Nati Gavira - Puerta Giratoria

En las redes Nati Gavira

Todo existe porque es contado y compartido. Sin fotos ya no hay constancia de vida. Suplantar la comunicación por la entelequia

La clave está en la foto y la obligación de apresarlo todo en la pantalla de un móvil y después construir, quizás, una realidad disparatada y falsa para compartirla y entenderse miembro de la comunidad de la pura banalidad. Sin foto, es probable, no habría beso. Para qué, pensará la nazarena de la hermandad del Descendimiento. Las redes sociales son pasarelas donde no hacen falta medidas esculturales. La joven puede ser expulsada de la Hermandad por su conducta impropia en los días de la Semana Santa de Córdoba. Es una decisión que asumen los órganos de gobierno de su hermandad, interesados en separar el reproche de la cordura, la polémica de la anécdota. Sería la condena a las ganas de celebridad donde no corresponde.

Hace casi cincuenta años el alcalde que tenía Belmez, Rafael Canalejo, se hacía famoso por participar en el programa «Un millón para el mejor» de la única televisión españoles. Se convirtió en estrella rutilante al llegar a la final de un concurso que ponía a prueba sus destrezas. Era de las primeras figuras creada por la tele y pasó del anonimato al reconocimiento popular, a recibir célebres homenajes hasta confesar cansancio, aunque bastante rentable en cuanto a promoción para su pueblo, decía el hombre. Era la conquista de un espacio reservado a artistas y aristócratas de los años sesenta que acabó por imponer décadas más tarde un modo de acceder a la tele.

La hipertrofia de ese deseo está ahora en las redes sociales y la latente necesidad de notoriedad, aunque sea fugaz, de miles de usuarios, entre los que me incluyo a medias. Aquí la provocación es la vía más directa para conquistar este espacio y también el estrado más frágil. Las redes sociales prolongan el acoso entre escolares y sirven para el exhibicionismo, invitan a bodas que nunca vistes y celebran contigo la derrota del equipo contrario. Todo existe porque es contado y compartido. Sin fotos ya no hay constancia de vida.

Hay gente que estimula toda su capacidad provocadora desde la pantalla del móvil para entrar en una estadística zafia y hortera que se alimenta de pulsiones al móvil sin que medie más que la presencia virtual de un perfil, a veces, muy distante de la realidad. Hay gente que al terminar de freír alitas de pollo busca el aplauso unánime de las redes, y se zambulle en un montón de pulgares triunfantes. Los que declaran amores eternos comienzan con frases en infinitivo a desvelar intimidades a modo de proclamación universal, esos ya entienden el uso de las redes como una prueba de amor, y quiero imaginarme que han tenido que desafiar dosis de pudor y reparo.

No hay nada de malo en contar lo que se quiera por el medio que cada uno crea conveniente, el peligro es suplantar la comunicación por la entelequia y regalar esa voluntad a la marea de la polémica.

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