Córdoba

El principio de una larga ruta

Una de las partes del itinerario arqueológico del yacimiento
Una de las partes del itinerario arqueológico del yacimiento

Medina Azahara vuelve 16 años después a la sala de espera de la Unesco con tres retos: parcelaciones, turismo e investigación

No es la primera vez que Medina Azahara está en la Lista Indicativa del Patrimonio español, la antesala para llegar al salón redondo de la Unesco. Este inventario casero se creó en 1984 por el Ministerio de Cultura y en 1998 ya constaba la ciudad palatina. Allí estuvo hasta 2002, de donde desapareció de un plumazo; no fue hasta 2006 cuando se tuvo certeza del destierro por esas cosas de la política. Dieciséis años después, vuelve al lugar del que nunca debió salir. Una estancia en la que hay 24 bienes de toda España. Los últimos en llegar, amén de los que ha aprobado el Comité del Patrimonio Histórico estos días en Lanzarote, habían sido los Dólmenes de Antequera, piedra de toque en el camino de Medina Azahara, puesto que como desveló ABC hace unos meses, desde la Junta de Andalucía se había apostado por el yacimiento malagueño en los últimos lustros dejando a un lado el trabajo ya iniciado en un expediente sobre el enclave cordobés allá por 2008.

Las quejas en Córdoba no se hicieron esperar al conocer las informaciones de ABC y muy pronto el plenario municipal se pronunció por unanimidad pidiendo a la Junta el impulso a una candidatura que quince años atrás la entonces consejera de Cultura, Carmen Calvo, había situado en la parte alta de la agenda política. La cuestión también llegó al Parlamento andaluz.

Pero lo importante es el presente, y que para Medina Azahara se abren unas expectativas que le pueden deparar el sello de la agencia de educación y cultura de la ONU y una vitalidad que no termina de llegar.

A partir de ahora, el yacimiento arqueológico debe estar al menos un año en esa Lista Indicativa para que el Gobierno pueda presentarla como candidata a Patrimonio Mundial ante la Unesco. Transcurrido ese año, el Estado no tiene fijado un plazo concreto para hacerlo. Hay bienes que llevan en ese inventario nacional años y años sin lograr su objetivo. Esta especie de indefinición no quita que se vaya trabajando en un expediente lo más completo posible que, de llegar el día clave, arrope las aspiraciones de la ciudad palatina. En el mismo trabaja ya la Consejería de Cultura teniendo al director de Medina Azahara, José Escudero, como referente junto a expertos en Patrimonio de la Junta.

La Unesco ha cambiado un poco las reglas del juego, y ha pedido a los Estados mimebros que no presenten candidaturas sin solidez ni claras expectativas para no verse camino de vuelta con la cabeza gacha. Algunas pinceladas al respecto: acreditar un esfuerzo común en la conservación del bien, contar con una distinción nacional, la involucración de las comunidades locales y una serie de estudios técnicos que avalen una estrategia global. En este caso, existe un aspecto a favor de Medina Azahara, la escasa presencia de conjuntos arqueológicos de grandes ciudades islámicas.

Visita de Icomos

En la candidatura del bien no se debe obviar una espina dorsal de diez criterios que justifiquen el Valor Universal Excepcional de Medina Azahara. Esto es, acreditar la singularidad universal como obra artística, cultural y humana. Una vez enviado el dossier, los órganos consultivos de la Unesco, entre ellos el Icomos, analizarían «in situ» el bien aspirante. Un evaluador extranjero sería su artífice. Tras su dictamen, le tocaría decidir al Comité Mundial de Patrimonio.

En el horizonte, que podrá ser más o menos largo, hay tres vertientes muy significativas. Por un lado, la estela de las parcelaciones ilegales, el gran riesgo para el yacimiento (250 casas en su entorno) sobre el que Icomos ha sembrado sus dudas de cara al éxito de este aventura. Por otro, la proyección turística. Solo la etiqueta de aspirante puede reforzar a un complejo por el que en 2013 pasaron más de 160.000 personas y con un centro de visitantes en el que la Junta gastó más de 22 millons de euros. Y la tercera, la necesaria investigación, conservación y excavación arqueológica, puesto que lo que se ve al ojo humano es una ínfima parte de lo que hay enterrado. Pero los presupuestos públicos tienen pocas ganas de coger pico, pala y brocha.

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