PECADOS CAPITALES

EL DOCTOR RODRÍGUEZ

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La frivolidad del consejero solo enfanga la buena gestión en la sanación de Teresa

JAVIER Rodríguez lleva el maletín nuclear en la lengua. La prudencia, adorno de todo médico que como él presume de más de una decena de trienios envueltos en bata blanca, no le ha distinguido precisamente durante su carrera política. Más bien ha militado en una provocación muy envidiada entre los suyos pero rayana en el suicidio: en 2004, cuando nadie levantaba la voz en el PP de Madrid contra Esperanza Aguirre (ahora no callan), fue de los pocos que se atrevió a defender la candidatura perdedora de Manuel Cobo frente a la todavía hoy presidenta. La ganadora se lo hizo pagar no acudiendo casi una década después a su toma de posesión, tras ser nombrado por Ignacio González consejero de Sanidad.

Tras aquella pugna todos le dieron por muerto. A un superviviente de la época de Gallardón, que se atrevió a desafiar al poder, poco le podía durar el indulto. Sin embargo, siguió en la Asamblea hasta que la maldición de los consejeros de Sanidad madrileños le colocó la miel política en los labios. Su histórico en la Comunidad de Madrid le habría tenido que enseñar que en el puesto que asumió (gestiona la mitad de todo el presupuesto regional, 7.289 millones de euros) la seriedad y la discreción son valores nucleares. De la primera habla bien su buena reputación como nefrólogo, especialidad ejercida en uno de los mejores hospitales españoles, el Gregorio Marañón. Sin embargo, la discreción no es menor virtud en un puesto sometido al pimpampum político, como demuestra la caída en cascada de sus tres antecesores, Manuel Lamela, Juan José Güemes y Javier Fernández-Lasquetty.

Cierto es que la espesura política y la falta de masa crítica han obligado a la estabulación de los discursos públicos, impelidos a no salirse del guión del pensamiento único por miedo a la decapitación mediática. En palabras prestadas de Fernández Flórez, «con los fueros que da la miseria en tiempos de miseria», pedir a los políticos una reflexión independiente sería tanto como mandarlos al cadalso. Sin embargo, ni siquiera este atenuante es aplicable a Javier Rodríguez. La gestión del contagio del ébola de la enfermera Teresa Romero fue menos chapucera de lo que algunos hubieran querido. La excelente profesionalidad de nuestros sanitarios consiguieron el milagro: la sanación de Teresa. A partir de ahí, la incongruente reacción de la propia contagiada puede ser objeto de investigación judicial (una querella obligará a ello) pero la obsesión del consejero madrileño por chapotear en el asunto, sus descalificaciones a la enfermera y su nueva frivolidad («tengo que felicitar a Teresa Romero porque no se haya muerto») frisan la irresponsabilidad, que ya acreditó hace semanas; a pesar de lo cual sigue inexplicablemente en su puesto. Contra su afirmación altiva de que tiene «la vida resuelta» caben muchas respuestas. La más directa: que la disfrute fuera de la política.