Javier Tafur - EL ESTILITA

La playa de Córdoba

El Ayuntamiento entiende de economía como trueque y punto

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Hubo una playa en la ciudad, allá por los años cincuenta y sesenta, que vino, como casi todo lo que constituye la modernización básica de Córdoba, de la mano de Antonio Cruz Conde. El segundo puente, que ni siquiera los Omeyas realizaron, las rehabilitaciones del patrimonio tangible y del intangible, las avenidas, las calles, las callejas, las plazas, los parques, los Patios, el Cante, los museos, el aeropuerto, la Universidad Laboral, los hospitales, los hoteles, el primer plan de ordenación urbana, los nuevos barrios, incluso el camping y hasta las piscinas, que eran más higiénicas y menos peligrosas que la playa. Casi todo lo que conocemos y aún nos importa fue obra de aquellas décadas prodigiosas. Sin Cruz Conde, sin los Cruz Conde, por extensión familiar merecida, Córdoba seguiría siendo poco más que una vieja litografía de Roberts o de Parcerisa. Tal vez con el añadido de Ambrosio posando para los mismos, Luque repartiendo chuscos, García ordenando piedras y Menacho ejerciendo de pisaverde.

Entonces, cualquier cosa era posible, muchas probables. Parecía que la ciudad era joven y voluntariosa. Ahora, en cambio, todo se fastidia, es insostenible, o eso dicen los gafes doctrinarios, entre los que Pedro destaca por su aplicación. Cuando sea mayor será catedrático de lo que no se hizo, de lo que no dejó hacer, de lo que fue incapaz de hacer, o sea, catedrático de una historia al revés, de una antihistoria. Ya ha manifestado con el vinagre que lo caracteriza que el proyecto de playa cordobesa va para largo, es decir, para nunca. Y es una pena. En pocas ocasiones se ha visto tanta unanimidad popular en torno a una idea verdaderamente útil para la ciudad. A lo mejor la gente se ha hartado del calor desmedido de esta tierra, del ciclo climático, del calentamiento global, de la pertinaz sequía y del conjunto de nuestra árida idiosincrasia y se ha querido refrescar por una vez, pese a la plancha ideológica de la izquierda.

Pero es mucho pedir. Viene una empresa multinacional, creyendo que el Ayuntamiento la recibirá con aplausos, a buscar emprendedores indígenas o de cercanías para proponerles que hagan promociones urbanísticas y turísticas en torno al lago artificial que ellos proveerán en un periquete a bajo coste y casi sin gasto de agua. Y, aunque sea factible y a la vista están mayores proezas en desiertos arábigos y africanos, no cuenta con que nuestra administración progresista entiende que el progreso reside en la economía del trueque y poco más. Aparte de que se habrá encontrado con que los supuestos emprendedores tienen más miedo que vergüenza y no arriesgan sin la garantía de ser subvencionados.

Rosa Aguilar, antes de su truco final, el que le ha dado su prestigio, también tuvo semejante ocurrencia. Hasta hubo una concejala que anunció a fecha concreta la inauguración de la playa soñada. Al cabo se conformaron con el bañista con cara de tonto que se llevó el río. Somos así. No fue y no será. Es una pena, repito. Al menos serviría para que los sufridos parcelistas desviasen las visitas de los cuñados algún que otro fin de semana.