Manifiestación contra la violencia de géneo en Córdoba
Manifiestación contra la violencia de géneo en Córdoba - VALERIO MERINO
VERSO SUELTO

La palma feminista del martirio

Las que esta tarde se harán fotos con lazos y bufandas apenas han sufrido discriminación en su vida

CÓRDOBAActualizado:

Seguro que en Córdoba hay mujeres que hoy tendrían que ponerse en huelga para que el mundo se detenga y repare en su vida, pero no serán las que estén a la cabeza de las manifestaciones que esta tarde llenarán las calles de consignas con rima y premio. Hay algo peor que anclarse en la rueda de hámster del victimismo cuando a alguien le pasa una desgracia, y es que se ponga la clámide de agraviado quien nunca la recibió pero quiere sacar tajada apropiándose de los dramas de los demás. O de las demás.

Hay que decirlo claro: las que esta tarde se harán fotos con lazos, pines, bufandas y prendas corporativas apenas han sufrido en carne propia discriminaciones. Las que ahora están, como yo, por los cuarenta y tantos años, y mucho menos algunas jóvenes que hablan como si se hubieran tenido que sacudir un burka de encima, no se enfrentaron a nadie que les negara el derecho a estudiar una carrera, votaron con toda naturalidad y cuando ganaron dinero lo ingresaron en una cuenta corriente que no necesitaba permiso de varón.

La mayor parte de estas que ahora se tapan con la manta de las víctimas, si tuvieron problemas con algún varón algo pasado de vueltas los debieron de resolver como tantas mujeres que estos días han manifestado su libertad para disentir del disparate: con carácter, determinación y la ayuda de quienes están para eso. Políticas, altas funcionarias, sindicalistas, profesionales que se fajan con mil dificultades no van a temblar ante el primer mamarracho que venga con un «ojos negros tienes» más alto de lo tolerable. Con todo, nunca admitirán lo que tantas mujeres que han trabajado por sí mismas durante estos años han contado: que en toda su vida no padecieron por ser mujeres trato distinto al de sus compañeros, rechazo sexista ni actitud de desprecio, y si ahora dicen que les han maltratado es por el secreto agrado de poder posar con la actitud de la afrentada, por el aura pseudopoética de la víctima que lucha. Aunque estén, como Don Quijote pero cuerdas y conscientes, agujereando cueros de vino tinto.

En algo pueden tener razón y es en el trato de mascotas humanas que a veces recibieron de los que consideraban que el elemento femenino era imprescindible sobre todo para dar un poco de alegría y color a la gris oficina que dirigían los hombres. Esa condescendencia paternalista, sin embargo, es tan cierta como que hay muchas que supieron utilizar sus armas de inteligencia emocional para meterse por aquella gatera y cruzar delante de hombres o mujeres que doblaban la espalda para trabajar en vez de tocar las castañuelas.

Estas que gritarán como si todas las mujeres pensasen igual y fuesen de izquierdas, estas que enseñarán el símbolo de Venus en las pancartas, podrían, si fueran sinceras, firmar los manifiestos de otras que insisten en que no nacen víctimas, pero no van a renunciar a la palma victoriosa del martirio que corresponde a aquellas agarradas a empleos precarios y sin seguro, tantas en una ciudad sin industria como Córdoba, que no se darán el lujo de ponerse en huelga. No escucharon a Krahe, que en una canción se lamentaba de no poder sumarse a la frustración de mujeres, artistas, zurdos y cristianos de base y que no quería ofrecer su adhesión por ser paternalista. En este caso, no sé si decir maternalista por no ofender a las que claman a gritos su derecho a no tener hijos.