Miguel Díaz, uno de los mártires, en el centro de la imagen
Miguel Díaz, uno de los mártires, en el centro de la imagen - ABC
RELIGIÓN

Málaga abre la canonización de sus mártires en el siglo XX

El Obispado inicia la causa de 214 represaliados por su fe en los meses previos a la Guerra Civil

MÁLAGAActualizado:

Isabel Piqueras Gómez fue asesinada el 24 de agosto de 1936 en Cañete la Real. Era maestra. Su vida acabó a los 33 años. Tras enterarse del asesinato de don Cándido, padre de su íntima amiga Josefa Gómez Briasco, fue junto con su madre a casa de esta para consolarla. Un grupo de milicianos, tras forzar la puerta, entraron y se llevaron a ambas amigas detenidas. Por el camino, trataron de abusar de ellas. Isabel fue testigo del asesinato a tiros de su compañera. Según la historia, más de treinta milicianos la condujeron a una cueva frente al cementerio y abusaron de ella hasta hacerle implorar la muerte. A las dos jóvenes las enterraron en una fosa. Su delito fue ser cristiana y no renunciar nunca a su fe. Es sólo uno de los 214 casos que el Obispado de Málaga presenta para su canonización este sábado en la Catedral de Málaga con 600 familiares.

Son los mártires del siglo XX, como Elisa López Lobelle, conocida como Sor Carmen del Niño Jesús. La religiosa se ofreció como víctima por la salvación de las almas y poco después fue detenida en las calles de Málaga, tras acompañar a otra religiosa enferma a su casa. Unos milicianos la pararon y dijeron: «Vamos con ésta que parece monja». A lo que ella respondió: «No lo parezco, sino que lo soy». La llevaron a la cárcel donde estuvo dos meses y cinco días sufriendo malos tratos. Fue sacada del calabozo el 24 de septiembre de 1936 y llevada al Camino de Suárez. Allí dijo: «Esperad un poco que voy a pedir por vosotros a Nuestro Señor para que os perdone, ya que no sabéis lo que hacéis». Se arrodilló, hizo su oración, y dijo a los verdugos: «Ya podéis tirar, doy gustosa mi vida por Dios y por la salvación de las almas. Vosotros no hacéis más que lo que os mandan». Los milicianos se alejaron, pero otros que no la habían oído la asesinaron. 

Las historias se suceden en una defensa clara de la fe. En un ejemplo de vida. Los mártires malagueños fueron un modelo de vida, algunas veces también tras muerte, donde reina la concordia. Es el caso del seminarista de 19 años Miguel Díaz Jiménez. Ejecutado por creer en Dios el 8 de noviembre de 1936 en El Burgo. Fue detenido en su casa de la Yunquera por vecinos del pueblo y un gran número de milicianos desconocidos. Fue llevado, junto a otros compañeros seminaristas, a El Burgo. En cuyas afueras fue torturado. Uno de los milicianos le hizo subir la cuesta del olivar de Taldarroba con él encaramado a sus espaldas, mientras le espoleaba como a un burro, a lo que respondía entonando una canción que decía: «¡Qué viva mi Cristo, que viva mi Rey!». Obligado a trillar con los pies descalzos brasas ardientes no sucumbió. Fue clavado con una bayoneta en el tronco de un olivo. Tras la agonía, fue rematado a tiros. Su familia atendió a su verdugo económicamente cuando se encontraba abandonado y despreciado por el pueblo.

El director del Departamento para la Causa de los Santos, Antonio Eloy Madueño, explica que el objetivo de la Causa de Beatificación es conservar el testimonio de los mártires como una respuesta a una situación difícil al estilo de Jesucristo. «Como dice San Pablo en su carta a los Efesios: Cristo es nuestra paz, quien trae la reconciliación por medio de la cruz, dando en sí mismo muerte a le enemistad», reseñó Madueño, que apuntó que «a la agresión, la respuesta de estas personas es el perdón, el amor».

Es el ejemplo de Alfonso Warner Bolín, que sobrevivió a su fallecimiento el 5 de agosto de 1936. Los milicianos entraron en su casa buscando a Carlos y Rafael Bayo, amigos de Alfonso y Carlos Werner Bolín. Don Leopoldo, su padre, no queriendo denunciarles, respondió que habían estado allí, pero que en ese momento no estaban. Entonces le dijeron que eso tendría que decirlo delante del comité. Don Leopoldo respondió que en su casa era él quien respondía de sus huéspedes, pero sus hijos Carlos y Alfonso replicaron que ellos declararían por su padre. Con lo cual, los milicianos se los llevaron a los tres. Antes de fusilarlos en Martiricos, don Leopoldo dijo a los milicianos: «Que Dios os perdone como os perdono yo y gritó ¡Viva Cristo Rey!».

Don Leopoldo alentaba a sus hijos a morir por Dios, de forma que un miliciano dijo: «Este viejo es muy valiente, no debemos matarlo». Otro lo rebatió: «Matémosle, porque es muy beato y tiene hijas que enseñan el catecismo». Al disparar, los tres cayeron, don Leopoldo y su hijo Carlos muertos, pero Alfonso, que solamente había sido herido, pudo arrastrarse y llegar al hospital. Al encontrar los sanitarios una estampa del Sagrado Corazón en su cartera, se negaron a curarle y le metieron en un calabozo donde estuvo veinte días hasta que murió. Su madre, Carmen Bolín de la Cámara, que con su hija Leonor consiguieron entrar a verlo, le preguntó: «Alfonso, hijo mío, ¿los perdonas?». El joven moribundo respondió: «¿Cómo lo puedes dudar? ¡Claro que sí, mamá!». Las historias se recogen en el libro «Mártires de Málaga» para dar difusión del paradigma de vida de los 214 propuestos para beatificación.