EL CONTRAPUNTO

¡ES LA EDUCACIÓN, ESTÚPIDOS!

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La excelencia entre nuestros estudiantes es, en efecto, una virtud tan rara como pobremente valorada

SI hubiese que señalar una asignatura claramente suspendida por la España democrática, una materia en la que todos los gobiernos habidos desde la Transición han fracasado estrepitosamente, sin excepción, habría que recurrir a la «photo-finish» entre el desarrollo del Estado autonómico y la Educación, aunque por milésimas de torpeza trufada de dejación esta última sería la que subiría al podio. Y el hecho reviste una gravedad extrema, porque permitir que fracase el sistema educativo constituye una condena a muerte para el futuro de cualquier nación.

El diagnóstico emitido en el último informe de la OCDE, que nos sitúa a la cola de Europa en eficiencia, pese a ocupar uno de los primeros puestos en gasto por alumno, no sólo resulta aterrador, sino que explica muchas cosas. Cosas como esa tasa de paro juvenil, superior al cincuenta por ciento, que pesa como una losa sobre las esperanzas de recuperación y la viabilidad de nuestras pensiones, o el vergonzoso y vergonzante récord de «ninis» que ostenta nuestro país, con treinta de cada cien chicos y chicas dedicados en exclusiva a la vida ociosa. Cosas como el éxito fulgurante de Podemos, compendio de populismo, revanchismo, incitación al odio y apelaciones más o menos soterradas a la violencia, aderezado todo ello con grandes dosis de demagogia asamblearia ensayada y enseñada sin recato en la Universidad pública, convertida en muchos lugares en feudo de la izquierda radical que impone a través de la cátedra su ideología sectaria. Cosas como el crecimiento imparable del separatismo en el País Vasco y Cataluña, donde varias generaciones de ciudadanos han sufrido ya, desde la más tierna infancia, un lavado de cerebro sistemático, meticulosamente urdido y ejecutado bajo los auspicios del nacionalismo mal llamado «moderado» o «democrático», que ha utilizado las escuelas, irresponsablemente cedidas a su control por el Estado central, para adoctrinar a los niños en la necesidad de «construir la nación», en lugar de formarlos para competir en un mundo cada vez más global y competitivo. Cosas como la fuga de cerebros ruinosa a la que asiste, impotente, el contribuyente cuyos impuestos han sufragado la formación de esas gentes sobresalientes obligadas a marcharse para poder desarrollar unas capacidades que su patria castra sin misericordia.

La excelencia entre nuestros estudiantes es, en efecto, una virtud tan rara como pobremente valorada. Por eso se van los pocos chavales dignos de esa consideración. Este país desprecia a los que se esfuerzan, para premiar a los vagos, los tramposos y los mediocres, en base a ese afán ancestral de tirar al de arriba hacia abajo en nombre de una falsa «igualdad» que esconde envidia, ruindad y falta de voluntad o coraje para apuntar a lo más alto. Tampoco a los profesores se les reconoce el trabajo bien hecho. Al comienzo de su carrera ganan más que sus compañeros europeos, porque pese a los falsos mitos de la izquierda el problema no radica en el dinero, aunque al cabo de los años un perverso modelo funcionarial aborta cualquier posibilidad de singularización asentada en el empeño, la vocación o el talento, lamina los incentivos propios de la profesión y acaba matando, en la mayoría, el gusto por la enseñanza.

La Educación es el barro en el que hunde sus pies España. Está en el origen de los peores males que nos afligen. Nos lo repiten, año a año, los más prestigiosos estudios internacionales. Tenemos el diagnóstico y conocemos el remedio, pero faltan, siempre han faltado, los redaños suficientes para aplicarlo sin miedo, por mucho que bramen o rujan las «mareas» verdirrojas.