PRIMERA PLANA

UNA JUNTA NADA LAICA

BALTASAR LÓPEZ - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Querer quitarle a su dueña la Mezquita-Catedral es la antítesis de lo que debe ser la relación de respeto mutuo entre religiones y cualquier Administración

Asistimos al nacimiento de un nuevo culto más sorprendente que el de la Iglesia Maradoniana. Miles de personas defienden que el Cabildo Catedralicio es el descendiente del «okupa antecessor» y que lleva ocho siglos asentado sobre el principal templo de la ciudad sin derecho alguno. Para ellos, poco menos que el clero se le coló en el siglo XIII a Fernando III, tras reconquistar la ciudad, en la Mezquita que se levantaba sobre lo que fue la basílica de San Vicente Mártir, y ya no hubo rey posterior que lo sacara de allí. Los practicantes de esta desconcertante religión se han puesto un nombre eso sí muy molón —plataforma «Salvemos la Mezquita-Catedral»—, de esos a los que es difícil no adherirse, porque te da la sensación que, de no sumarte, dejas que se caiga o algo.

Su biblia tiene un mandamiento: «Pedirás, por encima de todas las cosas, que la Mezquita-Catedral sea pública». Y por encima de todas las cosas es literal. Porque las más de 80.000 personas que han echado su firma virtual, en una plataforma en internet, con semejante demanda han decidido que su voluntarismo pesa más que la historia —ocho siglos lleva la Iglesia católica gestionando y conservando esta joya monumental, aunque los rubricantes no le darán ni las gracias— y que la legalidad —el ordenamiento jurídico y abundante documentación avalan que es su única propietaria—. Negar la realidad no es una buena filosofía para estructurar una comunidad ni religiosa ni laica, que, entiendo, es lo que aseguran ser muchos de los miembros de este nuevo culto. Pero son particulares y están en su derecho de hacer lo que deseen.

Ahora bien, lo que es de pecado capital es que la Junta obvie la legalidad existente —no sólo debe elaborar normas, sino vigilar su cumplimiento— y se sume a esa confusa procesión. De todas formas, la firmeza de su postura la evidencia el que haya encargado el informe sobre si puede reclamar la titularidad pública del monumento ahora cuando pudo hacerlo desde 2006. La avaricia la lleva a actuar así, porque olisquea réditos electorales. Además, la ira la empuja a abalanzarse sobre la Iglesia cordobesa como si aún tuviera pendiente cuentas con ella desde que ésta rechazó la fusión de su caja (Cajasur) con Unicaja para crear la gran entidad de ahorro andaluza.

No quiero ni pensar que en 2006 el Ejecutivo autonómico dejó pasar la oportunidad de pedir el informe de marras porque le interesó. Porque entonces sus representantes o los de la Diputación, que también controlaba el PSOE, se sentaban en la caja de ahorros de los curas. Áquella era una extraña forma de separar religión y Estado. Ahora, la Junta se ha ido al otro extremo. Pero esto que práctica tampoco es laicismo, por mucho que presuma de él. Querer quitarle a su dueña la Mezquita-Catedral es la antítesis de lo que debe ser la relación de respeto mutuo entre cualquier Administración y las distintas religiones.

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