INCENDIO EN DOÑANA

La arriesgada maniobra que salvó Matalascañas y Doñana

José Valle, técnico de Operaciones del Infoca, cuenta a ABC cómo evitaron con pericia que las llamas llegaran al Parque

ALMONTEActualizado:

Se emociona al recordar el clima de compañerismo que ha reinado entre todos los cuerpos participantes el operativo destinado a controlar el incendio que ha calcinado casi 8500 hectáreas del entorno de Doñana. Pudieron haber sido muchas más, pero la intervención del equipo de José Valle Salazar, su pericia y experiencia, su actitud valiente sin abandonar la prudencia, evitó que las llamas alcanzaran dos puntos que habrían supuesto el desastre más absoluto: el núcleo de Matalascañas, en el que permanecían unas 50.000 personas; y el Acebuche, lo que hubiera supuesto que el fuego llegara al Parque Nacional.

Valle, técnico de Operaciones del Infoca desde hace 25 años, llegó al puesto de mando avanzado el domingo a mediodía, tras acudir a otro incendio en Cartaya, rápidamente controlado. Encontró a sus compañeros impresionados por la rapidez con la que había estado avanzando el fuego desde la noche anterior, ayudado por el intenso calor y el fuerte viento, pero también por la cantidad de pastos y malezas y por la «mala suerte» de que el incendio comenzara por la noche, cuando los medios aéreos no pueden trabajar. A José le asignan tres retenes y una zona: el camino del Loro, en el entorno del Parador de Mazagón. «Un compañero que había llegado antes me dijo: José, no sigas, que ahí se ha hecho de noche», relata. «Era bestial». Para no comprometer a los retenes les indica que esperen en una zona segura y que esperen instrucciones. «Lo que me encontré por la carretera era para vivirlo, el humo lo invadía todo. El problema era muy grande», recuerda con la impresión todavía en el cuerpo.

«Cuando pasamos ese infierno, el fuego ya iba cuatro kilómetros por delante de lo que nos habían asignado», describe Valle, quien asegura que tuvieron que cerrar las ventanillas porque el calor que desprendía el incendio les abrasaba. «Nos encontramos con la UME –de los que elogia su profesionalidad y su grado de implicación-, y vimos una oportunidad en el carril de Los Americanos», un espacio que discurre en paralelo por el margen izquierdo de la carretera de Mazagón a Matalascañas, donde actuaron para evitar que el fuego avanzara hacia el Acebuche. Pero lo más grave estaba en el tramo desde Cuesta Maneli a Matalascañas. «Aquello se lo comía el fuego», asegura.

«Pedimos permiso para llevarnos medios para defender Matalascañas y cuando estábamos trabajando tuvimos la gran suerte de que el viento amainó, los medios aéreos pudieron volver a actuar y las descargas fueron efectivas», celebra Valle, para quién llegó el momento de luchar, junto a sus compañeros, cara a cara contra el fuego, logrando detener la lengua que amenazaba el núcleo costero almonteño, parándola en la cresta de la duna fósil.

Quedaba por controlar un tramo del carril de los Americanos, el fuego avanzaba rápido hacia el Centro de Interpretación del Acebuche. «Si hubiera alcanzado ese punto, hubiera saltado a la zona de Parque Nacional», afirma Valle, que cuenta como en una maniobra extremadamente arriesgada decidieron practicar lo que se denomina una «quema de ensanche» ampliando una zona de cortafuegos existente. «Lo pasamos fatal, pero logramos que el fuego no saltara a lo verde y estabilizar la lengua que iba hacia el Acebuche», celebra el técnico, que no pierde oportunidad de reconocer el «gran potencial humano» y las ganas con las que todos los efectivos participantes en el operativo actuaron en todo momento.

«He visto llorar a los compañeros de impotencia», reconoce, igual que confiesa que nunca había sentido «tanto calor humano, tanto reconocimiento y tanto amparo por parte de la sociedad». Es el lado bueno del desastre, el que compensa el sacrificio que supone para su familia cada nueva misión: los rezos de su madre, que aún lo trata como un niño; la renuncia de sus hijos, a los que nunca ha podido dedicar un verano; el miedo impenitente de su mujer, a la que jamás cuenta los pormenores del trabajo porque sabe que no lo soporta, pero que siempre lo despide en la puerta deseándole suerte. Porque para José, la suerte, sin duda, es un elemento esencial. "Yo siempre digo que cuando los incendios se nos hacen grandes es que nosotros somos muy malos y cuando los apagamos, es que tenemos suerte", bromea Valle, que de su vocación ha hecho su profesión y que no duda en admitir que, pese al tremendo riesgo, si retrocediera en el tiempo volvería a dedicar su vida a evitar que las llamas devoren su entorno y con él, sus recuerdos.