CULTURA

Saudade de Carminho en Málaga

La última gan fadista levanta las butacas del teatro Cervantes en una de las actuaciones estelares del festival Terral

Saudade de Carminho en Málaga
CRISTÓBAL VILLALOBOS Málaga - Actualizado: Guardado en: Andalucía Málaga

Dicen algunos que el fado nació hace siete siglos en las colinas del Castillo de San Jorge, cuando los árabes dominaban Lisboa, y que los quejidos sarracenos mutaron en ese melancólico y fatalista canto que tomó su forma definitiva en el siglo XIX, en las tabernas de Alfama, del Barrio Alto o de la Mouraria.

El fado es el cansancio del alma fuerte, escribió Pessoa, es la mirada de desprecio de Portugal al Dios que le abandonó, la expresión musical de un vocablo intraducible, una palabra en la que se resume toda una cultura: la saudade, algo así como la nostalgia de una felicidad pasada, la resignación del presente y la esperanza del futuro.

Es por eso que Amalia Rodrigues cantaba que el fado es amor, celos, ceniza y fuego, dolor y pecado. Todo es fado y Carminho, que este sábado se subió a las tablas del Teatro Cervantes de Málaga dentro del clásico ciclo Terral, es puro fado, leyéndose entre sus párpados entornados y los lamentos cálidos de su garganta el alma de todo un pueblo.

La última gran fadista que, desde Amalia, y tras Dulce Pontes o Mariza, llevan esta género musical fuera de Portugal.

Presentó en Málaga su gira «Canto», con la que ha recorrido su país natal, así como importantes plazas de Sudamérica, como Bogotá o Buenos Aires, y que le llevará posteriormente a Madrid, Barcelona y diversos puntos de la geografía europea, Bruselas o Ámsterdam, entre otras. «Canto» es el nombre de su tercer disco, una evolución de sus anteriores trabajos, «Fado», que fue disco de platino, y «Alma», con el que entró en el mercado brasileño, y con el que va más allá del fado para explorar otras músicas populares portuguesas como los «corinhos» del Algarve.

En el Cervantes alternó fados sentidos y trágicos con otros alegres y optimistas, pues ella misma se encargó de romper el mito con un «no soy una triste», que acompañó durante todo el concierto con guiños, sonrisas y miradas de complicidad a un público que llenó tres cuartas partes del teatro y que acabó rendido a los pies de la lisboeta.

En perfecta armonía con sus músicos (percusión, bajo, guitarra española y guitarra portuguesa), Carminho tiró de autenticidad con «As pedras da minha rua» o «Saudades do Brasil em Portugal», del poeta brasileño Vinicius de Moraes, y de magia con «Chuva no mar», que abrió un oasis de paz entre elecciones.

Con «Bom día, amor», inspirada en un texto de Fernando Pessoa, «nuestro Cervantes», la interprete volvió a ganarse al público al contar con gracia esta historia de amor y de esperanza inspirada en las calles de Lisboa, tras la que invitó a los asistentes a cantar con ella el estribillo de la bella canción.

Tras la vitalidad, volvió a parar el tiempo con su versión del tango «Garganta con arena», estrenada hace apenas un par de semanas en Buenos Aires. Antes de la genial interpretación, con la que demostró que es mucho más que una fadista, y que se hace necesario un disco en castellano, se acordó, por segunda vez en la noche, de Pablo Alborán, al que la artista agradeció el haberla convencido para cantar en español, tras el dueto de ambos, «Perdóname», que llevó al malagueño al número uno portugués durante muchas semanas en 2011.

Tras casi hora y media de concierto, prometió que volvería el año que viene, tras la súplica de un espectador, y se despidió con «Escivi teu nome o vento», pero el público, puesto en pie, no paró de aplaudir hasta conseguir que la lisboeta volviese al escenario.

Fue ahí cuando se produjo el momento más emocionante de la velada. Agradeció la fadista la energía de los malagueños y el silencio, que hizo del teatro una casa de fados, como la de la película «Fados», de Carlos Saura, en la que aparecía brevemente Carminho, o como la de su madre, en la que aprendió a cantar, con doce años, el fado tradicional que regalaría como «bis».

«As minhas penas», narró la portuguesa, juega con el doble sentido de la palabra «pena» que en portugués, a la vez que el mismo significado que en español, se refiere también a las plumas de las aves. «¿Por qué no vuelan mis penas al igual que las penas de los pájaros?» se preguntó Carminho, para alzar su micrófono a los pocos versos cantados, señal por la cual se cortó el sonido, para llenar con sus pulmones el teatro, mientras, entre verso y verso, el silencio del público, sobrecogedor, se hacía parte de la oración.

Se despidió, esta vez ya definitivamente, con la alegre «Saia Rodada», ante un público que sintió la saudade antes ya de terminar el concierto. A la salida, marcaba Quaresma y los lusos se clasificaban para cuartos en la prórroga. La melancolía, la resignación y la esperanza: Portugal.

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