Semana Santa

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Leyendas cofradieras por tierra y por mar

Muchas imágenes de la provincia han generado en torno a ellas hermosas historias y leyendas que las convierten en un vecino más del pueblo

Día 02/04/2012 - 18.18h

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Tallas de Cristo que son un vecino más del pueblo, tan cercano que se convierte en protagonista de leyendas que se narran de padres a hijos con el cariño de quien cuenta la historia gloriosa de un antepasado ilustre o de un paisano ejemplar. Son imágenes de madera, pero también son la cuerda con la que se teje la urdimbre de la pertenencia a una comunidad. La devoción cotidiana y tan próxima hace que el pueblo se niegue a contemplar sus imágenes más queridas como algo inerte y les atribuye voluntad y capacidad para interceder por sus vecinos. Aquí figuran algunas de las leyendas que atañen a imágenes cofrades de la provincia, cuya pervivencia es testimonio de amor y fe.

En la iglesia de Santa Bárbara de Écija recibe culto la imagen de un nazareno que lleva por advocación, Jesús sin Soga. Además del nombre, llama la atención la indumentaria de la talla, que no lleva cíngulo ni cordón al cuello. La historia narra que a principios del siglo XV vivía en Écija un carpintero de nombre Luis. Era un hombre devoto y bueno, pero que tenía el defecto de ser un jugador de dados empedernido y la desgracia de que no solía acompañarle la suerte. El resultado era que todo lo que ganaba se le iba en el vicio del juego.

Una noche agobiado por las necesidades económicas que pasaba su familia y por la enfermedad de su mujer fue a pedir ayuda a una imagen de Jesús Nazareno pintada en un cuadro que presidía una capilla exterior de la iglesia de Santa Bárbara. Ante su petición la imagen cobro vida, se quitó su cíngulo, lo convirtió en oro y se lo dio al carpintero. Pero el vicio del juego juego era más fuerte que su voluntad y cuando iba camino de su casa para enseñar a su familia el presente que le había hecho Cristo, pasó por la casa de juego y no pudo resistirse. Apostó el cíngulo dorado y lo perdió. La leyenda asegura que Jesús Nazareno lamentó la ingratitud de Luis, pero sabía que no podía negarle auxilio si volvía a pedírselo, así que hizo que cada vez que le pintaran de nuevo el cíngulo se le borrara. En Écija cuentan que intentaron pintarlo dos veces y otras tantas desapareció, de forma que así se quedó el cuadro que aún puede verse en la capilla de la iglesia. La talla que está en el interior del templo, una magnífica obra de Montes de Oca, recuerda la leyenda en su nombre y en la ausencia de cíngulo con que se viste.

En Arahal hay una leyenda sobre el Cristo de la Misericordia que otorga a la imagen la voluntad de «empadronarse» en el municipio. Cuenta que la talla de este Cristo atado a la columna se hizo en Granada y estaba destinada a otra población de Sevilla. Era transportada en una carreta de bueyes, pero cuando los animales pasaron por Arahal se quedaron clavados, inmóviles, y no había forma de que dieran un paso más. Entonces se descargó la imagen y los bueyes prosiguieron su camino. El Cristo quedó desde entonces para siempre en la localidad que había elegido por propia voluntad. La imagen que generó la leyenda fue quemada en 1936 y se encargó a Castillo Lastrucci una reproducción de la misma que mantiene la primitiva estética manierista y la iconografía de Cristo atado a una columna con basa y capitel que procesiona el Jueves Santo con la leyenda de su llegada a la localidad presente entre sus cofrades.

En Benacazón se ha transmitido de padres a hijos la «leyenda del marinero», que tiene al Cristo de Veracruz como protagonista y que narra la historia de un milagro propiciado por la imagen en el siglo XVIII. Cuenta que una embarcación que navegaba por la costa española se vio atrapada en una terrible tormenta. Próximo ya el barco a zozobrar el capitán se encomendó a Cristo y rezó por la vida de sus compañeros. Entonces en la vela del barco apareció el rostro de Cristo y la mar se calmó. El capitán recordó al llegar a tierra que la imagen que les había ayudado no tenía potencias. Juró entonces buscar por toda España el rostro del Señor que había visto en la vela de su embarcación y regalarle unas potencias de plata. Anduvo durante años buscándolo y al llegar junto al río Guadiamar sufrió un accidente y lo llevaron al hospital de la Vera Cruz de Benacazón, donde se curó. Cuando fue a marcharse para seguir su búsqueda quiso agradecer su recuperación y acudió a la capilla del hospital. Allí estaba el Cristo que le había salvado y que no tenía potencias. Cumplió su promesa, le regaló unas de plata y se marchó en paz. La hermandad conserva en una vitrina las potencias y una antigua poesía que narra la historia.

En Marchena cuenta la tradición y lo recoge un manuscrito del siglo XIX que el crucificado de San Pedro fue tallado por Nicodemo. Dos ángeles transfigurados en mancebos la llevaron hasta el hospital que dio nombre a la imagen y que había creado a finales del siglo XV, la marquesa de Cádiz y señora de Marchena, Beatriz de Pacheco, viuda de Rodrigo Ponce de León. Los ángeles desaparecieron de forma misteriosa al día siguiente de llegar y dejaron en el hospital el crucificado. Lo curioso es que la leyenda renació en 1936. El templo en el que estaba el crucificado fue asaltado y saqueado. La imagen estuvo oculta durante ocho meses, sin que se supiera su paradero y en el pueblo los devotos comenzaron a extender la noticia de que los ángeles habían vuelto para llevarse al Cristo a un lugar seguro. Finalmente apareció sin daños en la casa de un hermano que lo había ocultado.

En Coria se conserva una leyenda que también otorga a una imagen la elección del lugar donde ha de venerarse. En esta ocasión la historia tiene como base el trasiego de mercancías entre la Sevilla del siglo XVI y América. Uno de los barcos que partió llevaba en su tripulación un grupo de misioneros franciscanos que portaban consigo tres crucificados para extender la fe cristiana. El día que partía el barco el viento y la corriente eran favorables, pero el bajel no se movía. El capitán ordenó aliviar la carga y entre los pertrechos que bajaron uno de los crucificados. El barco comenzó entonces a moverse y la imagen se quedó en Sevilla. El barco avanzó hasta la Hacienda de Valparaíso en San Juan de Aznalfarache, donde de nuevo paró. El capitán repitió la operación y al desembarcar el segundo crucificado de nuevo el barco se movió. Una tercera vez se paró la nave. Esta vez en Coria, al pie del Cerro de San Juan. La tripulación sabía ya lo que tenía que hacer y bajó el tercer crucificado que quedó en la ermita de San Juan. Los otros crucificados serían los de Vera Cruz de Sevilla y el de Valparaíso que tomó nombre de la hacienda en que quedó.

El Cristo de la Vera Cruz

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