Semana Santa / UNA MIRADA

El tiempo de Triana se llama Estrella

Día 18/04/2011 - 08.03h

Espléndida, la Hermandad de la Estrella estrenó el luminoso Domigo de Ramos en el arrabal, llevando una representación de Pasión y Muerte, y recordando al desaparecido capataz Rafael Ariza

En Triana, los relojes miden un tiempo particular, de patio de vecinos y flores de macetas viejas que se entremezclan con nuevos rostros y nuevas vidas que acaban sucumbiendo a su imán. En Triana, los minutos de los Domingos de Ramos son capaces de escaparse volando al Porvenir, de esperar campanitas en el Salvador, buscar la papeleta de sitio de Andex, bajar a prisa por Zaragoza y encontrarse con Jesús Despojado, para después enfilar, con el corazón apretado de emoción, el puente y empezar a beber en San Jacinto todo el sol obligado, reluciente, reverberando en el río, y plantarse a la hora en punto en donde hay que estar: ante la capilla de la Estrella, contabilizando, segundo a segundo, el espacio que queda para que las jambas comiencen a entreabrirse, con esa expectación de niños que siempre seremos. Estrenamos el alma de adolescencia entre el colorido abigarrado de la calle y de las gentes que se agolpan desde la iglesia de los dominicos hasta más allá del puente, por donde se nos irá la Virgen, otra vez, tras ese Señor dolorido y manso que mira al cielo.

Nunca es igual la estampa. Nos faltan ojos para recordar el recoveco de la primera visión, como si Juan Sierra volviera a descubrir sus nardos entre la muchedumbre y los globos de dibujos animados no nos distrajeran con sus chispas de colores.

Detalle del respiradero del paso del Cristo de las Penas

Cuando se abren las puertas, son cuatrocientos cincuenta años de historia los que comienzan a echarse a la calle en forma de nazarenos de antifaces morados y azules son cuatro siglos y medio de nombres, de hacedores de hermandad, que han ido quedando inscritos en sus anales. La gente que se agolpa alrededor de la cofradía, gente festiva, con galas imposibles de impuesto estreno de Semana Santa, quizá no sabe de esos renglones que se han ido escribiendo ante Nuestro Padre Jesús de las Penas y María Santísima de la Estrella y que salen calladamente cada año entre exornos y belleza.

La calle San Jacinto, remozada en la polémica, dificultosa para el desviado tráfico en el día a día, e espléndidamente expedita para la cofradía, recibió con alborozo la salida de la Cruz de Guía, antecedida por la banda Madre de Dios de los Desamparados, que iba anunciando la primera de Triana. El sol de justicia arreciaba ayer, en ese verano mentiroso y precario que nos ha invadido. En otra punta de Sevilla, los fotógrafos buscaban los pasos de la Hermandad de la Cena al pasar bajo las«setas» de la Encarnación.

Cornetas de la Banda de la Presentación de Dos Hermanas

En Triana, el contrapunto se encontraba entre los trajes oscuros y la devoción frente a las minifaldas y los altísimos tacones de zapatos nuevos reposando junto a doloridos pies descalzos, en los cubatas y cervezas en vasos de plástico, las latas de refresco junto a los bordillos de las aceras, en los contenedores, apestando, a la entrada del Altozano, desde donde partía una fila de una veintena de coches que habían ido entrando desde Antillano Campos y Castilla y allí se habían quedado estancados sin solución; en una vista desde el atiborrado puente a las orillas del río, cuajadas de gente en bañador, en esas trompetitas estridentes de plástico con las que los niños atruenan y desvirtúan el poco sonido puro que puede quedar alrededor de una procesión, en las sillitas portátiles diseminadas por doquier, creando obstáculos para cualquiera que quiera moverse con la incierta libertad que hay en toda conglomeración humana. Quizá es inevitable. Cosas de este mundo. Sólo quedaba abstraerse y volar, como un Diablo Cojuelo, hasta la capilla, en penumbra desde la luz exterior, después de la salida de cirales y bocinas, donde el capataz del misterio, Manuel Vizcaya, dedicaba la primera levantá a los trianeros y sevillanos que pasan dificultades profesionales, familiares o de salud, «para que se disipen con el Señor de las Penas». Y de frente se llevó el paso, trianeando, para Sevilla, con ese Cristo sobre un monte sólo de claveles rojos y la corona de espinas a sus pies, narrando su humildad y orgullo de barrio.

Un nazareno consulta los horarios del día

En la capilla todavía quedaba la Virgen, con la candelería encendida, alumbrada también por el agradecimiento de la representación de Pasión y Muerte, que el Viernes de Dolores hizo su primera estación de penitencia como Hermandad, y que acompañaba a su madrina a la Catedral que nunca pisará como cofradía.

Y sí, la visión cierta, la que siempre asombra así que pasen los años, se quedó otra vez prendida, tras sortear las recuperadas velas rizadas, en el rostro de la Estrella. Estampa antigua, orlada de incienso, acólitos con dalmáticas, ciriales, emoción, con la voz del capataz, Pepe Luna, acordándose de los familiares de sus costaleros —Patilla, Martín, Polvillo...— y del desaparecido Rafael Ariza, que estuvo presente en los cuatro puntos cardinales del Domingo de Ramos.

Ente el cielo y el suelo se escuchó resonando el esfuerzo de los hombres al levantar el palio. Silencio en la calle. La Estrella espantó fealdades y males.

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