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Columnas / TRIBUNA ABIERTA

Un buen día para aprender a ser niño

Día 14/02/2011 - 21.31h

Lo confieso, soy un mitómano. Mi vida no se entendería sin ese puñado de músicos, escritores, pintores, cineastas o toreros que pugnan por remolcarme de un despiste a otro. ¿Un mundo sin Bob Dylan, sin Sam Shepard o Arthur Miller, sin rastro de Dalí, o en el que no hubiera existido un Antonio Bienvenida? Párenlo, que me bajo. Hay mitos que siempre llevamos en nuestro kit de supervivencia. Mitos que parece que hayan habitado nuestra piel y cuyo rastro aún pica bajo nuestras cicatrices. Y que nos prestan su voz para describir nuestras vidas mejor que nosotros mismos. Pero ésos no eran nuestros ídolos hace un tiempo, en los años en que aprendimos, entre zarpazos de quimioterapia, a ser niños optimistas. Los verdaderos mitos eran otros bien distintos: los del fonendoscopio frío y la bata blanca abotonada de certidumbres, una suerte de pepitos grillos universales y cercanos a los que casi nunca les llueven los 15 minutos de fama que todos tenemos derecho a disfrutar alguna vez en la vida. Los médicos.

Hoy, cuando 2011 aún no ha terminado de desperezarse y al sol se le caen las horas como legañas, se celebra en Sevilla el día mundial del niño con cáncer, en el que Andex recibirá a las asociaciones de padres de niños oncológicos de toda España. Momento idóneo para reivindicar la grandeza de nuestros mitos los médicos. También es una buena ocasión para aprender a ser un poco más niños. O sea, más optimistas. Yo llevo ya una década dejándome enseñar. No en vano, en otra época de mi vida me tocó hacer de polizón en uno de esos bulliciosos microcosmos de la asepsia que llamamos hospitales. Allí las perspectivas sofocan y el veneno debilita, pero nos inmunizamos contra el pesimismo y nos conjuramos ante la desidia. Escribo en plural porque somos miles los que militamos en las filas de los niños optimistas. Tenemos la fortaleza del estoicismo tatuada para siempre, a fuego lento, tan lento como el sufrimiento de los padres y tan lento como se les hace el día después del tratamiento a los jóvenes enfermos. Yo fui uno de ellos y lo superé, así que me presento: tumor torácico de Askin, detectado en 2001, afectando costillas, pleura y pulmón. Secuelas: dos costillas menos, un dolor constante pero soportable, una nueva mirada hacia la vida y una gran carga de optimismo realista. Diagnóstico actual: aún asimilando tanta suerte.

Hoy, además, es un día tan bueno como cualquier otro para agradecer a los médicos no sólo su trabajo, sino su humildad, su altruismo, su abnegación y su bonhomía. Cada cual tendrá, seguro, algo que agradecer a su batablanca más cercano. A mí me faltarían líneas para contar cuánto les debo a Mauricio Sáenz de Tejada y a Roberto Lasso de la Vega, que son las dos caras que veo cuando miro hacia el Hospital Virgen del Rocío de Sevilla. El primero tuvo el ojo clínico, el tesón y las dudas suficientes con respecto a los primeros diagnósticos como para acelerar mi entrada en el tratamiento. Cosa vital en estos casos, por el riesgo de metástasis. Escrito así, hasta parece fácil, Mauri. Pero no. Al segundo, mi oncólogo, no lo he visto en diez años salir de la consulta a su hora. Incansable. Gracias, Roberto, por preguntarme siempre, antes de mirar los análisis de turno: «¿Pero tú cómo te encuentras, cómo te ves a ti mismo?».

¿Y cómo me veo a mí mismo ahora? Mientras escribo esto, suena de fondo Bob Dylan, que canta, paladeando cada sílaba: «El hombre que hay en mí puede hacerlo casi todo». Una vez más, me ha prestado su voz para describirme. Ahora me veo con ganas de aprender de los niños con cáncer. Y de contarte a ti, que tienes un hijo enfermo, que cuando la penuria entra por la puerta el pesimismo tiene que saltar por la ventana. Y que bajo cualquier forma de derrotismo siempre palpita una posibilidad de victoria. De estas arenas movedizas se puede salir. Yo lo hice, y ahora mi vida es mucho mejor que normal.

Hoy es un buen día para empezar a ver la vida a través del caleidoscopio de los niños optimistas. Ellos enfatizan la fuerza de sus padres. Contagian entereza. Se hacen mayores y siguen acarreando un enorme hatillo de optimismo. Hoy también toca felicitar a Andex, que ya ha cumplido sus primeros 25 años repartiendo ilusión y arrancando sonrisas con el sacacorchos de la firmeza. Felicidades a su presidenta, María Luisa Guardiola, y a su afanosa legión de colaboradores y voluntarios. Y, cómo no, a su vicepresidenta, la doctora Álvarez, a quien acudieron mis padres cuando enfermé. Fue entonces cuando comenzó esta historia de superación con final feliz, que llega hasta hoy. Y hoy, ¿qué? Hoy es del día de todos los niños que, en cualquier rincón del mundo, se aferran a la vida en pleno proceso oncológico, como mitos descarnados. Y yo soy un mitómano, lo confieso. Hoy cumplen toda una vida todos los niños optimistas del mundo. Felicidades. Y ánimo.

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