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«Pensé en meterme en la cama y en no salir más de ella, como un tío mío»

El autor jerezano acaba de publicar «Entreguerras», una suerte de testamento poético en el que asegura haber volcado todo lo que ha sentido y aprendido durante sus 85 años de vida

Día 12/02/2012 - 12.18h
«Pensé en meterme en la cama y en no salir más de ella, como un tío mío»
rocío ruz

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José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) sostiene desde hace mucho tiempo que la inspiración no existe, que sólo es cuestión de tener «buena salud», y él lo acaba de demostrar publicando con 85 años un nuevo poemario que le convierte en el último superviviente de una generación literaria, la llamada «de los 50», cuyos representantes más brillantes, salvando al poeta jerezano, acabaron suicidándose, o destrozados por el alcohol y la mala vida. O como dice el propio Caballero Bonald «haciendo lo contrario de lo que les recomendaba el médico».

—Es usted poeta, novelista, estudioso del flamenco, teórico del vino, productor musical, navegante, pintor, guionista de televisión, letrista y profesor de literatura. De todas esas cosas, si tuviera que quedarse con una, ¿con cuál se quedaría?

—Por supuesto como poeta. La poesía es la temperatura más alta que se puede conseguir manejando el idioma. Un buen poema justifica una vida y a mí me gustaría dejar un buen poema antes de morirme.

—Su libro tiene casi 200 páginas y en él no hay ni un punto ni una coma...

—«Entreguerras» carece de puntos y comas porque he volcado en él el flujo de la memoria, que es apacible o atormentado, pero carece de puntos y comas. Lo he escrito como lo he pensado.

—¿Qué le parecen todas esas etiquetas de «poesía de la experiencia», «poesía de la diferencia», etcétera?

—Nunca me importaron esas etiquetas ni seguí de cerca lo que ocurría con esas pequeñas pláticas de familia. La poesía es la poesía, da igual que sea docente, narrativa o filosófica. Lo importante es que los poetas cumplan su función de crear un mundo nuevo.

—¿Un poeta debe creer en la realidad o debe pasar de ella olímpicamente y superarla?

—La realidad es absolutamente inevitable y el poeta debe intentar intervenir en esa realidad y tratar de traducirla en palabras.

—¿Por qué ustedes los poetas se suelen llevar tan mal entre sí?

—Ese, sin duda, es un viejo hábito, pero ha habido momentos en la historia de la literatura que ese enfrentamiento produjo una importante cantidad de poemas ingeniosos.

—¿Se refiere al Siglo de Oro?

—Sí. Cuando Góngora hablaba mal de Cervantes y Cervantes hablaba mal de Lope y Lope hablaba mal de Quevedo, etcétera, etcétera. Esas guerras literarias motivaron una literatura de gran calidad.

—¿Qué le fascinó tanto de Espronceda que le hubiera gustado ser él?

—Cuando era joven lo leí mucho y me encantó su vida. Creó una sociedad secreta, fue perseguido por su republicanismo, luchó contra Fernando VII, estuvo preso, tuvo que exiliarse. Y fue un gran poeta.

—Usted también quiso ser marino...

—Estudié para eso, pero fue una aspiración literaria. Quería emular a los protagonistas de las novelas que a mí más me gustaban cuando era joven y cuyas aventuras estaban ambientadas en el mar. Luego me puse enfermo por una afección pulmonar que me duró año y medio y me di cuenta de que ya no estaba para muchas navegaciones.

—¿La poesía puede tener un poder curativo?

—Sí. La poesía te cura del desconsuelo y de desazones. La poesía es la propia palabra poética que impregna de una sensación de haber alcanzado una meta que de otra forma sería imposible obtener. La poesía es como una terapia que sustenta y cura.

—¿Y puede ser también un buen antídoto contra el miedo?

—No lo sé. Hay muchas clases de miedos, pero la poesía tal vez te pueda curar de miedos infantiles o miedos a cosas que no existen que logras conjurar a medida que escribes.

—¿La literatura puede ser una forma de defensa contra las ofensas de la vida?

—Eso lo decía Cesare Pavese y estoy de acuerdo. Yo escribo porque intento defenderme de cosas que no me gustan y a través de la poesía voy remediando eso.

—¿Lo hizo cuando fue rechazado en la Real Academia de la Lengua?

—No lo hice, pero podía haberlo hacerlo. A mí me presentaron unos compañeros, no me admitieron y ya no quiero oír hablar más de ese asunto. Además ahora ya no me apetece ir allí, ni compartir mesa con personas que no me merecen ningún crédito.

—¿Le guarda rencor a alguien?

—No. El rencor es un sentimiento muy enfermizo y muy poco saludable, aunque mi olvido es muy lento. Yo olvido, sí, pero muy lentamente.

—¿Dudar es bueno o malo?

—Dudar es el acicate que te hace seguir viviendo. El que no duda es lo más parecido a un imbécil.

—Buscar la palabra exacta ha sido una de sus obsesiones. ¿Ha sido un sueño imposible?

—Yo creo que sí, que es imposible. La poesía es un hecho lingüístico, un acto del lenguaje, un proceso selectivo de palabras que juntas por primera vez te abren un mundo, rompen un sello.

—¿Qué es lo peor de la vejez?

—El escepticismo. Cada vez te crees menos cosas y todo lo pones en cuarentena.

—¿Y lo mejor?

—El escepticismo.

—¿Hay algo que lamente no haber hecho en su vida?

—Sí. Me hubiera gustado ser matemático y tocar el saxo en una banda de jazz. Y también me hubiera gustado hablar árabe con fluidez, cosa que no conseguí, pero a estas alturas de mi vida son carencias ya irremediables.

—¿Y algo de lo que se arrepienta?

—Seguramente, hay cosas sueltas de las que me arrepiento, pero prefiero no recordarlas.

—¿Una de ellas fue contar en sus memorias la historia sentimental que mantuvo con la mujer de Cela?

—Eso fue una aventura pero de eso prefiero no hablar.

—¿Ha tenido usted alguna vez la tentación de meterse en al cama y no salir de ella, como hizo Onetti?

—No sólo lo hizo Onetti sino también lo hicieron varios familiares míos. Que yo sepa ha habido cinco Bonald que se metieron en la cama con cuarenta y pocos años y ya no salieron nunca más de ella. Uno de ellos era mi tío Rafael, que tenía una bodega de almacenaje de grandes vinos, que un día se metió en la cama y ya no salió más de allí. Pensaba que la cama era el lugar más idóneo para pasar la vida.

—¿Y usted ha pensado alguna vez en hacer eso?

—Sí, reconozco que sí (risas), aunque no lo hice. Tampoco me hubieran dejado.

—Usted ha elogiado y practicado la cultura del placer, la de fumar y beber hasta no poder más.

—Sí, siempre he sido muy hedonista y esa es una de mis contradicciones, porque también he sido muy responsable.

—¿La de vivir como un burgués declárándose de izquierdas es otra?

—Pues sí. Tengo gustos burgueses, qué le vamos a hacer.

—El alcohol acabó con muchos miembros de la generación literaria de los 50, a la que usted pertenece...

—Acabó con algunos de mi generación. La bebida era entonces una forma de enfrentamiento a una realidad que no te gustaba, una forma de oponerte a los bienpensantes y a las normas establecidas. Como agotar la noche, que era un recurso para llevar una vida distinta a lo que parece que te obligaba la realidad cotidiana.

—¿Por qué cree que lo autodestructivo resulta tan atractivo?

—Lo autodestructivo ha estado muy presente en mi generación. Me refiero tanto a la muerte violenta como al suicidio. En mi generación literaria ha habido varios suicidas, como Ferrater o Goytisolo. Y luego gente que se ha autodestruido con el alcohol.

«Un anarquista que vive como un burgués»

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