El artista plástico Fernando de Szyszlo
El artista plástico Fernando de Szyszlo - EFE

Muere Fernando de Szyszlo, gran exponente del arte abstracto en Latinoamérica

El peruano, de 92 años, murió junto con su esposa en un aparente accidente doméstico

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La noticia de la trágica muerte, en su Lima natal, de Fernando de Szyszlo, y de su segunda mujer, Liliána Yábar, nos llena de tristeza. Szyszlo, hijo de padre polaco, científico y fotógrafo, explorador y extravagante, y de madre limeña, es uno de los grandes que Perú ha dado al siglo XX. Pintor entre poetas, en 1947, época en que estudiaba Arquitectura, carrera que abandonaría, fue uno de los fundadores de la Agrupación Espacio, la primera plataforma de la abstracción peruana, y uno de los miembros del comité de redacción de la excelente revista «Las Moradas», dirigida por Emilio Adolfo Westphalen.

Amigo de este último, y de Xavier Abril, de Arguedas, de Eielson, de César Moro (a ambos les gustaban mucho Bonnard y Proust, lo cual situaba al pintor y al autor de «La tortuga ecuestre», lejos del surrealismo ortodoxo en el cual el segundo había militado un tiempo), de Sologuren o de Sebastián Salazar Bondy, frecuentó la Peña Pancho Fierro. A través de Ruth Stephan, impulsora de la revista neoyorquina «The Tiger’s Eye», pronto conectó con el expresionismo abstracto norteamericano. Tampoco olvidemos la conexión española: Szyszlo apreciaba mucho a Corpus Barga, periodista y narrador madrileño exiliado allá, y conoció a otros españoles de paso, como León Felipe, o Alberti.

En 1949 Szyszlo se casó con Blanca Varela, una de las grandes voces de la poesía en español de su tiempo, y ese mismo día ambos marcharon a París, donde residieron hasta 1955. En sus memorias, «La vida sin dueño» (2016), el pintor habla largo y tendido de algunas de las grandes figuras a las que frecuentó en París, tanto europeos (Breton, el poeta-pintor Henri Michaux, Hartung, el poeta catalán Palau i Fabre) como otros procedentes del Nuevo Mundo, así su compatriota Julio Ramón Ribeyro, Wifredo Lam, Matta, Tamayo, Cortázar, y Octavio Paz, que de todos ellos es el que más le marcó, también políticamente…

Tradición prehispánica

La pintura de Szyszlo, y también sus tentativas escultóricas, se inscriben en la tradición prehispánica. Ecos de la arquitectura, de la cerámica, de las telas incas. También es posible detectar en sus cuadros, a veces titulados en quechua, huellas del grandioso paisaje americano, y especialmente del desierto del Sur de Perú. Pero nada en él del viejo indigenismo. Estamos ante una pintura profundamente moderna, cuyo autor conoce el legado de Klee o Miró, las enseñanzas de Torres-García, la lección del sublime Rothko, al cual llegó a conocer. No tiene nada de extraño, en ese sentido, que la mejor monografía sobre su obra la escribiera Dore Ashton. Unas veces sombríos, e iluminados por el sol negro de la melancolía, y otras deslumbrantes de rosas o azules, sus cuadros a menudo se apoyan en pretextos poéticos, tomados de Saint-John-Perse, de Beckett, del mencionado Westphalen…

En 1990, Szyszlo fue el principal cómplice de su gran amigo Mario Vargas Llosa en su tentativa de alcanzar la presidencia de la República al frente del Movimiento Libertad. El año pasado, cuando el narrador presentó, en el Cervantes de París, los dos volúmenes de sus Obras Completas de La Pléiade, el pintor nos fascinó evocando aquella aventura, con energía, detalles exactos, y mucho humor. Este mismo año, esa misma sede del Instituto acogió una exposición de su obra. En el marco de la misma, Jorge Edwards y otros de sus amigos presentaron la Ruta Cervantes que le está dedicada, y que encabeza una frase suya sobre la Ciudad Luz: «¿Quién no quisiera quedarse aquí para siempre?».

En sus memorias, Szyszlo habla mucho de la muerte. «Tengo una lista de todos mis muertos». Y también: «Siempre me ha preocupado la muerte». Esto, casi al final del libro. Casi al principio, declara su amor al gris Pacífico limeño, asociado también a la muerte, en este caso al esparcimiento de las cenizas de su hijo Lorenzo, fallecido en 1996 en un accidente aéreo. Estremecedor resulta releerle, en este día del punto final.

JUAN MANUEL BONET ES DIRECTOR DEL INSTITUTO CERVANTES