Música

Música / BIENAL DE FLAMENCO

Eva se reinventa

Día 06/10/2010 - 08.47h
Algunos artistas tienen la facultad de reinterpretarse, de reiventarse. No hace falta ser el Ave Fénix, ni tampoco renacer de ningunas cenizas, basta a veces con reflexionar sobre la vida y sobre lo que uno es capaz de hacer a la hora de crear.
Eva Yerbabuena lo anunció en la presentación del estreno absoluto de «Cuando yo era...» y fue clara cuando dijo que cada uno cogiera las vivencias como quisiera, que estas, las de su montaje, eran las suyas.
Yerbabuena se ha reinventado, y no sólo en el apartado artístico, sino incluso en el estético. Su baile ha eliminado adornos que antes lo hacían casi barroco para entrar en una definición corporal mucho más lineal que engrandece sus movimientos.
Su presencia física también ha cambiado. El cuidadoso peinado de onda aguada, ha desaparecido. Su pelo ha permanecido suelto o con un recogido ocasional, algo absolutamente inédito hasta la fecha. Y el vestuario ha sufrido también una transformación. Atrás quedaron las batas de cola y los apretados chalequillos para aparecer los trajes muchos más frágiles y lisos, con colores y telas que bailan de forma más grácil. Su presencia escénica en este sentido ha salido ganando, y mucho. Por eso y más, Eva se ha reinventado.
En cuanto a la dirección de escena, Juan Ruesga ha organizado de tal manera el espacio que tan sólo hay dos puntos equidistantes a ambos lados del escenario, para dejar siempre libre el centro y que los intérpretes sean quienes introduzcan o saquen los elementos.
Estando ya en situación, podemos adentrarnos en el espectáculo que se inicia con una dramática escena: una paloma planea sobre las cabezas, y en el escenario tres hombres de rodillas; suenan dos tiros, caen dos y uno permanece. El relato de la vida y la muerte, la memoria de Eva, de lo que le contaron sus abuelos y de lo que vivió comienza a desvelarse poco a poco.
Tras la obertura con una composición hermosa de Paco Jarana, un prólogo en el que aparece un elemento importante: un torno de alfarero. En él se moldea la vida, el nuevo ser, el destino, y Eva se dirige a él, coge las piezas y las echa al suelo.
La soleá por bulerías da paso a las malagueñas en el taller del alfarero que Eva baila en un torno que se ha convertido en gigante y que luego en la Feria, será un carrusel.
Pero pasan las penas, bajan una luces de colores para dar paso a la Feria, quizàs el cuadro más brillante de esta obra. Bulerías, tangos de Triana, rumbas, con participación de toda la compañía. Cantan Jeromo y Pepe de Pura con voz inmensa, impropia de tantos días de Bienal, y baila la compañía, un elenco de calidad en el que Eva descansa con razón gran parte del montaje. Fernando Jiménez remeda a Charlot, y Mercedes de Córdoba baila por rumbas con cómico y tierno traje de flamenca años sesenta. Jeromo canta en recuerdo de Bambino: «Payaso». ¡Ole!
Eva toma los tangos para sí, su baile es el de siempre, pero tiene algunos gestos más hechos, más maduros, de más vida. Eva baila a la vida que ha vivido y nos la enseña.
Y llega el reñidero, como si estuviéramos en una gallera de Loja, y son Eduardo Guerrero y Fernando Jiménez los que se convierten en gallos de pelea, una escena de increíble belleza y de fantástica danza.
Pero hay que dar una vuelta más y tras la feria el carnaval, con la aparición de las máscaras, que parecen sacadas de cuadros de las figuras negras de Goya. Todos en escena interpretan cantes de León que son los primigenios de los que luego llegarían a Huelva, y como no puede ser de otro modo, se termina por fandangos.
El interrogatorio se llama el penúltimo movimiento de esta sinfonía de baile, cante y guitarra, esta vez por serrana. Baila Eva Yerbabuena, y sigue demostrando que su baile no tiene más hechuras que las que ella le quiere dar. Durante toda la obra su presencia en escena en casi constante, pero en esta ocasión, el recorrido escénico no es sólo de ella, sino también de toda la compañía.
La música que dirige Paco Jarana roza atrevimientos como en los ritmos de los tangos o en la soleá por bulerías y se crece en el epílogo.
Eva Yerbabuena se ha reinventado una vez más, produciendo el agradable sentimiento de estar sentada en el patio de butacas de un teatro para esperar ser sorprendida y ver cómo se cumple el cometido. Quizás nos quedamos algo despistados con el final, cuando la música suena grabada de fondo y salen los artistas a saludar con la paloma planeando sobre sus cabezas. Por lo demás, un espectáculo para pensar y gozar.

«Cuando yo era...»

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