Semana Santa

Semana Santa / OPINIÓN

SEMANA SANTA: ¿EVENTO CULTURAL?

Día 06/04/2011

LA Semana Santa es la conmemoración que los cristianos hacemos cada año de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Esta remembranza se manifiesta en una serie de actos litúrgicos que comienzan el Domingo de Ramos con la procesión de las palmas y finalizan con el llamado Triduo Sacro los días Jueves, Viernes y Sábado Santos. Tras estos oficios, el Domingo de Resurrección comenzaría el tiempo pascual, tiempo de alegría y exultación por la Resurrección del Señor.

D Todos los cristianos del mundo nos unimos en la contemplación de estos sagrados misterios en los días santos por excelencia. Pero unidos a las celebraciones litúrgicas, cada país, cada región, cada pueblo ha desarrollado a lo largo de los siglos otras maneras de recordar la Pasión y Muerte de Jesucristo. Y es aquí, donde habría que enmarcar nuestras procesiones de Semana Santa. Porque sin la liturgia que las sustenta, sin las creencias que proclaman, no serían nada, y casi podríamos decir que nunca habrían llegado a existir. No podemos olvidar que este fenómeno procesional ya existía en la Edad Media, pero que fue el Concilio de Trento el que lo apoyó y promocionó como una forma de evangelizar al pueblo iletrado: los pasos se concibieron como «catequesis visuales». Un siglo especialmente afortunado en lo artístico creó las maravillosas imágenes que hoy seguimos contemplando en Semana Santa. Pero todo ello estaba imbuido de un respeto hacia lo que representaban, incluso en sus

manifestaciones más populares.

Evidentemente, las procesiones de la Semana Santa sevillana, de gran antigüedad y tradición, han sido y son contempladas desde otros aspectos. Grandes investigadores y estudiosos nos han dejado obras interesantes, rigurosas y científicas desde los puntos de vista histórico, sociológico o antropológico. Estudios que así escritos enriquecen nuestra perspectiva sobre un hecho que inexorable y anualmente se repite en nuestra ciudad.

Sin embargo, en los últimos tiempos, hay quienes están empeñados en catalogar nuestra Semana Santa con el aséptico término de «evento cultural», despojándolo de toda referencia religiosa. Un apelativo que lo mismo designa una «performance» artística que un partido de fútbol o un concierto de rock. Pertenecen estas dos palabras a ese grupito de términos moldeables que lo mismo valen para un roto que para un descosido: se adaptan a la perfección a la intención del que las usa.

Habrá quien culpe de ello al célebre laicismo imperante. Pero no toda la culpa la tienen los que están «fuera», progres o ateos nada tolerantes para con los que somos cristianos, que como las golondrinas de Bécquer, cada primavera vuelven con sus arengas antiprocesionales.

Mucha culpa la tenemos también los de «dentro». Y es en este punto donde hay que pararse a reflexionar. La falta de formación cristiana es uno de los problemas más acusados entre los que se denominan cofrades. Bien porque no han podido formarse en su familia, bien porque no han pasado de las catequesis de Primera Comunión y no han sabido o podido evolucionar en su fe, el caso es que los mayores desmanes provienen de «nuestra gente».

Gente a la que no se ha ayudado a crecer en la fe, para que puedan pasar de la simple y superficial devoción a su Cristo o a su Virgen a una vivencia más profunda de lo que ese amor a los titulares significa. Gente que piensa que la procesión del Corpus Christi es aburrida y larga, sin saber que es precisamente la Eucaristía el fundamento máximo de nuestra fe. Y que esa Sagrada Forma, que es Cristo vivo, vale más que todas las imágenes del mundo, que no son más que lejanos reflejos del Cristo real que se da en este sacramento.

Gente que no ve contradicción en apoyar el aborto, la eutanasia o la pena de muerte con la fe cristiana. Gente que no va a ninguna Misa salvo las de difuntos (y esas, por compromiso) porque piensan que la Iglesia nada tiene que ver con ellos. Gente que cree que las cofradías son una cosa y el cura de su parroquia otra. Gente que por sistema, desconfía de consejos de los sacerdotes, porque «lo que ellos quieren es mandar en mi hermandad». Gente que no se lee las encíclicas del Papa, pero que las critica a la primera, sólo porque en la tele y la prensa las han criticado.

Gente que piensa que las hermandades lo único que tienen que hacer es sacar pasos a la calle, sin preocuparse de la formación espiritual de sus hermanos. Gente que mide el valor de una estación penitencial por cuestiones meramente superficiales como la música, el movimiento del palio o las cuadrillas de costaleros. Gente que cuando va a un besamanos o a otro acto de culto, sólo se fija en las flores, la cera, para poder criticar a gusto y despellejar al prioste, y de paso a toda la junta de gobierno. Gente que por ocupar un cargo son capaces de intrigar entre sus propios hermanos.

Gente que llamándose «católica y romana» no acepta las directrices de su pastor porque son contrarias a su opinión. Gente que aferrada a una tradición que no es tal, practican la acepción de personas, negando la estación de penitencia a sus hermanas. Gente que sale de nazareno como el que se viste de carnaval. Gente, en fin, que encontramos en todas y cada una de nuestras hermandades.

Ya el Papa Juan Pablo II alertó de la necesidad de una «nueva evangelización» en Europa. Los cristianos europeos, por comodidad o indolencia, han ido perdiendo vigor en su fe. Una fe que en muchos casos es meramente testimonial, reducida a bodas, bautizos y primeras comuniones como actos sociales. La propia familia ha dejado de transmitir los rudimentos de esa fe: ni los padres ni los abuelos rezan con sus hijos las oraciones más sencillas. Muchos no los llevan a Misa. No les explican lo que significan las distintas fiestas: Navidad, Epifanía, Semana Santa… ¿no tienen tiempo o no tienen ganas de molestarse? habría que preguntarse. Y no olvidemos que estas familias, que a lo mejor tienen fotos enmarcadas de sus titulares en las paredes de su casa, son las que componen nuestras corporaciones.

Esta dicotomía entre fe y vida, reduce las manifestaciones religiosas a algo banal. Y la banalidad aplicada a las procesiones de Semana Santa suele tener pésimos resultados. Mucha gente cree que los pasos son un espectáculo que se contempla. Y como tal se comporta. Se molesta a los penitentes, se come, se bebe, se arma jaleo… pero luego alguno vestirá su túnica y ocupará su lugar en el tramo. Y así encontramos desgraciadamente devociones más cercanas a la idolatría que a la fe cristiana.

A muchos molesta que la jerarquía eclesiástica hable y hable sobre la importancia de la formación en las hermandades. Más de uno piensa para sí que los obispos quieren convertir las cofradías en conventos o seminarios. Pero nuestros pastores lo único que hacen es cumplir su misión: intentar llevar por buen camino al rebaño que se le ha encomendado. Y nosotros, si de verdad somos tan «católicos, apostólicos y romanos», debemos luchar porque nada ni nadie nos robe el sentido primero de nuestra Semana Santa, la piedra angular sobre la que descansan nuestras devociones, amores y sentimientos: la fe en Cristo Jesús que un día de hace 2000 años dio su vida crucificado para salvarnos.

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