Federico Mayor Zaragoza y Carmen Calvo, en un acto por la titularidad pública de la Mezquita-Catedral de Córdoba
Federico Mayor Zaragoza y Carmen Calvo, en un acto por la titularidad pública de la Mezquita-Catedral de Córdoba - VALERIO MERINO
PASAR EL RATO

Jugar a escribir

Mayor Zaragoza es un pensador previsible, que se ha ido desplazando a la izquierda de la barra, en espera de invitación

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Entrevistar hoy a un personaje como Federico Mayor Zaragoza es una obra de misericordia, más que una noticia. Que un periodista inteligente y bien preparado, como Rafael Ángel Aguilar, de este periódico, lo haya hecho, debe valorarse desde una perspectiva moral y no periodística. Mayor Zaragoza es un pensador previsible, que se ha ido desplazando a la izquierda de la barra, en espera de invitación. Sin necesidad de hablar con él, Aguilar ya conocía el contenido del dictamen de la comisión municipal sobre la Mezquita-Catedral, del mismo modo que todo el mundo en Córdoba conocía el destino de los nombres de las calles que los van a perder, porque lo ha dispuesto otra comisión. Si es sólo por esas hazañas que el gobierno municipal espera entrar en la historia -¿hay algo más?-, quizá los cordobeses merezcamos este destino de progreso. Lo importante es que los miembros de las comisiones sean libres. La libertad es ante todo una filosofía de vida, La filosofía de la libertad, que ha dado de comer a tantos demócratas. Y reconozcamos que tiene mérito comer de la filosofía.

Ahora, a lo que importa, que vamos tarde. De vez en cuando hay que pararse, suprimir al público y pensar en lo que hacemos. Pensar en el oficio. Los escritores, grandes o pequeños, de periódico o de libro, invocan motivos distintos para escribir. A uno le parece que todos esos pretextos pueden encerrarse en dos: o se escribe por entretenimiento o se escribe para llamar la atención. Para llamar la atención sobre el autor. Pero la literatura, de periódico o de editorial, es tanto mejor cuanto más divierte, en primer lugar, al autor. Si en el acto de escribir se tiene en cuenta al lector, la obra pierde espontaneidad. Hay que recuperar la seriedad que teníamos cuando jugábamos de niños, dijo, más o menos, Nietzsche sobre el escritor. Ese aspecto recreativo de la escritura -el niño que juega y se divierte jugando, que lo pasa bien jugando- tiene que ver con la falta de pretensiones, de aspiraciones de inmortalidad. Escribir para cambiar el mundo, para legar al mundo sabe Dios qué tonterías. El niño juega seriamente, pero juega para sí, no para los otros. Juega con los otros para divertirse él. Y los otros hacen lo mismo, por eso los niños se lo pasan tan bien. Al niño que juega para llamar la atención y no para divertirse, se le nota. El juego pierde jugo, le falta seriedad. Si los niños jugaran para ser admirados, teniendo en cuenta la opinión crítica de sus compañeros de juegos, el juego dejaría de tener interés para todos y únicamente contaría lo que los demás opinaran de cada jugador. Por eso los adultos no jugamos, porque nos juzgamos. Hay que escribir para el propio deleite.

Y de la disciplina, ¿qué? Está en el juego. Los niños no necesitan disciplina para ponerse a jugar, porque siempre tienen ganas de jugar. Ahí reside la clave del arte, entendido como un juego. En tener siempre ganas de escribir, como un niño tiene siempre ganas de jugar. Jugar a escribir. En cuanto desaparece el público, el placer empieza. El niño juega y se divierte, sin más pretensiones. Y como es un niño, los adultos son indulgentes con él y elogian sus pequeñas creaciones: el escondite, la cabaña, el castillo de arena, el disfraz… Pero si no lo hicieran, hay algo que ni el más despiadado de los críticos infanticidas podría quitarle: el placer de haber jugado, la satisfacción única, personalísima, intransmisible de haberlo pasado bien haciendo con seriedad algo que le gustaba mucho.