En la cabeza de Pantic
Un fuera de juego impide al serbio pasar de villano a héroe y priva al Córdoba de celebrar su primer triunfo

Cantó gol El Arcángel. No le faltaban ganas. Y lo celebró con rabia Alexandar Pantic. Como a Sabina, le sobraban los motivos. El cordobesismo fue inmensamente feliz durante unos segundos y, en ese pequeño o eterno lapso de tiempo, el central serbio se olvidó del Sevilla, de Aleix Vidal, de Bacca y del error que le costó el puesto de titular en el último partido. Gritó y sacó de su pecho, de una sóla bocanada, la angustia de toda una semana. Pocas veces tuvo una diana semejante fuerza sanadora. Pero se iba a esfumar.
Cuando la necesidad apremia —y la afición blanquiverde sabe bastante de eso—, los goles distinguen a dos tipos de individuos: los impacientes y los desconfiados. Los primeros gritan, saltan de su asiento y, poseídos, agitan su bufanda incluso antes de que el balón bese las redes. Los más cautos, entre el pesimismo y la paranoia, se sumen en una búsqueda de inconvenientes que suele centrar sus miradas en el juez de línea.
Pero cuando Pantic, ya entre el júbilo de los más ansiosos, superó a Casilla con su cabezazo, todo parecía ir bien. Entre sus compañeros también debía haber más de un discípulo de Murphy. Y, por supuesto, buscaron ipso facto al señor del banderín. Nada. En la grada cundió la euforia. Y el héroe del momento, el de la primera victoria en la élite, recibió abrazos de todos. Sólo le faltó el de Juan Carlos, que estalló en solitario, como los porteros.
Se vivía en El Arcángel uno de esos momentos en los que el fútbol, su dios o las leyes que lo rigen se enternecen o, según desde dónde se cuente la historia, se hacen justos, incluso si para ello tienen que conceder un tanto en posición ilegal. A nadie —quizás sólo a Xisco— le hacía tanta falta una alegría de ese calibre como a Pantic. Pero el linier, después de mucho pensar, creyó recordar que la camiseta blanquiverde del central asomaba en el fondo de aquella jugada de estrategia que botó Cartabia. Y decidió levantar su banderín.
Con ese gesto, hizo volar dos puntos. Con ese gesto, el Córdoba seguía colista. Todavía quedaba un cuarto de hora para que sonase el pitido final en el coliseo ribereño, pero el éxtasis del efímero 1-0 ya no volvería a orillas del Guadalquivir. De él sólo quedará alguna afonía entre los aficionados y, eso sí, la merecida catarsis de Pantic.
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