DESPEÑAPERROS
LLUVIA ÁCIDA

DESPEÑAPERROS

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España acepta la culpa que le han inventado y ansía que le digan qué debe hacer para su rehabilitación

ESTE verano, durante el zafarrancho patriótico en Gibraltar, que ha desaparecido de la actualidad al mismo tiempo que los abanicos de Locomía y los diez mejores chiringuitos de la temporada, fueron mal recibidas por la hinchada algunas sugerencias al Gobierno de que volcara semejante energía en determinados ámbitos interiores. El Gobierno fabricó un «enemigo necesario» con el que superar la permanente coacción de Bárcenas y mostrar músculo. Que éste fuera un Picardo, y no un Orange o un Nelson, revela que tampoco estamos para grandes hazañas, por más que hubiera gritos de alarma en la cofa al paso ya previsto de algún buque de guerra británico: «Látigo y sodomía».

En aquellos días, el ministro Margallo se hizo fotografiar en la cubierta de un coqueto yate, enhiesto junto a la bandera, a tan sólo una peluca del almirante Churruca. Incluso aportó avales dinásticos que se remontaban a Annual y al regimiento Alcántara. El único detalle que se le escapó fue convocar a los periodistas para que lo vieran encender un fósforo rozándolo con el mentón.

El Estado está siendo ahora examinado por uno de esos ámbitos interiores en los que hay muchos más motivos de preocupación, y más compromiso para el futuro, que en Picardo. Y la actuación del ministro Margallo obliga a utilizar una vez más aquella frase memorable, que tanto le gusta a Ruiz Quintano, del mozo de estoques procedente de Sevilla al que la locomotora bufó en el andén de Atocha: «Esos cojones, en Despeñaperros».

Más allá de que se trate de un ministro de Exteriores dando trato bilateral a los independentistas, su reflexión contiene el hábito de las últimas décadas de ir resolviendo con concesiones de corto plazo cada uno de los embates cíclicos del nacionalismo. Sólo que, esta vez, es diferente, porque todo ha llegado demasiado lejos como para pensar que se apañará con otra componenda de la política profesional. España, que no se ha sacudido el complejo de culpa del franquismo, ni ha incorporado a la izquierda a una identificación nacional, carece de un relato que oponer a ese otro tan sentimental en el que Ignacio Camacho ha detectado la importancia fotogénica del «Factor Wallace». Eso conduce a una sensación de inferioridad moral, muy presente en la rendición de Margallo, por la que uno tiende a creerse turbio si no es comprensivo con la búsqueda de su destino manifiesto por parte de un movimiento que sabe cómo crearse una imagen de victimismo y pureza (sin ni siquiera recurrir a Luther King). Esta amalgama de complejos, a la que agravan rebrotes residuales como el de Blanquerna, induce a hacerse perdonar acatando el listado de agravios y de fantasías históricas cursado por el independentismo. Así, de pronto, España acepta la culpa que le han inventado y ansía que le digan qué debe hacer para su rehabilitación. De entrada, solucionar con nuevos «encajes» un problema con el que se hizo la picha un lío un líder mediocre al que la intención de robar una masa que no le pertenecía volvió mesiánico. Después, dejar a la intemperie, desprovistos hasta del reconocimiento de su existencia, hasta de una compensación intelectual de la presunción de perfidia unionista, a todos esos catalanes que no encajan en el retrato-robot colectivo pergeñado por los medios orgánicos. Cada día admiro más a Albert Rivera, en su Masada, inmune a las docilidades de Tío Tom que han masacrado otras siglas cuyos militantes sólo aspiran a salir a la calle sin sentirse extranjeros como los de Camus.