccaine», una paciente habitual que malvivía ejecutando la danza del vientre en La Villette.
De la pobreza parisina lo rescató Corpus Barga, quien recuperó a Tamaral para la prensa y la literatura peruana. De aquellos años limeños data De las casas que nos poseyeron y que fuimos abandonando (1972), poemario constelado de estupor y melancolía. Persuadido de que Lima ya no era su ciudad, Tamaral regresó a París tras la muerte de Corpus Barga en 1975, tan sólo para constatar que sobre su querido y putañero barrio de Les Halles había caído una estación espacial jubilada. Y así, incapaz de tolerar la chatarra fluorescente del Centro Pompidou, Tamaral decidió irse lo más lejos posible y no paró hasta la sevillana calle Cabeza del Rey don Pedro, donde abrió un «taller de inventos».
La obra de Tamaral es póstuma, fragmentaria y más bien maldita, como asegura su albacea literario, el escritor Leopoldo de Trazegnies Granda, quien ha reunido sus pensamientos, traducciones y memorias. La revista Renacimiento # 19-20 adelantó algunos poemas de Calendario de Lurín (Letraz, Sevilla, 1998); por otro lado, en Wikipedia ya existe una entrada dedicada a los aforismos de Tamaral, y tras la edición de sus Cinco poetas antiguos desconocidos (El-Quindam, Sevilla, 2008), la prestigiosa orquesta Lacrimae Consort París musicalizó los versos de «El jardín oscuro» del persa Shakir Wa´el -traducidos del farsi por Tamaral- en el LVIII Festival Internacional de Música y Danza de Granada de julio de 2009.
Sin embargo, la Sevilla de Tamaral jadea en la novela inédita Memorias de un putero, que De Trazegnies preparó en vano para la colección de la Sonrisa Vertical, porque el prestigioso premio no ha vuelto a ser convocado nunca más. Se trata de una obra a caballo entre las memorias y la autoficción, salpimentada de greguerías, poemas en prosa y apuntes de voyeur, todos ellos dedicados a las «entretenidas sevillanas», como Tamaral llamaba -finísimo- a sus amigas y cómplices. Acerca de una «casa amoblada» que a fines de los 70 funcionaba en los altos de un mesón del Paseo Colón, anotó Tamaral:
«Las entretenidas del establecimiento eran recatadas y silenciosas, como monjas. El salón de altos techos estaba decorado con oscuros muebles castellanos, apolos descabezados y venus mancas, un sinnúmero de cuadros de gitanas, postales antiguas, recuerdos, exvotos y una vitrina iluminada llena de botellas de colores, donde el barman servía los daikiris. Mirando hacia Triana, en la pared principal, había una gran fotografía de sir Alexander Fleming - «El Salvador»- que había sustituido a un Sagrado Corazón de Jesús que anteriormente presidía el local. En rincones menos aparentes, como aparadores y hornacinas, se podían ver estatuillas de San Judas Tadeo, el Cristo Pobre y San Pancracio, a veces con un florerito de jazmines o de perejil, para que trajeran suerte. Cecilia teñía sus canas de un distinguido color rubio y se las recogía detrás de la cabeza, con cierta elegancia. Sólo nos atendía en persona a unos ocho o diez señores mayores, con la condición de llamarnos a todos «Arturo». Entonces yo la bauticé «Cecilia Böhl de Faber» y Cecilia me sonreía imaginándose que la comparaba con la protagonista de Sissí emperatriz».
Curtido en los lupanares limeños de los Barrios Altos y en los garitos parisinos de Les Halles, durante los ochenta el octogenario Tamaral buscó la compañía de las nínfulas yonquis de la Alameda, a quienes dedicó un ingenuo y sórdido poema titulado «El francés a tres mil pesetas»: Al borde del abismo / esperas apagada / que a la luz del semáforo / se acerque el pato Donald. / Que nadie vea tu piel / de fruta machacada, / ni el bosque de tu cuerpo / florido de heroína, / mientras naufragan, Daisy, / tus labios en la noche.
A veces las desprevenidas vecinas eran motivo de la inspiración literaria de Tamaral, como demuestra esta viñeta titulada «La Ventana»: «Se jabona delicadamente, inconsciente de su propia belleza y del placer que no llega a ser brisa sobre su piel. El agua entra a su pelo como mil peces en una ola oscura, resbala por los suaves montes de sus hombros, se estremece en el centro de su espalda, se remansa en las medias lunas de sus nalgas y se esconde en el revuelo rubio de su pubis para caer torrente entre sus piernas. Ella hace cuencos con las manos y las posa sobre sus senos, que sin ser grandes tienen el peso necesario para compensar los músculos de sus brazos. El movimiento de los pulgares sobre los pezones mojados actúa como el beso del amante y produce unas pompas olorosas y trémulas que yo adivino».
Sin embargo, no siempre Tamaral encontró entretenidas para entretenerse, y así descubrimos cómo vivió un romance con una gallina viuda portuguesa («En esa época eran las únicas relaciones sexuales satisfactorias que manteníamos tanto ella como yo»), hasta que un día decidió regalarle a su querida un gallo de pelea («El domingo me dirigí al mercadillo de la Alfalfa con la conciencia más sucia que la de un alcahuete escrupuloso»), pero como el vendedor quiso colarle gato por gallo («Enseguida pensé que mi gallina no lo admitiría, tenía las patas negras. Ella y yo entendíamos algo de genética avícola y sabíamos que un buen gallo de pelea debe tener las patas color maíz maduro»), Tamaral se fue de la Alfalfa ofendido y más enamorado («me entraron unas ganas irrefrenables de volver a casa, casarme con ella y pasar el resto de mi vida a su lado, haciendo el amor plácidamente en el jardín»).
Tamaral falleció durante la Expo 92, mientras probaba un motor de su invención en el aeródromo de Tablada. Y aunque era ateo y descreído, el capellán del ejército celebró una misa a la que sólo asistieron sus amigos anarquistas, algunos compañeros del partido socialista y una elegante anciana que lloraba desconsolada llamándole «Arturo». Sólo ella comulgó.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...