Actualizado Martes , 23-03-10 a las 07 : 09
Mi querida, llorada y admirada Isabel Álvarez, para quiénes no la hayáis conocido, era una profesional de la educación en el mejor sentido de la palabra, dedicó su vida a defender la idea de una escuela democrática. Ella fue la pionera en la formación para directivos escolares a través de unos cursos que aún hoy se recuerdan como ejemplo de rigor y calidad, porque creía con toda firmeza que, solamente desde un inequívoco liderazgo pedagógico asumido por los directivos de las instituciones escolares, se produciría el cambio que nuestra escuela necesita.
La escuela democrática era, para Isabel Álvarez, no un permanente foro asambleario en el que todo está por hacer, sino un espacio en el que los profesionales de la educación, de la mano de las familias, desarrollan un proyecto educativo orientado a conseguir la mejor escuela para todos. En ese contexto, los directores, no lo olvidemos, se eligen democráticamente por el órgano que representa a toda la comunidad educativa, el Consejo Escolar, y los equipos directivos al completo, pueden llevar a cabo, a través de ese liderazgo pedagógico, el proyecto con el que han sido elegidos. No un cheque en blanco, sino un proyecto del que dar cuenta, del que responder, por el que luchar.
Los que aprendimos tanto con Isabel Álvarez, tenemos siempre presente que el liderazgo compartido es la mejor forma de gestionar unas instituciones complejas en las que el personal (aquí me refiero a la escuela pública) no ha sido seleccionado ni elegido, sino que forma parte del centro por un acto exclusivamente administrativo. Los claustros de los centros escolares no han surgido de una elección democrática, como, por ejemplo, los consejos escolares, los directores o los delegados de grupo. Ello obliga a los directivos a encontrar espacios de trabajo que vayan orientados a la consecución de los objetivos educativos. En este sentido, el lema de la propia Isabel Álvarez puede darnos una pista en el reto de integrar los intereses particulares en el proyecto del centro: «Ensanchar lo común, respetar lo diverso».
</CW>También aprendimos con ella que los procesos deben tener continuidad, pues lo contrario, la contigüidad es enemiga del aprendizaje. Aprendimos que tomar decisiones era un ejercicio de responsabilidad, si se hace desde el objetivo del bien común; que el respeto a la norma es un principio irrenunciable; que la comunicación y la participación son ejes de una escuela que pretenda responder a las necesidades de la sociedad a la que sirve.
Aprendimos, sobre todo, a no avergonzarnos por dar un paso al frente y acceder a la dirección. Directores con proyectos, democráticamente elegidos, equipos directivos preparados, formados. Toda nuestra vida se compone de momentos en los que hay que dar un paso al frente y esta decisión es una de ellas, muy importante para un profesional de la educación que crea en la capacidad transformadora de la escuela.
Estos días, leyendo y oyendo el ataque despiadado que se hace desde algunos sectores contra los directivos escolares, me he acordado de Isabel Álvarez. Porque ella no se hubiera callado. No hubiera sido el suyo un silencio cómplice y su voz, estoy segura, se alzaría con la palabra justa. Porque creía en los equipos directivos, conocía mejor que nadie cómo ellos mantienen el pulso de los días en la escuela, con pocas alegrías y muchos sinsabores. Confiaba en que, desde la dirección, era posible crear una red de trabajo, de proyectos, de actuaciones, que incidieran directamente en la mejora. Y sabía también que, sin ellos, sin su liderazgo pedagógico, compartido y democrático, eso no sería posible nunca.
Estos días en los que se duda de los directivos escolares y se olvida su trayectoria, cómo han tenido que adaptarse, a base de esfuerzos personales, a los nuevos retos que la escuela presenta, a una gestión compleja, a nuevas responsabilidades, he vuelto a recordar el espíritu de aquellos cursos de equipos directivos que Isabel Álvarez desde su visión clarividente, organizó y diseñó. Porque tuvo claro que los tiempos que venían eran de cambio y la escuela no puede ir a la retaguardia de la sociedad, sino al contrario, ser la adelantada. Porque entendió que la escuela para todos significaba, no solamente la escolarización general, sino también dar a cada uno lo que precisa, abriendo un abanico que favorezca, sobre todo, a los que menos tienen, a los que menos saben, a los que menos pueden. Isabel Álvarez imaginó unos equipos directivos comprometidos con su tiempo. Un tiempo en el que el concepto de comunidad educativa es una realidad. Equipos directivos para todos, no solamente para los profesores, también para las familias, para los alumnos, para todo el personal del centro. Nuevas formas de dirigir. Pero para eso hacen falta normas que lo permitan y por eso estos días he recordado una vez más a Isabel, porque hemos perdido, de nuevo, una oportunidad. Una oportunidad para que nuestras escuelas públicas pudieran comenzar, aunque fuera tímidamente, a funcionar con eficacia, y en torno a un proyecto común que no sea papel mojado. Una oportunidad perdida para vertebrar un modelo organizativo coherente con el proyecto educativo de los directores democráticamente elegidos, que sirviera como motor para la vida de los centros. Y todos los que han contribuido a que esa oportunidad se pierda, deberían dar cuenta a la sociedad entera de su actuación.
A pesar de todo, los directivos escolares, los de ahora y los que vendrán, seguiremos trabajando, teniendo presente nuestro mayor objetivo: que los alumnos aprendan. Por eso, no estemos demasiado tristes, vamos a continuar luchando por la escuela en la que creemos, la escuela de todos, y como diría Miguel Hernández, en éste su año: «dejadme la esperanza».

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