El chatarrero Joaquín Solanas en su negocio de Las Quemadas
El chatarrero Joaquín Solanas en su negocio de Las Quemadas - ROLDÁN SERRANO
EMPRESA

Joaquín Solanas, chatarrero por herencia familiar

Un empresario de la chatarra explica los detalles de un negocio «demonizado y perseguido»

CÓRDOBAActualizado:

Joaquín Solanas, de 35 años, conoce desde niño el negocio de la chatarrería. Su abuelo, Ricardo Solanas, fundó hace 60 años un negocio del que hay varias ramas empresariales, entre ellas su chatarrería en Las Quemadas. «Comencé con mi familia pero decidí emprender el camino en solitario, primero sin local, como intermediario y luego, con esta nave», cuenta. En plantilla, cinco trabajadores, directos e indirectos. Sobre la báscula, un camión cargado de restos de carpintería metálica. Es una de las decenas de camiones que recibe a la semana, y que al año suman más de 5.000 toneladas.

Solanas admite que comprar chatarra es complicado, para «garantizar las compras que realizamos a particulares se tienen en cuenta factores muy importantes como la cantidad de kilos que entregan, el tipo de material, si las ventas se realizan de forma puntual o recurrente, siendo este aspecto determinante».

La Policía y la Guardia Civil reciben a diario la lista de compras y proveedores

La labor del equipo de Patrimonio de la Policía y de los equipos Roca de la Guardia Civil es vital: sus esfuerzos de vigilancia garantizan que el sector esté protegido ante posibles operaciones irregulares. A tal efecto, explica Solanas, «enviamos a diario a ambos cuerpos la lista de compras, con nombre, DNI, producto entregado y cantidad abonada a cada proveedor». Añade que «el material que compramos, previa clasificación, se introduce de nuevo en el mercado de las materias primas secundarias, siendo sus destinatarios fundiciones del país».

Un sector «demonizado»

El kilo de hierro se paga a 15 céntimos, el aluminio a 90 y el cobre a 3 ó 4 euros según su calidad

El sector, reflexiona, está «demonizado y perseguido» debido a las malas prácticas de algunos «competidores». Por suerte o por desgracia, añade este joven empresario, «nos encontramos con muchas barreras de entrada para el acceso a este mercado, los eternos trámites medioambientales o la inversión suelen ser el escollo mayor a la hora de emprender». Otra gran dificultad a sortear por los negocios de la chatarra es «la inestabilidad en los mercados», que han convertido a las materias primas secundarias en un producto arriesgado. Las altas fluctuaciones de precio han provocado que el carácter especulador atribuido a los chatarreros, cuanto menos, haya descendido. Ahora, matiza Solanas, «los márgenes son muy inferiores, hay mucha competencia y las empresas están cada día más profesionalizadas».

Actualmente, el kilo de hierro se paga en torno a los 15 céntimos, el aluminio sobre 90 céntimos y el cobre alrededor de 3 ó 4 euros, según calidades. Asociaciones como la Federación Española del Reciclaje, Agresur o Repacar velan por los intereses de los recuperadores de residuos a nivel nacional y regional, y representan al sector frente a estamentos públicos e instituciones, explica este empresario.

Reconoce la labor de asociaciones que actúan a nivel local y provincial como Asemeco, pero asegura que los recuperadores, aunque de la mano del sector del metal, «nos regimos por nuestro convenio». Una de las demandas que hacen estos chatarreros, que soportan un componente ecológico importante en el reciclaje, es mayor diligencia burocrática, pues, avisan, es muy difícil trabajar y esperar, en ocasiones varios años, para la concesión de licencias y autorizaciones.