Luis Miranda - VERSO SUELTO

El humo que ciega

Córdoba se ha asomado en el incendio al mar de la suciedad inasumible que queda tras los fuegos artificiales del consumo

Luis Miranda
Actualizado:

Para entender por qué muchos cordobeses pasaron el domingo espiando una columna negra de humo que recordaba, mucho menos mortífera, al hongo que deja una bomba atómica, habría que asomarse a muchos libros y películas. Yo propongo una tan sencilla como desoladora, y que además ni siquiera es obvia y popular. «Wall-E» es una cinta sin demasiado público: muchos adultos no la mirarán por ser de dibujos animados, y los niños rara vez son capaces de aguantar una película bella y tierna, pero algo lenta, en su primer tercio totalmente muda y con un mundo simbólico que se les escapa.

«Wall-E» es una obra de Pixar, ese laboratorio que tiene la llave para remover las entrañas de los adultos con historias en las que la inocencia avanza cautelosa para desvelar muchos misterios adultos, y es la historia de un robot en un planeta, el nuestro, deshabitado por algo mucho menos ruidoso que un holocausto atómico. La tierra está literalmente comida por residuos inertes imposibles de eliminar: los seres humanos tuvieron que marcharse al espacio y vivir en naves espaciales, donde engordan sin cesar en una vida infantil y boba, y en el viejo planeta azul no queda más que una máquina animada (esto es, dotada de algo parecido a un ánima) que va caminando entre montañas de plástico infinito hasta encontrar un milagro en el planeta de aire amarillo y claustrofóbico: una pequeña planta que ha brotado en la tierra enferma y que él recoge con mimo para darle una nueva vida y mostrarla después como un objeto extraño y sorprendente para los humanos que acumulan grasa en una urbanización espacial lejana, olvidados ya de la posibilidad de volver.

Entre la ternura de Chaplin, la ironía de Huxley, la gravedad de la distopía de Orwell y la desesperanza de Cormac McCarthy, «Wall-E» no pertenece a esa ciencia ficción que habla de olas gigantescas ni invasiones alienígenas, al fin y al cabo remotas, sino que pone al espectador a pensar en lo que pasará con la bandeja de poliuretano y el plástico en que venían las manzanas que tomó en el supermercado, o en cómo se degradarán, en unos años, la bola que se le compró al niño en una máquina y el juguete que llevaba en el interior.

No ha hecho falta que los seres humanos vivan en un satélite artificial para que en Córdoba alguien se asome al abismo de los residuos, al mar de suciedad inasumible que queda tras los fuegos artificiales del consumo. Parece que desaparece cuando se tira a la basura, y todavía quedará una fatua autocomplacencia cuando se lance al contenedor amarillo, pero en estos días el fuego y el humo negro han querido emerger para contar que en la periferia de las ciudades y en los lugares por los que no se pasa quedan los restos que el planeta no puede asumir. Por eso a veces arden para lanzar al aire limpio de la campiña los humores terribles que denuncian que el hombre ahora está negado para vivir en armonía con su mundo.

Otra joya de Pixar, «Toy Story 3», ofrece un final de nudo en la garganta cuando los juguetes cambian de manos al crecer su dueño y llegan a una nueva vida, pero el humo negro ciega los ojos de la esperanza. Quizá el bueno de «Wall-E», con la mirada caída que no parece de máquina, se diera cuenta de la derrota cuando supiera que hasta las plantas que brotan con un poco de tierra, agua y cariño se han sustituido por recreaciones plásticas que envenenarán el aire sin darle oxígeno.

Luis MirandaLuis Miranda