ALTA INFIDELIDAD

De aquellos oros estos lodos

La desaparición de Paloma Chamorro reflota «La edad de oro» como programa de variedades y como formato pionero de un género televisivo, el «reality show» juvenil, que abrió nuevos horizontes ocupacionales

Paloma Chamorro, en animada conversación con un grupo de invitados a «La edad de oro»
Paloma Chamorro, en animada conversación con un grupo de invitados a «La edad de oro»

En la contraportada de El último beso, álbum con el que el cabecilla de La Banda Trapera trató en 1988 de urbanizarse y dejar el extrarradio de sus primeras obras, una aseada aproximación a lo que en Madrid hacían los Burning más llevaderos, aparece una cumplida referencia a la campaña Imagina, del Patronato de Cultura del Ayuntamiento de Cornellá de Llobregat, de apoyo a «todas las iniciativas creativas artísticas y populares de personas de esta ciudad» (sic). Incluso en aquella Ciutat podrida, cuyos habitantes tenían a finales de los setenta «rabo como las ratas», se pusieron una década más tarde -milagros de la Transición y el desarrollismo inmaterial- a cocer las habas del guiso cuya receta patentó el Madrid de Tierno Galván y que de más a menos y de arriba a abajo adoptaron, en busca del magnetismo de un efecto Guggenheim sin cimientos, casi todos los ayuntamientos de España.

Fantasmas

La desaparición de Paloma Chamorro -directora de La edad de oro y agente televisiva de la comercialización de la Movida, tarea que la presentadora llevó a cabo durante solo tres temporadas y que, sin embargo, fue suficiente para simplificar y distorsionar su vasta producción audiovisual, de mayor recorrido, enjundia y lucidez- ha servido de excusa para que la fantasmada de aquellos años vuelva a coger cuerpo y carne mortal. En los titulares del día no faltó la palabra icono, básica en estos menesteres.

No aparece Paloma Chamorro en ese feroz ajuste personal y profesional de cuentas que es La movida modernosa (La Felguera-Beat Generation, 2016), firmado por José Luis Moreno-Ruiz desde la parcialidad política y el rencor íntimo que le debió de dejar un tiempo cuyos excesos no legitiman el insulto -mayormente homófobo- y sobre el que desde idéntico punto de vista, desmitificador y selectivamente sarnoso, ya sentó cátedra hace veinte años el número 8 del fanzine Mondo Brutto. Salvada de la quema por hache o por be, Chamorro quedó al margen del enésimo repaso dado a un malentendido premeditado, cocinado por la Administración socialista en torno a una parranda que de aquel juego de trile institucional salió convertida en fenómeno cultural y asombro del mundo civilizado, de aquí a Cornellá, aquella ciutat podrida y de bloques verdes en la que berreaba La Banda Trapera. La edad de oro, en cuyas gradas no solo se sentaban cantantes, tuvo mucho que ver en ese tocomocho de leyenda.

Casi veinte años antes del estreno de Gran Hermano y de la irrupción de sus secuelas, La edad de oro fue el primer reality show que mostró a las nuevas generaciones de españoles las posibilidades de ganarse la vida sin hacer absolutamente nada. Por la cara, como ahora, pero sin necesidad de ir al gimnasio o, en función del sexo, de ponerse tres tallas más de tetas. Solo había que pintar la mona. Con la experiencia que dan los años y ese tacto que caracteriza al pueblo español, a esta vocación antilaboral se refirió, también el pasado lunes, una secundaria de Casados a primera vista cuando le preguntó a la madre de una participante si su hija se dedicaba «a la noche». Cambian los medios, pero se mantienen el fin y el horario.

Las canciones de aquella Movida, también programadas en espacios como Aplauso o Musical Express, en estos casos al vacío, sin los aditivos presuntamente culturales que el régimen les fue añadiendo como guarnición para darle volumen y empaque al artefacto que se traía entre manos y piernas, fueron la tapadera del envase en el que, mezclada y agitada con fondos públicos, fermentó la idea de una nueva edad de oro. No hay más que rebobinar las animadas charlas de Paloma Chamorro con los tronistas que frecuentaban su programa para percatarse del timo. Las canciones eran el reclamo.

Oleada continental

Musicalmente, la Nueva Ola española conserva el atractivo de un movimiento que sin el concurso de coartadas políticas -el fin del franquismo, la llegada de la democracia y cuatro lugares comunes más- se hizo notar en toda Europa occidental, con resultados muy similares y, al margen de variaciones idiomáticas, prácticamente extrapolables. Lo nunca visto, en el fondo, no fue sino lo que vino detrás de la misma canción de siempre. Montar una insostenible edad de oro cultural con cuatro modistas, dos fotógrafos, un director de cine y media docena de dibujantes fue el gran pecado de una Movida que debió quedarse en Nueva Ola, soltera y estrictamente musical, y cuya irresponsable cobertura televisiva fue demoledora.

Cuando se aborda la crisis de la cultura del esfuerzo, se pasan por alto las consecuencias del cambio de modelo mediático que desde comienzos de los años ochenta llenó la tele de pelagatos, relevo generacional de la élite que hasta entonces había copado las emisiones de la cadena pública, dizque casta, cuyos avales académicos y profesionales fueron sustituidos por un cubata y mucho desparpajo. Lo de «mamá, quiero ser artista» venía de lejos y exigía dedicación y sacrificio. Aquello, muy distinto, iba de dedicarse a la noche, en cuerpo y sin alma.

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