El humorista malagueño Chiquito de la Calzada, en una de sus actuaciones
El humorista malagueño Chiquito de la Calzada, en una de sus actuaciones - ABC
GENTE

La desgarradora soleá de Chiquito de la Calzada

El humorista malagueño se recupera en casa de unos amigos de la caída por la que tuvo que ser rescatado por los bomberos

MÁLAGAActualizado:

«Ahora cuando llegue la noche sé que cierro mi puerta y estoy solo». Entre chistes y ocurrencias y siempre rodeado de amigos, no hay un día en que Gregorio Sánchez Fernández haya dejado de entonar esa desgarradora soleá desde que en 2012 murió su esposa.

A Chiquito de la Calzada le quiere todo el mundo. En Málaga se le venera y se le cuida. Pero cuando atardece y regresa a su domicilio, allí solo le esperan los recuerdos de toda una vida en común junto a Pepita García Gómez. Esta semana, cuatro días y tres noches siempre acompañado en el hospital, han cambiado esa triste rutina y llenado de zozobra a la memoria colectiva de un país que hace dos décadas llegaba al trabajo gritando «jarrl» después de verle la noche anterior en la tele. El viernes, Chiquito cerró su puerta para enfrentarse a su soledad y se cayó después de haber dejado las llaves puestas. Tuvieron que acudir los bomberos para rescatarle.

Afortunadamente, lo suyo del sábado pasado fue una caída sin consecuencias. «Es una suerte, porque ya se sabe que lo primero cuando se cae una persona mayor es pensar que se ha roto la cadera», reflexiona uno de los médicos del centro de salud de Huelin, su actual barrio, al que Chiquito acude con asiduidad. «Para nada grave, nunca; sus análisis, sus controles... Y para alegrar la mañana a todo el personal con el que bromea continuamente», añade. El martes, tras casi matar de risa a las enfermeras que tenían que verle «el fistro diodenal», Chiquito dejaba el hospital y se trasladaba a la casa de unos amigos en la Costa del Sol. Mientras se deje, no estará ya más solo.

Porque ésa es la paradoja. A Chiquito se le quiere y se le protege. No tiene problemas económicos, todo lo contrario. Hormiguita y buen administrador desde que empezara a ganar algo de dinero con el cante y con el baile, los réditos de la fama que alcanzó con 62 años le han servido para llegar a sus 85 con un desahogo notable. «A cobrar la paguita dice que va cada mes», ríe Ángel Sánchez-Rosso, propietario del Mesón Chinitas, donde Gregorio almuerza casi a diario. Pero, tras la risa, de nuevo el quebranto. «Y para qué quiero el dinero yo ahora», es su letanía siguiente.

Chiquito, junto a su mujer Pepita García Gómez
Chiquito, junto a su mujer Pepita García Gómez-ABC

Al igual que ocurre con muchas otras personas de su edad, Gregorio no ha querido nunca que nadie se metiese en la casa de la que Pepita, a la que conoció en un tablao cordobés, salió en ambulancia tras sufrir el fallo cardiaco que acabó con su vida hace algo más de cinco años. Se niega. «Ella era su pilar, la base de todo lo que hacía. Y te aseguro que de ella se acuerda cada día», relata uno de esos amigos que en ninguna circunstancia lo han abandonado.

La pareja no tuvo descendencia. De sus cuidados diarios se ocupa una sobrina. Es quien le arregla la casa, quien le acompaña al médico, con quien desayuna en alguna de las cafeterías del barrio a las que acude casi a diario. Ahora sus amigos quieren revertir la situación. Convencerle de que necesita una ayuda mayor. Esperan poder conseguirlo después del susto.

Junto a Terelu Campos y Bigote Arrocet el pasado septiembre en Málaga
Junto a Terelu Campos y Bigote Arrocet el pasado septiembre en Málaga-EFE

Chiquito ya no trabaja. Y eso que muchos querrían que siguiera amenizando almuerzos, cenas y convenciones como hiciera durante tantos años. «Aunque la edad no perdona, sigue siendo ingenioso, ágil, divertido. Y sobre todo extremadamente humilde», argumentan sus allegados sobre el porqué del cariño al personaje.

El reconocimiento al creador de aquel lenguaje imposible trasciende a su ciudad. Así lo han demostrado las innumerables muestras de cariño recibidas de toda España desde su ingreso. Hasta la Guardia Civil le dedicó un tuit. Nombrado Hijo Predilecto de la provincia malagueña el año pasado, el último acto social en el que participó fue en la entrega de ese mismo galardón a Dani Rovira, el pasado septiembre. El joven actor malagueño se deshizo en halagos hacia él y le hizo subir al escenario.

Pero no se prodiga ya en este tipo de eventos. Cuando el humorista termina su desayuno en Huelin, emprende una caminata hasta el centro de Málaga. Aunque el humor va por días, se para a hacerse una foto con todo aquel que se lo pide en el camino hasta el Café Central, donde se empeña «en invitarme a mí a un cafelito», se desternilla Rafael Prados, su propietario. Y hasta el Chinitas, donde almorzará el plato del día en una mesa junto a un gran retrato suyo. «Cada vez come menos y aquí cuidamos de que tenga una alimentación adecuada», indica Sánchez-Rosso.

En esos almuerzos, cuentan sus contertulios, lo mejor es escucharle hablar de sus inicios en los locales flamencos de la Málaga de posguerra. Junto al «Tiriri», la «Repompa» o la «Cañeta». De sus anécdotas en aquellos dos años bailando en un tablao de Japón. En el Chinitas recibe visitas de mucha gente que quiere conocerlo. Bigote Arrocet, Josema Yuste o Florentino Fernández, que creara un personaje vampirizándolo (y sin ningún rencor por parte de Chiquito), se han acercado para estar con él.

Cuando acudió Carolina Cerezuela, se empeñó en que le pusiera al teléfono con Carlos Moyá, quien se despidió del tenis con la misma frase que le hizo célebre tras perder ante Sampras la final del Open de Australia de 1997: «Hasta luego Lucas». Entre tanto, Gregorio se cagará también en las muelas de algún «pecadorr» y cantará a los caballos que vienen de Bonanza, para luego regresar a su casa. Esa en la que su entorno espera que ya no esté solo cuando vuelva a despedirse de ese tal Lucas al que nunca nadie conoció. Ni falta que hizo.