Rafael González - LA CERA

Los sátrapas Rafael González

La hostelería está en pie de guerra. Pelean aquellos a los que una vez les movió el servicio a los demás

Ustedes seguramente no lo sepan, pero se está librando una batalla y puede que un flamenquín le salte, se escape una croqueta y le dé a alguien. La culpa, de momento, la tienen los veladores, principio y fin último del cordobesismo hostelero, una vez superadas las cifras de pernoctaciones y el tema del aeropuerto en lo que va de año. El caso es que parte de la hostelería cordobesa anda a la gresca, lo cual es una mala noticia para el gremio y una buena para el Sálvame, suponiendo que a Jorge Javier Vázquez le interesaran estas cuitas, que va a ser que no. Porque, en realidad, ni son todos los hosteleros los que son ni todos los que están son hosteleros. Vedettes, quizá. Una vez les movió el servicio a los demás, puede. Hoy son herederos de las habituales formas que los hombres de poder cordobeses se gastan y que acaban generalmente en el cementerio, que es el rasero porque el que se miden todos los egos desaforados. Ya el año pasado enterramos algunos egos y tan pachos que estamos. Con sus caballitos blancos y sus caballitos negros, los cortejos de egos tienen todos el mismo destino: si te he visto, no me acuerdo, por muchos bustos que tengas o portadas de periódicos hayas estampado con tu careto. Pero se quedan las formas, claro. Todo lo malo se pega y acabamos pegándonos unos a otros por mire usted qué importante soy y viva mi cuenta de explotación. Cuando a algunos de éstos se les llena la boca de «Córdoba» es conveniente que te tires cuerpo a tierra y te sujetes la cartera, porque o te van a dar un visado de buen o mal cordobés o te van a meter mano en el bolsillo, vía subvención, claro, que el dinero público, como todo el mundo sabe, no es de nadie. O ambas cosas.

Acaba de pasarme una ración de salmorejo por la coronilla, lo que me da una idea de que llueven comunicados oficiales, extraoficiales, reuniones urgentes, desmentidos y cuchillos de cocina. Es lo que tiene la hostelería en guerra, y son los cuchillos jamoneros, además de las sillas de los veladores. He aquí una de las madres del cordero y verdadero campo de batalla: las mesas y las sillas, con sus sombrillas, sus estufas en invierno, sus maceteros, sus otras sombrillas, más sillas, más mesas, dos mostradores con nevera incorporada, varios camareros a tiempo parcial, otras sillas, varias mesas añadidas, los vecinos en zancos, otro camarero de extra, peatones equilibristas, cochecitos de bebé, unas aceras que se suponen, las sillas del cocacola y las de ámstel y de después… El otro motivo del fuego cruzado son los mariscales de campo o velador. Se han dicho cosas. Sátrapas, entre otros adjetivos. Han cantado un «sátrapa» en la sala y ha saltado el bingo. Porque en realidad esto es una sala de juegos donde algunos se lo pasan muy bien o muy mal mientras los anónimos trabajan y sacan sus negocios adelante sin más ayudas sectoriales que sus santos cojones. Perdonen el castellano exabrupto, pero la RAE me ampara y Cela también. Según el diccionario de la Real Academia Española, por cierto, «sátrapa», coloquialmente, es aquél que «gobierna despótica y arbitrariamente y que hace ostentación de su poder». Que levante ahora el flamenquín aquél que esté libre del adjetivo en toda esta movida.

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