Juan Pablo Durán, sonriente en el Parlamento de Andalucía
Juan Pablo Durán, sonriente en el Parlamento de Andalucía - EFE
VERSO SUELTO

Demanda real

Lo más sangrante no es la poca ejemplaridad del contrato a un sobrino, sino encargar un vídeo que nadie ha pedido

Actualizado:

Se llama clientelismo. El que ejerce el poder no sólo se sienta en un despacho y representa a sus ciudadanos para proclamar palabras hinchadas, sino que sobre todo gasta el dinero de los impuestos que se confiscan a los demás. A veces estos euros van a proyectos que necesitan los pueblos y ciudades, a la educación de los niños y a los aparatos que en los hospitales sirven para detectar enfermedades, pero eso no quiere decir que se gasten de forma inocente. Los que están en el poder se suceden a sí mismos con esas adjudicaciones de muchos millones de euros que se publican en las páginas farragosas del BOE, y que llenan de dinero a unas empresas para que hagan una obra o cumplan un servicio.

Lo ideal sería que la relación terminase conforme se entregasen las obras. Me sirves y te pago, que diría Bernarda Alba. Pero aquí suele haber confianza: la Administración, o más bien el partido que está en ella, es el cliente de la empresa, y ésta sabrá agredecer el dinero que le entra, y los jornales de sus trabajadores, y le vendrá bien que el político y los suyos sigan teniendo votos en las urnas. Aunque cuando uno se fosiliza en el poder tanto que se confunde con la Administración misma, como hace el PSOE en la Junta de Andalucía, los vicios pueden ser mayores y estar más a la vista, eso es más fruto natural del paso del tiempo y la comodidad del trono sin contestación.

A Juan Pablo Durán, que llevó durante nueve años al PSOE de Córdoba por un camino de derrotas que sin embargo dejaban intacto el tesoro de la Junta que tanto poder le daba, le han pillado haciendo un contrato de 14.000 euros que no arruinará las arcas públicas, pero que sí le mancha el traje de presidente del Parlamento, que debería ir cortado con la tijera impecable de la respetabilidad. El argumento de que no es ilegal elegir a dedo a la empresa de un sobrino quizá sirva para no ir al juzgado, pero este es sobre todo un asunto de estética, que no le obligará a dimitir pero le confinará en el patio picaruelo de los políticos a los que no detuvo la Guardia Civil aunque se les pillara haciendo peroles con cargo al presupuesto público, cargando el café de por la mañana a la Diputación o comprando una vivienda tras un desahucio que a lo mejor pudieron evitar antes.

Lo más sangrante no es la poca ejemplaridad ni el sobrino defendiendo que se ha contratado a su empresa por ser la mejor, sino la superficialidad de hacer un vídeo para hablar de algo que en la Andalucía de hoy casi nadie recuerda, unos porque no les importa y otros por sentir vergüenza de que aquello en lo que pusieron tanta ilusión el 4 de diciembre de 1977 haya degenerado en un coloso burocrático que agujerea los bolsillos para pagar oficinas, agencias y leyes que nadie necesita.

Si un día ABC informó de ese contrato feo, poco después dio, también en exclusiva, una poco frecuente noticia buena: la de que la principal naviera del mundo operará en tren desde Córdoba hasta Algeciras. El mundo marcha: los consumidores piden lo que necesitan y el fabricante lo hace llegar tras un camino largo y preciso. Dice Maersk que esta nueva línea, que alguna plataforma querrá boicotear de aquí a nada, responde a una demanda real de sus clientes; puede que el mundo fuera mejor si los políticos contaran menos que las empresas y se limitaran a hacer lo que se les pide y no a inventos solemnes de consumo propio para que facturen las empresas amigas.