La bandera de Blas Infante presidió la manifestación del 4 de diciembre de 1977 en Sevilla
CUARENTA AÑOS DE LAS HISTÓRICAS MANIFESTACIONES

El regreso al futuro que prometía el 4D en Andalucía

Hace cuarenta años se produjo una explosión que se llevó por delante la imagen de la Andalucía sumisa y perezosa

SEVILLAActualizado:

Era domingo, y las calles resplandecían. Para describir aquel 4 de diciembre de 1977 habría que echar mano de la Física. Mejor eso que enredarse en postulados políticos o filosóficos, en teorías sociológicas o en debates históricos. Lo que sucedió aquella mañana fue un estallido, una explosión. El Big Bang de la Andalucía contemporánea. Andalucía, la que divierte como cantaba Pepe Suero, explotó de pronto y consiguió que ese fenómeno cósmico se transmitiera instantáneamente al resto de España. Aquel Big Bang no se lo esperaba nadie. Ni siquiera los convocantes de las manifestaciones, que preveían un apoyo mucho menor. Fue una auténtica avalancha lo que se produjo en las calles y avenidas de las ciudades repletas de banderas verdes y blancas. La blanca y verde que cantaba Carlos Cano, uno de los sufridores del olvido que vendría luego.

Para que se produjera aquella explosión era necesaria la alta densidad de andalucismo que se había ido acumulando en los primeros años de la Transición. El motivo era doble. Por un lado, el subdesarrollo que sufría la inmensa mayoría del pueblo andaluz, acentuado en las zonas rurales, donde los jornaleros subsistían como podían. Mientras, vascos y catalanes se conjuraban contra el Estado postfranquista para aprovechar la debilidad del mismo y sacar tajada con las autonomías que querían reservarse para ellos.

Además, el centralismo provocó un sentimiento de agravio que se cifraba en unos argumentos que se esgrimían con toda la fuerza del resentimiento: el dinero de los andaluces se iba a Madrid. El dinero del campo no se quedaba aquí, sino que se marchaba a otros lares. O eso se decía. Esa presunta descapitalización de Andalucía, propiciada desde la capital de España, enfurecía a los más autonomistas, y fue una de las claves que más influyó en el resurgimiento de un andalucismo que tuvo cierta fuerza durante la II República gracias a la figura de Blas Infante, y que estaba arrumbado tras 40 años de dictadura centralista.

La explosión se llevó por delante la imagen de la Andalucía sumisa y perezosa que había dibujado, entre otros, el mismísimo Ortega y Gasset. El pueblo andaluz se levantó, como reza el himno que por entonces se recuperó, y salió a la calle. El asesinato, aún no esclarecido, del joven García Caparrós en Málaga tiñó de sangre y luto la jornada. Ahora quieren recuperar su figura los que la olvidaron durante tantos años. Ahora, cuando todo aquello regresa para demostrar que Heráclito no tenía toda la razón, y que nos bañamos más de una vez en el mismo río, o sea, en el Guadalquivir que se erigió en uno de los rasgos dominantes de las señas de identidad que trajo la recuperación del andalucismo que al principio se ciñó a las siglas del PSA. Cuando se vio que podría ser electoralmente rentable, otros se apuntaron al carro. Empezando por el muy jacobino PSOE.

A partir de aquel 4-D ya nada sería igual. Se puso en marcha algo intangible, algo que va más allá de leyes y decretos, de números de tres cifras y artículos de la Constitución que todavía estaba sin redactar. Ese algo era el orgullo de ser andaluz, el ajuste de cuentas con la idea de pueblo inculto y sometido que se había forjado y sedimentado durante tantos años de silencio y postración. Solo así se entiende que Andalucía tomara el tortuoso camino del 151 que nos llevaría al 28 de febrero de 1980. Esos dos años largos supusieron un cambio en la mentalidad de los andaluces. No queríamos ser menos que nadie, empezando por los vascos y catalanes que habían conseguido el reconocimiento de una autonomía por la que no tuvieron que luchar tras la caída del franquismo.

Con el tiempo se oficializó aquel sentimiento surgido del pueblo, y la Junta de Andalucía monopolizó ese caudal para convertirlo en su gran aval. Tras el 28-F se produjo una fusión o una confusión entre Andalucía, la Junta y el PSOE. Todo era lo mismo. El socialismo era la ideología natural de los andaluces. Curiosamente se produjo lo contrario de lo que se quería conseguir: un nacionalismo en el que la seña de identidad era ser del PSOE. Anulado el PSA y reducido a escombros el PCE, castigada la derecha por la actitud de la UCD en el referéndum del 28-F, los socialistas jugaron sus cartas con maestría política. Nos hicieron creer que la derecha andaluza no quería la autonomía plena cuando ellos también estuvieron por la labor de la España de las dos velocidades que dejaron escrita en la Constitución. El café para todos, no se olvide, fue idea de Clavero. Y le costó la dimisión. Pero la hábil jugada del PSOE, desmarcándose de sí mismo y enarbolando como propia la verde y blanca de Carlos Cano, condenado al ostracismo por su rebeldía cívica, es digna de figurar en los manuales del partidismo político.

Ahora se quiere resucitar aquel 4-D que nunca le hizo gracia al Régimen, concepto que recoge el profesor Cuenca Toribio en su Historia General de Andalucía. Por eso lo enterraron en el olvido y dejaron de celebrarlo. No era plan de que la gente, antes el pueblo, piense que con su acción puede cambiar las cosas. El PSOE ha ejercido durante este tiempo un protectorado sobre la inmensa mayoría de la sociedad andaluza. He aquí el reverso de aquella manifestación popular que no estaba dirigida por nadie. Ahora es al revés. Casi todo está controlado por la Junta y sus satélites. Desde la economía hasta la cultura. Esa Junta es una especie de madre que cuida por los andaluces que no encuentran trabajo, en lugar de favorecer las condiciones para el progreso económico que dejaría al PSOE sin su red clientelar. He aquí la gran paradoja de esta autonomía que ha conseguido, como es evidente, sacar a Andalucía del subdesarrollo en el que se encontraba sumida aquel 4-D, pero que no ha querido situarla en la vanguardia de las sociedades libres donde cada uno obtiene el premio de su talento y su trabajo sin que haya ninguna administración por medio.

Este sistema se implantó definitivamente con la llegada de Chaves para abrir la década de los 90, candidato a palos que nombró Felipe González para controlar Andalucía desde Madrid: nada nuevo bajo el sol. Escuredo se lo creyó y lo echaron. A Borbolla le pasó tres cuartos de lo mismo cuando impulsó la autonomía desde dentro, y Alfonso Guerra se encargó de trazar la raya que lo dejaba fuera. Con Chaves llegó el Régimen, y con él, las campañas de propaganda como aquella de la Segunda Modernización. O la reforma de un estatuto que sirvió para tapar las vergüenzas que provocaba Maragall en el seno del socialismo español. Más tarde aparecerían las puntas del iceberg que mantiene firme el sistema clientelar: ERES, cursos de formación, Invercaria… En cuanto al paro, seguimos igual que entonces. La reforma agraria se quedó en la rentabilidad electoralista de los subsidios.

Estamos mejor que aquel 4-D, pero tenemos la sensación de que hemos perdido muchas oportunidades en el camino, que el dinero que ha recibido Andalucía de Europa no ha servido para crear estructuras productivas, sino para el reparto que tanto nos recuerda al caciquismo que ha cambiado de piel, que no de osamenta. Y en cuanto a la clave de la fecha, ahí sigue. Viva. Coleando. Volvemos a la casilla de salida. Andalucía vuelve a liderar, o eso pretende su presidenta, la idea de la igualdad de todos los pueblos y las tierras de España, como decía el otro. No en vano, hoy se cumple el 125 aniversario del nacimiento de Franco, que gobernó durante 40 años. Está claro que las casualidades las carga el diablo.