Dos agentes de la Policía Nacional
Dos agentes de la Policía Nacional - ABC

Desaparecidos en Andalucía: más de 1.600 denuncias de personas que se esfumaron sin explicación

Cada año se registran más de 7.000 denuncias pero el 99% se resuelven. Otros casos son un enigma para los agentes y una tortura para sus familias

SEVILLAActualizado:

Josué Monge salió de su casa un Lunes Santo para encontrarse con un amigo y no se supo nada más de él. El rastro de este adolescente de 13 años se perdió en la localidad sevillana de Dos Hermanas. Era como si se lo hubiera tragado la tierra. A él y a la bicicleta que debería de haberle llevado a su cita. Lo más intrigante es que su padre se evaporó 14 días después, cuando las pesquisas lo señalaran como sospechoso. Desde aquel 10 de abril de 2006 que Josué empezó a dar pedaladas rumbo a un destino incierto, su madre no vive, no duerme, no se despega del teléfono esperando una llamada, una pista, un testimonio que aporte algo de luz a la investigación, un cabo suelto del que tirar para desenrollar el carretel de hilo.

La mayoría de las historias de desaparecidos empiezan de la misma manera. Con una persona que, de repente, un día se esfuma y una familia que queda a merced de un mar de dudas como un barco desarbolado a la deriva hasta que da con él. Si es que da. En España cada día se denuncian 57 desapariciones. Son 21.000 al año, según los últimos datos expuestos en un reciente foro sobre el papel de los ayuntamientos ante estos sucesos al que asistió en Sevilla el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido. De esas 21.000 denuncias, más de 7.000 se presentan al año en Andalucía.

Pese a que las cifras abruman, no hay motivo para alarmarse. El 99% de los casos se resuelven en cuestión de horas o en un par de días, aunque el desenlace no siempre sea el que hubiesen deseado sus parientes.

«Cuando uno desaparece lo normal es que haya un mal familiar de fondo: discusiones con padres o parejas, problemas con las drogas o con el juego, e infidelidades; también hay personas que se quieren quitar de en medio y dejan una nota de despedida a su familia, discapacitados y ancianos que sufren su primer brote de alzhéimer y se pierden», explica Guillermo Escudier, jefe del Grupo de Homicidios y Desaparec idos de la Policía Nacional en Sevilla.

¿Qué sucede con el 1% restante? Estos «expedientes X» se alojan durante meses o incluso años, a la espera de su resolución, en el registro de Personas Desaparecidas y Restos Humanos (PDyRH), que se alimenta a diario con nuevos nombres en paradero desconocido. De las 121.118 denuncias registradas a nivel nacional hasta el 4 de enero de 2007 (los datos anteriores a 2010 no se computan), siguen «vivas» o activas 4.164. El resto, son personas que aparecen de una o de otra forma.

Centros de menores

En Andalucía, según el último Informe sobre Personas Desaparecidas publicado por Interior, hasta el 4 de enero de 2017 las autoridades estaban buscando a 1.676 personas. El 80% eran menores (1.339). Pero conviene tomarse con cautela este dato. «Más de la mitad son niños, inmigrantes en su mayoría, que se fugan de centros de acogida y de reforma, y que tienden a escaparse», matiza el sargento Diego Quintero, que dirige el equipo de Homicidios y Desaparecidos de la Guardia Civil de Sevilla.

La suya es una carrera contra el reloj en la que las primeras horas son decisivas, sobre todo cuando se trata de desaparecidos «de alto riesgo». En Andalucía sólo hay 43 casos de este tipo. Son menores y adultos con alguna desventaja física o mental, mujeres víctimas de maltrato o mayores de edad que se marchan dejándose atrás el móvil y la documentación, que indican que su marcha no ha sido voluntaria. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad peinan palmo por palmo el escenario donde se perdió su pista. Trabajan con el apoyo de voluntarios, Protección Civil y entidades como SOS Desaparecidos o la fundación QSD Global.

El PDyRH funciona como una base de datos centralizada que recoge información puntual de cada persona y datos genéticos de los restos humanos hallados, al objeto de cruzar el ADN para identificarlos. «Los cadáveres sin identificar son también desaparecidos», aclara Escudier.

Este protocolo se instauró en 2009 tras la pérdida de Marta del Castillo. Su desaparición resultó ser un asesinato, pero nueve años después su cuerpo no ha aparecido, atrapado en la red de mentiras y medias verdades que tejieron sus protagonistas. Supuso un antes y un después en la respuesta ante estos sumarios envueltos de misterio.

Sistema de alertas

Cuando un familiar denuncia una desaparición, se emite un señalamiento. Todos los casos están judicializados y los cuerpos de seguridad, interconectados. De modo que si una unidad de la Guardia Civil de Sevilla incorpora una nueva denuncia al sistema, de modo automático la información puede ser consultada por otra unidad de los Mossos d’Esquadra de Gerona, por ejemplo. La alerta llega a todo el Espacio Schengen. «Si se aloja en un hotel o si va a un hospital de la UE, las alertas saltan», detalla el inspector de la Policía. Hace años tenían que pasar 24 ó 48 horas para denunciar. «Eso ya sólo pasa en las películas; ahora la investigación se pone en marcha desde que se denuncia la falta sospechosa de alguien», aclara Diego Quintero.

La experiencia y el olfato actúan como las mejores brújulas para expertos como él y Escudier. Tienen una intuición a prueba de pérdidas que a veces les permite saber de antemano qué ha pasado en el primer intercambio de impresiones con el denunciante.

Ese cara a cara con el familiar es el primer filtro. «Tienes que descubrir qué mueve a esa persona y reconstruir sus últimas horas. A veces no quiere ser encontrada y si es mayor de edad hay que respetar su voluntad», afirma Guillermo Escudier. Al sargento Quintero la intuición pocas veces le falla: «Recuerdo cuando se difundió el bulo por el sur de la provincia de Sevilla de que estaban intentando secuestrar a unas niñas introduciéndolas en una furgoneta. Fuimos allí, hablamos con ellas y vimos que había muchas contradicciones». El rumor se diluyó tan veloz como se había propagado.

Pero la denuncia no siempre queda en agua de borrajas. El gran almacén informático está plagado de desapariciones inquietantes y de familias sumidas en una incertidumbre eterna. Como la de Amy Fitzpatrick, una joven irlandesa de 15 años que el día de Año Nuevo dejó la vivienda de su amiga en Mijas para ir a su casa a través de una carretera con escasa iluminación. No le anda a la zaga el caso de Paco Molina, que estudiaba cuarto de la ESO cuando se subió en su autobús en Córdoba rumbo a Madrid en julio de 2015. Sólo llevaba 4 euros en el bolsillo. Sus padres aún lo esperan.

Pero para desconcertante lo que le pasó a David Guerrero, el niño pintor de Málaga, que salió de su casa el 6 de abril de 1987 camino de la academia y no volvió a ser visto. Con todo el dolor de su corazón, su madre ha tenido que pedir que se declarara su muerte oficial para tramitar la herencia del padre fallecido.

Las familias de los desaparecidos luchan para que no caiga sobre ellos la losa del olvido. Los agentes especializados tampoco desfallecen en su búsqueda. «Mientras no aparezca, no dejamos ningún caso».