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Hallan muerto en la bañera al párroco de Huévar del Aljarafe

El cuerpo no tenía señales de violencia, por lo que se presume una muerte natural

Día 15/06/2012 - 07.51h

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Don Antonio, el cura párroco de Huévar del Aljarafe, ofició el pasado miércoles su última misa. Nadie se imaginaba que ese sería su final. Su salud de hierro, sustentada a base del morcón al que nunca renunciaba, hacía que a sus 66 años siguiera al pie del cañón ofreciendo lo mejor de sí a todos los vecinos. Sin embargo, su cuerpo sin vida fue encontrado ayer en la bañera de su casa. Todo apunta a una muerte natural, aunque será la autopsia la que hoy determinará tal extremo.

Para todos, don Antonio tenía una sonrisa, una palabra de aliento, ropa, comida, limosna si hacía falta. Con su humanidad y preocupación por los demás se ganó al pueblo de Huévar del Aljarafe, al que llegó hacía 18 años y que en el día de ayer lamentaba su repentina muerte.

Un grupo de compañeros, también sacerdotes, daba la voz de alarma en la mañana de ayer. Tenían una reunión y el párroco no contestaba. Preguntaron a los vecinos, pero desde la noche anterior no sabían nada de él. Fue Paco, que vive unos números más abajo de la plaza de la Iglesia de la Asunción, quien lo había visto por última vez, sobre las 23.20 horas. Don Antonio le comentó que había comido un trozo de queso que no le había sentado demasiado bien, y que ya se iba para casa. «Desde hace unos días, siempre me decía: ‘Paco, tengo un resfriado como un mulo’. Pero no quería ir al médico. Era un hombre de sierra, muy bruto».

La Policía Local tuvo que acceder a la vivienda por la parte trasera. Y allí encontraron el cuerpo sin vida de don Antonio, metido en la bañera, vestido y con los zapatos puestos. Nada había extraño en la casa. Sólo una circunstancia llamó la atención: junto al cadáver había dos botellas de lejía.

Un episodio anterior

Cuentan los vecinos que hace tres semanas también tuvieron que entrar en la casa, en la que el párroco vivía solo, porque no respondía. Se había caído y se lo encontraron en el suelo sin poder levantarse. Él le comentó a Paco que al parecer había tropezado con la sotana, algo que le había ocurrido con anterioridad, pero él cree que fue algo más, algún tipo de parálisis o derrame que tal como le entró le salió. «Y esta vez no pudo superarlo».

Antonio Martín Méndez, de padre barbero y madre costurera, y al que sólo le quedaba un hermano, muy parecido físicamente, y que ayer lloraba su pérdida, ya es recordado en el pueblo como un sacerdote «muy servicial con todos los vecinos, que hizo mucho por la iglesia». Así lo afirmaban ayer a las puertas de su casa. Había creado la Hermandad de la Borriquita, pagado de su propio bolsillo la Custodia del Corpus, comprado los bancos de la iglesia y puesto unas rejas en el campanario para evitar que los pájaros deterioraran la infraestructura.

Paco todavía recuerda cómo hacía dos años comenzó a hacer ejercicio subiendo y bajando al campanario unas veinte veces. «Me decía que en este pueblo no se puede salir a andar, porque lo paraban cada dos por tres», comenta. Tal es el cariño que le tenían que el pasado miércoles apuntaba ilusionado que había recibido más de cincuenta felicitaciones al teléfono por su santo.

Se le echará de menos en las misas, en el cementerio, al que acudía diariamente a rezar en la tumba de sus padres. Y otros vecinos a los que marcó. Como Sidhamé, saharaui vecino de Huévar, al que bautizó el pasado mes de mayo a sus 19 años: «Le hacía mucha ilusión bautizarme y que hiciera la Comunión», explica el joven.

Como don Antonio decía: «Los curas nunca se mueren. ¿Tú has visto alguna vez a un cura morirse?», recuerda Paco. El pueblo lo mantendrá vivo con sus recuerdos, como ya hacen.

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