VERSO SUELTO

DICTADURA DEL PROLETARIADO

Las profesiones que de verdad importan no se aprenden en la Universidad ni piden másteres

A la gente del cine que por fin parece haber dado con la tecla para no tener que quejarse como plañideras y no parecer lo que no son, a los escritores que llenan la papelera muchas veces antes de asomarse a los escaparates de las librerías, a los compositores que viven con la tormenta de tener que ordenar en los pentagramas lo que se les ha aparecido como una revelación incontenible en la cabeza, y a mí mismo, que a veces, en un arrebato de solemnidad, he pensado que desempeño una labor constitucional de informar a la gente, nos pueden decir muchas veces que el fruto que da nuestro trabajo es imprescindible y trascendente, pero la realidad tiene la franqueza desinhibida y un tanto cruel de la gente de pueblo y dice que nuestro oficio es mucho menos importante que lo que hacen quienes se dedican a retirar la basura de las calles.

Habrá mucha gente que proclame que no puede respirar sin los libros o que sólo es feliz en la penumbra de su butaca, y hasta son muchos quienes viven como adictos a la información en el papel, en la compañía de la radio o cada vez más en el nerviosismo del ordenador, pero hay profesiones que si amenazan con dar un golpe en la mesa pueden hacer temblar a todo el mundo. Ha pasado ahora mismo con los empleados de Sadeco, que amenazan con una huelga en los días anteriores a la Semana Santa y se han puesto blancos los que ni siquiera leen el periódico en la barra del bar, las mujeres que cambian de canal cuando empieza el telediario y los jóvenes que se atocinan la conciencia con programas de indigencia mental.

A todo el mundo le da lo mismo si los novelistas tienen que hacer piruetas para llegar a fin de mes y no le interesa que la reportera del micrófono viva con la amenaza del cierre como un moscón inquietante, pero si le dicen que durante una semana van a crecerle debajo de la terraza los olores, la suciedad y los gérmenes como si fueran un hongo nuclear, los mismos que miran con indiferencia al mundo ajeno a su peña y su equipo de fútbol le rogarán a los políticos que tengan más cerca que les doblen el sueldo a los que tienen que acabar con el problema. Todo pinta a que la sangre no llegará al río, así que Nieto no se meterá en un huracán político entre dos elecciones que serviría para poner la ciudad en el mapa y hacerla visible en los papeles nacionales y en las televisiones que no se pierden una huelga de basuras.

La otra lectura de esta huelga política, con la que los sindicatos quieren presionar y de paso condicionar un poco el voto a favor de quienes les gustan más pasa por aceptar que aquellas profesiones que más importan no son las que se aprenden en las Universidades ni las que requieren de másteres ni títulos extranjeros, sino las que solucionan problemas. Cualquier ingeniero o profesor muy bien formado peinará menos billetes que un electricista mañoso y ducho en lo que tiene entre manos o que un fontanero eficaz, porque estas especies, además de tener menos ejemplares, influyen en las necesidades primarias. Es la resaca de la España del 600 y el piso en propiedad, que idealizó los estudios superiores como una meca de estatus, y que encontró en las autonomías el aliado perfecto para poner una Universidad en cada esquina, como si hasta el más zote tuviera «derecho» a salir en la orla con el color de su facultad. Visto este país de titulados mileuristas pagando las facturas que servirán a los que se quedaron en la FP, mejores o peores, para costearse el todoterreno y la casa de tres plantas, a lo mejor es que esto era la dichosa dictadura del proletariado.

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