RELIGIÓN

Don José Gálvez Ginachero, el protector malagueño de la vida

Concluye la fase diocesana para la beatificación del doctor Gálvez por su ejemplo de vida

El doctor Gálvez, junto a las matronas
El doctor Gálvez, junto a las matronas - OBISPADO DE MÁLAGA
J.J. MADUEÑO Málaga - Actualizado: Guardado en: Andalucía Málaga

Don José Gálvez Ginachero (1866-1952) pasó a la memoria de los malagueños como el hombre que les vio nacer. Un protector malagueño de la vida cuando las mujeres morían en el parto. Sobresaliente en su formación, estudió Medicina en la Universidad de Granada con una beca del Rey Alfonso XIII. Se licenció en 1988 y se marchó a Madrid para doctorarse. «Conversando un día con mi madre sobre de qué forma ser más útil a mis semejantes, ella me hizo notar el enorme número de parturientas que entonces morían. Bastó esta observación para cambiar radicalmente y orientarme a la Obstetricia y la Ginecología», narró el propio doctor Gálvez.

En 1890 se marchó a Berlín y París, hasta que regresó a Málaga en 1892 introduciendo en España lo aprendido en aquel viaje formativo. Implantó técnicas quirúrgicas y las últimas novedades en esterilización y la asepsia. Abrió su propia clínica junto a la Catedral de Málaga en el número 5 de calle Císter, al lado de su hogar de nacimiento. Allá conoció a María Moll Sampelayo. Se casaron en el Hospital Noble en 1904 y tuvieron tres hijos: María del Carmen, Josefina, y José, que también fue ginecólogo. El peor momento de su vida fue ver a su hija Josefina embarazada, convertida en rehén y encarcelada en el Gobierno Civil tras la guerra.

El doctor Gálvez con una de sus hijas
El doctor Gálvez con una de sus hijas

Su principal labor médica fue en el Hospital Civil, donde ingresó en 1893 y llegó a ejercer durante 58 años. En la memoria de los 3.000 documentos que serán entregados al Vaticano está, por ejemplo, las noches que durmió en el centro sanitario, entonces dedicado a los pobres, para poder atender a las enfermas que necesitaban de cuidados continuos o inmediatos. Llegó a registrar 150.000 visitas, según acreditan los libros de registro del centro sanitario. Uno de sus principales hitos ocurrió el 17 de julio de 1898. Había ingresado una mujer de 28 años llamada, según los registros, María González Gálvez. Tras morir esta, le practicó una cesárea «post-mortem» y nació una niña. A María del Carmen Enriqueta se le conoció como «la niña de la ciencia» al ser fruto de una de las primeras intervenciones de estas características que se hacían en España.

En 1923 fue nombrado director del Hospital Civil, cargo que interrumpió la Guerra Civil. Su actividad conllevó importantes mejoras en las comidas, material médico y el trato con los enfermos, como prueba el hecho que esperaba la llegada de los trenes que venían de los pueblos con retraso para que los enfermos pudieran ser atendidos. Según la documentación, instaló dos fuentes de agua a la entrada del hospital para que los aquejados se refrescaran y asearan antes de ser recibidos en la consulta. Su sueldo, como narra su biografía, lo dejaba para que lo entregasen a los ingresados más pobres. «Jamás permitió que una enferma careciera de algún medicamento, por caro que fuese», señalan los documentos para su beatificación, que reseñan cómo el doctor Gálvez curaba a los leprosos, que le llamaban «San José».

Contaba con el respaldo de la ciudad que le tuvo como alcalde tres años (1923-1926), precisamente abandonó la tarea política porque le estaba «alejando de su labor médica». Tras su cese, fue nombrado Alcalde Honorario de Málaga, resaltando el Cabildo que «puso toda su buena voluntad e inteligencia al servicio de los intereses de Málaga, sacrificándose moral y materialmente en el desempeño de su cargo». Un año después también cesaría como presidente del Colegio de Médicos, que presida desde 1921. Su altruismo en el auxilio a los heridos de la Guerra de Marruecos le valió la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco.

Fue arrestado dos veces por su falta de afiliación. El 10 de agosto de 1932 fue detenido por ser sospechoso de conspirar contra el régimen. Estuvo tres días en la cárcel. Su puesta en libertad fue conseguida por dos de aquellos agradecidos leprosos que amenazaron al Gobernador con salir todos los enfermos de lepra por las calles de Málaga. En 1936, recién estallada la Guerra Civil, una patrulla anarquista le llevó detenido. El tribunal le interrogó tildándolo de «burgués, que vivía a costa de la sangre de los pobres». Le preguntaron si trabajaba y contestó: «Más que todos vosotros, que seguramente habréis nacido en mis brazos a altas horas de la noche y después, al llegar el día, he continuado en el hospital curando las enfermedades de vuestras madres». La respuesta le valió la libertad.

«Durante la Guerra Civil auxilió a gente de ambos bandos. En su clínica refugió a sacerdotes perseguidos por los republicanos y también a personas hostigadas por el Franquismo», asegura Francisco García Villalobos, postulador de la beatificación, que resalta el cariño de Málaga por su figura. El 29 de abril de 1952 «la ciudad entera lloró su muerte». La gente proclamó que «se había muerto un santo».

El cardenal Herrera Oria dijo en la homilía de su entierro que «sigue, después de muerto, haciendo el bien a sus convecinos, porque el recuerdo de sus virtudes y la imagen perenne de su vida ejemplar e inmaculada son, para todos los malagueños, una exhortación constante a pasar por este mundo como pasó él». Aquel día sobre Málaga cayó un duro aguacero. El cielo descargó sus lágrimas por el hombre que es Cooperador Perpetuo de la Escuela Salesiana, cedió una finca propiedad de su esposa para ayudar a los niños vagabundos en las Escuelas Ave María y presidió la Adoración Nocturna durante la quema de iglesias del 11 y 12 de mayo de 1931.

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