Córdoba

LA AUDIENCIA NO JUSTIFICA LOS MEDIOS

Día 03/12/2013
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Más por necesidad que por virtud, en este caso no se ha cometido la adulteración del derecho a informar emitiendo declaraciones y entrevistas con Miguel Ricart

COMO si el tiempo no hubiera pasado ni enseñado nada, la excarcelación de Miguel Ricart, uno de los asesinos de las tres jóvenes de Alcácer, ha puesto a los medios de comunicación, mejor dicho, a determinadas cadenas de televisión, de nuevo en el centro de una polémica sobre los límites éticos a la información. El caso Alcácer fue, hace muchos años, el detonante de lo que luego se generalizó como «juicio paralelo» y de la crónica morbosa de crímenes conmocionantes. Desde entonces, y bajo la excusa de una aparente y legítima actividad informativa, comenzó una carrera entre medios televisivos para ver cuál de ellos ofrecía a la audiencia la dosis más alta de morbo. Con el argumento de que era el público el que decidía, se disculpaba la ausencia de límites, hasta que el boicot a las marcas patrocinadoras empezó a producir un efecto que no lograron la autorregulación ni la deontología profesional.

Cabe pensar, porque es la explicación más lógica, que ha sido el temor a un impacto económico negativo el que ha llevado a determinadas cadenas de televisión a no emitir declaraciones ni entrevistas con Miguel Ricart. Desde que puso el pie en la calle, el asesino de Alcácer fue objeto de seguimiento continuo por medios de comunicación, algunos de los cuales no perseguían cubrir informativamente un hecho objetivamente de interés para la opinión pública, sino convertirlo en foco de atracción mediática para los próximos días. Más por necesidad que por virtud en este caso, finalmente no se ha cometido semejante adulteración del derecho a informar, ni se ha perpetrado un ofensa contra las víctimas, que habría sido incalificable.

Los medios de comunicación en España hemos estado siempre dispuestos a reaccionar contra cualquier intento legislativo de limitar preventivamente nuestro derecho a informar y el derecho de los ciudadanos a ser informados. Nuestra réplica ha sido el compromiso de la autorregulación, que si no se basa en un compromiso con la ética profesional y la moral pública de una sociedad democrática, acaba convertida en un eslogan sometido a la cuenta de resultados del medio.

Es muy probable que una entrevista con Miguel Ricart tenga un gran éxito de audiencia. Pero que en una parte de la sociedad exista esa tendencia visceral e instintiva no justifica el desistimiento por los medios del respeto a los valores que están en juego para una amplísima mayoría de ciudadanos, doloridos y ofendidos con la puesta en libertad de unos violadores y asesinos cuya excarcelación, seguida de un repulsivo protagonismo televisivo, podría generar peligrosos –y nada improbables– efectos de imitación.

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