Aristóteles Moreno - PERDONEN LAS MOLESTIAS

Aquel chaval de Casa Ramón

Pepe García Marín era aquel mozo de San Cayetano que daba aguardiente a los obreros cuando terminaban el turno de noche

Aristóteles Moreno
Actualizado:

En los años treinta del siglo pasado, la Avenida de las Ollerías era un polo industrial de Córdoba. Cientos de obreros trabajaban a destajo en las factorías que jalonaban la carretera de Badajoz. Santa Marina era entonces un barrio gobernado por la pobreza y el hacinamiento. Hablamos de la Córdoba de las casas de vecinos. De aquel enjambre de vidas amontonadas alrededor de un patio blanco y una candela. Sin apenas luz eléctrica ni agua corriente.

Cada mañana al amanecer, una nube de obreros culminaba el turno nocturno y se desparramaban por el barrio de los piconeros para enfundarse en los camastros después de una noche dura de trabajo. Muchos de ellos recalaban en Casa Ramón para recuperar el resuello a base de aguardiente y café. Esperaban a que alguno de sus hijos se levantara y dejara libre una cama donde descansar. No había catre para todos. Las familias numerosas se apiñaban en aquellas viviendas patio entre habitaciones desbordadas de humanidad.

Casa Ramón abría sus puertas en los albores del día frente a San Cayetano. Detrás de la barra, se afanaba un chaval de 14 años recién salido del seminario. La guerra civil había truncado su camino espiritual y tuvo que ponerse el delantal para echar una mano a la familia. Su padre había sido piconero aunque un golpe de suerte le había permitido escapar del oficio más humilde del mundo. Santa Marina era el barrio de los piconeros. Y de los toreros. Las dos únicas vías que existían para regatear el hambre.

El muchacho de Casa Ramón se llamaba José García Marín. El mismo que años después fundó en plena Judería el primer buque insignia de la gastronomía cordobesa. En la entrevista que nos concedió a ABC en 2012, Pepe «El del Caballo Rojo» conservaba incólume en su memoria aquella Córdoba desvaída que pugnaba por sobrevivir al otro lado de la barra de Casa Ramón. Lo recordaba con la dignidad de un hombre que tocó el cielo con sus manos sin olvidar la tierra que le vio nacer.

«La taberna era el refugio de mucha gente que vivía muy mal», dijo al cabo de sus 87 años, en la cúspide ya de una trayectoria meteórica que lo había catapultado al Olimpo de la mejor cocina andaluza. En 1962, abrió un pequeño negocio en Deanes esquina con calle Romero. «Para mí, un restaurante era latín», declaró gráficamente. La Judería era un barrio decadente en el que se perdían muy de vez en cuando medio puñado de americanos despistados. Nada que ver con el río incesante de turistas de medio planeta que hoy anega las inmediaciones de la Mezquita.

Luego vino todo lo que ustedes ya se conocen de memoria. La inteligencia, un servicio exquisito, el cordero a la miel. Un día cruzó el umbral de El Caballo Rojo Ava Gardner. La diosa del celuloide. Venía de la mano de Omar Sharif y ese porte majestuoso que iluminaba el oxígeno. Era la señal indiscutible de que el restaurante de Pepe García Marín se había colado ya por la rendija de la historia.

En su libro de honor han firmado reyes y hombres de negocios, estrellas rutilantes y jefes de Estado. Durante tres décadas gobernó el firmamento de los fogones y marcó el paso de la nueva cocina tradicional. En buena medida, Córdoba figura hoy en la página de oro de la gastronomía nacional gracias a la audacia de aquel chaval de Santa Marina que daba cobijo a los obreros de aquellos amaneceres en blanco y negro. Que la tierra le sea leve.

Aristóteles MorenoAristóteles MorenoArticulista de OpiniónAristóteles Moreno