Ricardo Molina, alma de «Cántico»
Ricardo Molina (en el centro) junto a Juan Bernier y Pablo García Baena - R. MERCURIO
CULTURA

Ricardo Molina, alma de «Cántico»

Se cumplen 46 años de su temprana muerte

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Ricardo Molina Tenor, poeta del «Grupo Cántico» había nacido en Puente Genil, pero en 1925, con solo 8 años de edad, su familia se trasladó a Córdoba. Este 23 de enero se cumplen 46 años de su muerte a la temprana edad de 51 años.

Aquí se desarrolló su vida, y más concretamente en la casa número 26 de la calle Lineros, donde un artístico azulejo lo recuerda desde el décimo aniversario de su muerte.

Molina se licenció en Historia en 1941 y comenzó a dar clase en las academias cordobesas Hispana y Espinar y, desde 1966, en el Instituto Provincial, al tiempo que trababa amistad con Juan Bernier y Pablo García Baena, con quienes formaría la mejor generación de poetas cordobeses.

En 1947 se funda la revista «Cántico», de la que él, con su gran personalidad, se convertiría en alma.

Entre sus libros de poemas hay que destacar «Elegías de Sandua», «Corimbo», que ganó el Premio Adonais en 1949, «La casa» y «A la luz de cada día».

Su obra se caracteriza por una fuerte interiorización de la naturaleza, un sensualismo vital y el arraigado amor a su tierra.

Siempre vivió en Córdoba dedicado a la enseñanza, la creación literaria y el afán de indagación en los cantes de la tierra.

Fue Ricardo Molina quien, a partir de leer el libro «Flamencología», de Anselmo González, tuvo la idea de la creación del Concurso Nacional de Arte Flamenco en Córdoba, que compartió con el alcalde Antonio Cruz Conde, convirtiéndola en realidad en 1956.

Ricardo Molina conoció y amó Córdoba. En 1962 escribió «Córdoba en sus plazas», editado por el Ayuntamiento, y en él señalaba que los cuatro rasgos urbanos peculiares de la ciudad son los patios, las torres de sus murallas e iglesias, los Triunfos de San Rafael y las plazas.

De éstas decía: «Córdoba es ciudad de callejas y plazas recónditas, ungidas por aroma de limoneros y silencio de siglos; callejas encaladas o doradas, limpias, fragantes, partidas por la sombra y el sol en violento contraste de luces».

En otro de sus libros sobre Córdoba, redactó este preciso diagnóstico sobre la esencia de la ciudad:«Hay ciudades que se agotan en su cuerpo. Otras, al contrario, diríase en constante trascendencia de sí mismas: la materia es signo en ellas de ingrávida alma; parecen hechas de sentimiento, de poesía, de nostalgia; ciudades por las que circula un alma casi visible, palpable, que se adentra en ti y se funde a tu vida en un instante, creando en el más recóndito vergel de tu conciencia, la flor del perdurable recuerdo.

A este grupo de ciudades pertenece Córdoba. Hay que aprender a ver Córdoba. Quieres verla, vivirla, sentirla, hacerla tuya. Córdoba, sin rehusarse, se recata. No se entrega así, de pronto».