Ajuste de letras Escritores drogadictos

No es que los escritores se droguen más que otros gremios. Es que nadie puede describir mejor la sed

Una de las ilustraciones del libro «Drogadictos»
Una de las ilustraciones del libro «Drogadictos» - Jean-François Martin

Llevaba un vaso vacío en la mano cuando llamó a la puerta de la habitación 240 del hotel Iowa House. «Disculpa. Soy John Cheever. ¿Podrías prestarme un poco de whisky?», dijo. El escritor de Massachusetts, que entonces tenía 61 años, se alojaba en la planta de arriba. Estaba en Iowa porque ese semestre impartía clases en la universidad, con la esperanza de recuperarse de su alcoholismo.

Raymond Carver abrió la puerta y le tendió su botella. Todavía no era aquel autor que revolucionaría el género del cuento. La noche en que se conocieron, el 30 de agosto de 1973, Cheever y Carver estaban sedientos.

Aquella copa, que Cheever bebió sin hielo que rebajara los grados, fue la primera de las muchas que tomaron juntos aquel año, según cuenta Olivia Laing en «El viaje a Echo Spring» (Ático de los libros, 2016). «No hacíamos más que beber —recordó Carver—. Quiero decir, cumplíamos con la obligación de dar nuestras clases, por así decirlo, pero estábamos allí todo el tiempo… No creo que ninguno de los dos llegáramos a quitar la funda a nuestras máquinas de escribir».

Cheever. Carver. Son dos de los grandes nombres de la literatura destrozados por el alcohol. Ernest Hemingway. William Faulkner. John Steinbeck. Sinclair Lewis. Eugene O’Neill. Varios de los premios Nobel estadounidenses eran alcohólicos.

¿Por qué bebe un escritor?

Para John Berryman, «la bebida era un estabilizador», escribió Saul Bellow, «de algún modo, reducía la letal intensidad» que le producía escribir: «La inspiración contenía una amenaza de muerte. Mientras escribía las cosas a las que había esperado y por las que había rezado, se iba desmoronando».

James Agee bebía porque, sin dinero ni trabajo fijo, era la única manera que tenía de mejorar sus perspectivas.

Stephen King, durante un tiempo, tomaba todas las noches una caja entera de cervezas de medio litro. «Luego sí, tomé todo lo que pueda imaginarse. Cocaína, valium, xanax, lejía, jarabe para la tos… Digamos que era multitoxicómano», dijo en una entrevista.

Como Stephen King, los consumidores de drogas tienden a ser policonsumidores: toman varias a la vez o pasan de una a otra. El escritor es —o era— una de esas 250 millones de personas que consumen cada año en todo el mundo, un adulto de cada veinte. Si hay más autores adictos que autoras es porque los hombres se drogan más. Entre las sustancias legales, las más usadas son el alcohol y la nicotina; entre las ilegales, el cannabis, las anfetaminas y los opiáceos.

«Desde los asirios —se lee en la introducción de «Drogadictos» (Demipage, 2017)—, consumimos drogas, con excusas religiosas, rituales, medicinales, por hábitos y costumbres, por distracción, equivocación, por hedonismo». ¿Y por qué se droga un escritor?: «Si hay que poner las drogas en relación con los libros, tenemos un sinfín de literatura y de autores recubiertos de su aura, bien, sí, hablemos de Baudelaire y de Aldous Huxley...».

(Baudelaire escribió en «Los paraísos artificiales» que el hachís y el opio eran las drogas «más eficientes para crear» lo que él llamaba el «ideal artificial». Huxley describió en «Las puertas de la percepción» su experiencia con la mescalina: «Lo que hace falta es una nueva droga que alivie y consuele a nuestra doliente especie sin hacer a la larga más daño del bien que hace a la corta». Una droga menos tóxica que el opio o la cocaína, con menos consecuencias sociales desagradables que el alcohol, y menos dañina al corazón y los pulmones que la nicotina del tabaco).

«... sí, hablemos de Baudelaire y de Aldous Huxley, pero sería un irrespetuoso olvido, en el ámbito hispanoparlante, no hablar de la «Historia general de las drogas» de Escohotado, para muchos, personaje impertinente y molesto, y, para muchos también, gurú del cultivo del libre pensamiento y de la independencia de criterio, la que suponen los escritores a la hora de plasmar su obra».

En «Drogadictos» son doce autores en español quienes relatan sus experiencias con doce drogas. Experiencias como la de Juan Bonilla con el MDMA: «Éxtasis sí: estaba muy bien puesto el nombre para aquel bicho momentáneo que podía elevarnos hasta ese lugar de la conciencia desde donde otear la maravilla inexplicable de existir». La sorprendente experiencia de José Ovejero con el sexo: «El adicto al sexo realiza un acto natural, pone en marcha una función de su organismo. Una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez». O la del mexicano Carlos Velázquez, que firma el relato más imponente, con la cocaína: «En ocasiones la droga te empuja a la soledad. Los cocainómanos son vouyers profesionales. Gastan cientos de horas mirando pornografía. No para excitarse. Para matar el tiempo. Otras veces simplemente no deseas ver a nadie. Pero llega el día en que la droga te transforma en un fantasma. En un fardo que solo se hace presente cuando emerge la siguiente línea. No articulas palabra. Solo transpiras. Y aunque a estas alturas lo que se diga de ti te vale madres, no puedes negar que estás acabado. Que los buenos tiempos no han de volver. Hubo un tiempo en que fui famoso célebre por el brillo en mis ojos que se formaba cada vez que escuchaba la palabra cocaína».

No es que los escritores se droguen más que otros sectores de la sociedad. Lo que ocurre es que nadie, ni los brókers ni los políticos, podrá acercarse nunca al mito del autor atormentado que triunfa entre quienes viven de la escritura.

Nadie describe mejor la sed.

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