Pasar el rato

El lenguaje de la calle

Si un orador habla vulgarmente para hacer concesiones al auditorio lo está despreciando porque lo supone limitado intelectualmente

José Javier Amorós
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Sin grandes logros, uno ha dedicado toda su vida a tratar con el debido respeto la lengua castellana. A incrementar el vocabulario, a cuidar las palabras, a entender su significado, a ordenarlas en la frase y a pronunciarlas luego con su poquito de música. Por unas cosas o por otras, uno nunca ha llegado a ser un hombre de provecho, que suena a haber hecho bien la digestión. Uno tiene un estómago políticamente lábil, y apenas digiere media docena de ideas esenciales. Ahora es tarde para lamentar una vida desperdiciada. Si hubiera escrito una mala novela o tenido menos pudor comunicativo, que viene a ser lo mismo, tal vez sería hoy ministro de Cultura del gobierno de Pedro Sánchez. Hace ya tiempo que uno se limita a darse el pésame cada semana, en este rinconcito de las cosas perecederas. A uno le gustaría morirse en castellano. El idioma, claro.

El psicólogo catalán Rafael Santandreu pronunció el lunes de la semana pasada una conferencia, charla o parleta en Córdoba. Un agudo periodista de este periódico, Rafael A. Aguilar, publicó al día siguiente una glosa de la cosa. Y la tituló afiladamente, en toda su negritud, con esta frase presuicida del orador: «Es la leche darse cuenta de que para ser feliz nos bastan el agua y la comida». A juzgar por la fotografía que ilustraba el texto, quién sabe si publicada también con intención, el orador no iba vestido para la ocasión. Iba de Pablo Iglesias, que tiene su momento, pero no era ése. A uno, que es poco evolucionado de maneras, le parece tan impropio presentarse en un perol con traje de etiqueta, como comparecer en mangas de camisa en la tribuna del Congreso de los Diputados de España. O en una conferencia en Córdoba, una ciudad que tiene sus exigencias. Pues con el lenguaje pasa lo mismo. Hay que ir vestido para la ocasión, por fuera y por dentro. «Necesitamos muy poco para ser felices y eso es la leche, el chollo de la vida». «Que con las cartas que te da la vida sepas armar un proyecto chulo». «Quitarnos necesidades siempre es guay, porque se acaban convirtiendo en una carga». ¿Y qué necesidad tenía el psicólogo de cargar con tantas concesiones a la trivialidad lingüística, si eso no resulta guay en un conferenciante? Su guay es más vulgar que el medieval. Con nuestros clásicos, diremos hoy: ¡guay del que dice guay! O lo que es igual: ¡ay del que dice guay en una conferencia en Córdoba!

Si el orador emplea el lenguaje de la calle para hacer concesiones al auditorio, lo que está haciendo es despreciar al auditorio. Porque lo supone intelectualmente limitado. El orador, cualquiera que sea su nivel, tiene la obligación de contribuir a elevar el lenguaje de la calle. «Dar un sentido más puro a las palabras de la tribu», decía Mallarmé. Para acabar hablando como se habla en la calle, se queda uno en la calle, frecuentando despedidas de soltero, y no se anuncia como conferenciante, porque eso desconcierta al respetable. El orador de raza no confunde la naturalidad con la espontaneidad. El lenguaje del orador, como el del escritor, es un lenguaje elaborado. Lo que no equivale a rebuscado y pedante, sino muy cuidado, muy trabajado. La naturalidad hay que aprenderla, y cuesta mucho esfuerzo y mucha paciencia. La espontaneidad, en cambio, no es más que un instinto, y basta con que nos dejemos llevar por nuestra vulgaridad natural. Que en eso consiste ser guay.

José Javier AmorósJosé Javier AmorósArticulista de OpiniónJosé Javier Amorós