Cultura - Arte

Andy Warhol, la cadena de montaje del pop art

Una completa retrospectiva desmenuza en Caixaforum Barcelona el legado y la evolución del gran icono del arte contemporáneo

Un visitante contempla la célebre serie dedicada a las sopas Campbell's
Un visitante contempla la célebre serie dedicada a las sopas Campbell's - EFE
DAVID MORÁN Barcelona - Actualizado: Guardado en: Cultura Arte

Quiso ser una máquina, una cadena de montaje en la que arte y consumo se fundieran en un mismo cuerpo para llenar el inmenso vacío que arrastraba la América de posguerra. Poco importaba que el marco se ajustase al rostro de una celebridad de Hollywood, a los prosaicos estantes de un supermercado o los travestis que deambulaban por la calle 42: la repetición exhaustiva, el retrato meticuloso y la fascinación por la cultura americana fueron los cimientos sobre los que edificó esos quince minutos de fama que, al final, han acabado por convertirse en unas cuantas décadas de celebridad ininterrumpida y brochazos de pintura salpicando a prácticamente todas la expresiones de la cultura popular.

Con semejantes credenciales, no extraña que, treinta años después de su muerte, Andy Warhol (Pittsburgh, 1928-Nueva York, 1987) siga siendo un reclamo inmejorable para electrificar temporadas artísticas y un ejemplo de primera de lo que ocurre cuando arte y negocio se encaman despreocupadamente. «Warhol no entiende el arte al margen del consumo. Además de artista, fue un buen empresario», subraya José Lebrero, comisario de la completa y ambiciosa retrospectiva que desmenuza en Caixaforum Barcelona la obra del artista estadounidense y explora su transformación en icono pop.

Un visitante recorre la exposición dedicada a Warhol
Un visitante recorre la exposición dedicada a Warhol- EFE

La muestra, organizada en colaboración con el Museo Picasso de Málaga, no se conforma con el atracón de obras emblemáticas y la sucesión de latas de sopa Campbell’s, retratos de Marilyn Monroe, botellas de Coca-Cola y paquetes de Brillo, por lo que se sirve de 352 piezas para ahondar en las ramificaciones de su propia obra. Así, además de un inmenso «Mao» de 1973 o de la impactante serie de diez retratos multicolor de Marilyn Monroe que preside una de las salas, «Andy Warhol. El arte mecánico» abre plano para abarcar escultura, póster, libros, serigrafías, instalaciones audiovisuales, portadas de discos y experimentos cinematográficos.

Múltiples formatos para un artista que, subraya Lebrero, «está pintando el retrato de América» y desgajando la naturaleza cambiante de su tiempo ya sea con sus portadas para la Velvet Underground y The Rolling Stones -las originales, con la banana despegable y la cremallera retráctil-;sus obras de protesta contra la pena de muerte y la violencia -ahí están el gigantesco revólver de 1981 y la explícita «Big Electric Chair» de 1967-;y sus retratos de Jackie Kennedy justo después del asesinato de su marido. «Está el glamour, la tragedia y el consumo, sí, pero también la complejidad de la sociedad americana», confirma Patrick Moore, director del Andy Warhol Museum de Pittsburgh, uno de los principales prestadores de la exposición.

Vista de los retratos de Marilyn Monroe que presiden una de las salas
Vista de los retratos de Marilyn Monroe que presiden una de las salas- Efe

Warhol, apunta Lebrero, «aporta la interpretación de la cultura de su tiempo», algo que puede verse en sus cubiertas imposibles para Paul Anka, John Lennon o Miguel Bosé, sí, pero también en «Silver Clouds», una instalación de nubes plateadas creadas con un material experimental de la NASA, y en el recuerdo -habitación multimedia incluida- de los «Exploding Plastic Inevitable», happenings artísticos organizados a mediados de los sesenta en la Silver Factory y amenizados por las estridencias y disonancias de The Velvet Underground.

Antes de eso también estuvo el Warhol ilustrador y publicista;el joven enfermizo que aterrizó en 1949 en Nueva York y empezó a trabajar diseñando cubiertas de libros o ideando felicitaciones navideñas para Tiffany’s, pero ya entonces quedaba claro que las obsesiones estaban ahí, esperando el momento oportuno para salir a luz. Ahí está, sin ir más lejos, un primer esbozo de la latas Campbell’s fechado en 1952 que anticipa lo que una década más tarde será el abrazo definitivo entre arte y consumo. «Se consideraba un emprendedor que exploraba los negocios, pero también la espiritualidad», apunta Lebrero.

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