APUNTES AL MARGEN

Los intereses creados

Ya escribió Benavente que mejor aliarse por provecho que por afectos. Lo de la hostelería y satélites es un espectáculo al que asisten atónitos principalmente los empresarios del sector

Presentación del clúster Fides en el Círculo de la Amistad de Córdoba
Presentación del clúster Fides en el Círculo de la Amistad de Córdoba - VALERIO MERINO

La inenarrable situación creada esta semana con el intento de destitución «de facto» del presidente de una patronal que lleva funcionando un mes desde su refundación ha mostrado sin paños calientes que, si el sindicalismo anda en horas bajas, lo de los empresarios es para buscar un médico urgente en la sala. La determinación de una parte de la junta directiva de Hostetur de retirar los poderes a su responsable electo, Francisco de la Torre, en favor de su vicepresidente, Alberto Rosales, por sentarse con el teniente de alcalde de Urbanismo, Pedro García, para hablar de la situación de los veladores forma parte del último espectáculo de un sector tan pujante como desgraciado en cuanto a sus relaciones con el mundo institucional. Como eso que se llama la política.

No se va a defender en estas líneas la gestión de Pedro García. Medios suficientes tiene el teniente de alcalde responsable para explicar su trabajo político. Sobradamente conocidos son sus errores y aquellos puntos flacos de su desempeño. También sus apuestas. Pero esto que está ocurriendo es tan raro, tan extraño, que resulta verdaderamente indispensable separar el grano de la paja. En concreto, los intereses corporativos, legítimos, de los personales. Tan legítimos como los primeros, por cierto, pero cuando se ejercen donde toca. Y no donde no vienen a cuento.

Representantes de la hostelería, del comercio y de las agencias de viaje -otra cosa, bien distinta, son los hosteleros, los comerciantes y los agentes de viajes- firmaron una suerte de unidad de acción con el objetivo de ir de la mano que tomó cuerpo en Fides, palabra latina que significa -ay, dolor- confianza. Para bien o para mal, que dice el himno del Córdoba. Desde entonces, en plan Pili y Mili, las organizaciones presentes en el grupo de presión han desarrollado actividades -financiadas, las más, con fondos públicos- y realizado reclamaciones conjuntas. De la Torre se saltó ese pacto entre caballeros reuniéndose a su flor con García para un asunto de interés evidente para el sector hostelero como es la disposición de las terrazas de verano. No son pocos los empresarios del sector los que no acaban de entender que su organización gremial no esté sentada a la mesa correspondiente aunque sea para decir que no está de acuerdo con lo que allí se decida.

En esto, como en otras cosas, la mesura es buena compañera. Y en esta historia se han mezclado demasiadas cosas. Desde la defensa de los sectores correspondientes a la permanente exigencia de presupuesto público. No hay que irse muy lejos para escuchar a cargos públicos a los que se le han puesto propuestas de acción de varios ceros por delante. A cambio, se supone, de tranquilidad política. Tampoco, los que se dejan querer al grito de «cuchi, cuchi». Do ut des, que decían los clásicos. Tampoco hay que buscar mucho para encontrar empresarios que aseguran que sus respectivas representaciones patronales han estado ausentes de grandes y chicos debates, metidas en exceso en sus propios proyectos de interés. De todas las voces que se han escuchado sobre la organización de la carrera oficial de la Semana Santa, clave para un montón de negocios, la del empresariado presuntamente organizado ha sido la que menos presencia ha tenido. Conviene recordar también la forma tan «sui generis» en la que se solventó el conflicto de la Escuela de Hostelería.

En esto ha habido un cierto error de concepto. Efectivamente, las entidades de representación empresarial han de jugar un nuevo papel que va por la prestación de servicios. Por ahí van los nuevos aires de un veterano en estas lides como Antonio Díaz en CECO. Pero las actividades que se prestan han de redundar en la colectividad, en la defensa común, o las entidades de empresarios se convierten en empresas mismamente. Aquí, la cosa ha saltado por los aires -según los indicios disponibles- porque no se ha diferenciado donde empieza lo uno y donde acaba la faltriquera.

Ya lo escribió el Nobel Jacinto Benavente. «Los intereses creados» se llama la obra. Dos personajes -Crispín y Leandro- con mucha labia y arte deciden, gracias a las apariencias, dedicarse a la muy española costumbre de que otros les paguen los gastos. La cosa termina, invariablemente, mal. En un pleito. Cómo es la realidad, demonios, que tantas veces imita al arte.

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