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«La carroña»: simplemente, la vida se acaba

Poeta, ensayista y novelista, Enrique Andrés Ruiz afronta en este libro lo inmortal de la muerte y en qué acaba la vida. Las eternas preguntas y la eterna sin respuesta

Detalle de «In Ictu Oculi» (1961), de Valdés Leal, en el Hospital de Caridad de Sevilla
Detalle de «In Ictu Oculi» (1961), de Valdés Leal, en el Hospital de Caridad de Sevilla

«La carroña» es un libro que quizá convenga leer con una imagen en la mano del Cristo yacente de Santa Clara de Palencia, al que consagró Unamunoun escalofriante poema («Este Cristo, inmortal como la muerte, //no resucita; ¿para qué?, no espera// sino la muerte misma»), o de las «postrimerías» de Valdés Leal en el Hospital de la Caridad de Sevilla, con su obispo reducido a polvo y la muerte esquelética alzándose triunfante sobre todas las cosas. No digo que sea indispensable, pero estoy seguro de que ayudaría al lector a coger el tono. Añado más, de no ser porque Miguel de Mañara, el venerable caballero que encargó a Valdés esas pinturas, goza presumiblemente de la gloria celestial, me atrevería a decir que el autor, Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961), es su reencarnación contemporánea. Ambos comparten un interés fuera de lo común por lo que sobreviene con la muerte: Mañara en la forma de piadosa atención al cadáver de indigentes y ajusticiados; Andrés, en la de reflexión sobre lo que se pierde. ¿Cabe algo más barroco?

Entiéndanme, no pretendo sugerir que Andrés sea un tipo anacrónico, ni que su estilo -a pesar de su afición a demorarse concupiscentemente en cada frase y a alargarlas como un tenor napolitano de la época de Porpora- recuerde el de aquel período, pero ya nadie se ocupa de esa manera de los efectos de la muerte. Está ha sido naturalizada en nuestra época igual que tantas cosas. Nos hemos resignado a morir del todo. A fin de cuentas, formamos parte del mundo y en este nada perdura. Si nuestros antepasados procuraron insertarla en algún orden de justicia teológica, metafísica o histórica que le diera sentido (fama, resurrección, revolución); nosotros simplemente pensamos que la vida se acaba. No admitimos ningún tipo de inmortalidad, ni siquiera la poética. Afirmar la caducidad es la única manera que se nos ocurre de afirmar la vida.

Señalar al suelo

Por supuesto, esto no quita que no haya también cierta preocupación por lo que se pierde. A nuestra manera, claro. Si antiguamente se apuntaba en todo al cielo, ahora preferimos señalar al suelo. La vida surge de la materia, la conciencia de la azarosa evolución de las especies, la virtud del deseo. Al final, sin embargo, el proceso se invierte y todo acaba otra vez en carroña, escoria, polvo. Esta es la realidad última frente a la cual levantamos en vano nuestras mitos y teorías. Los postartistas contemporáneos, hijos de una vanguardia que rindió las apariencias a la verdad, sienten por eso una desaforada pasión por lo inmundo, aquello que en su condición de desecho o escoria simboliza la materia de todas las cosas.

Es la especulación del sabio escéptico que ha encontrado un rico filón y lo excava

El libro de Enrique Andrés no va por ahí. El gusano y la calavera le interesan, pero en cuanto elementos de una investigación histórica cuyo punto de partida es la constatación de que, frente al inexorable destino de la carne, condenada a devenir carroña, la tradición alzó la imagen del héroe ideal cuyas gestas perduran en la memoria y trascienden el tiempo. Los cuerpos mueren y se pudren, la fama resiste. Esta es la enseñanza de la vieja poesía. Aunque algunos poetas, de Virgilio a Baudelaire, se preguntaron también por lo que se pierde, aquella expectativa de plenitud funcionó durante siglos como modelo. Enrique Andrés muestra en su trabajo cómo se contrapuso a la caducidad de la existencia la perduración de lo esencial. En la antigüedad pagana, poesía e instituciones públicas presentaron a ciertos individuos de virtudes ejemplares como vencedores de la muerte. Luego, el cristianismo, con su fe en la resurrección, fue más lejos al prometer para todos la perpetuación de cuerpo y alma. Estos regímenes de la temporalidad, mítico, histórico y escatológico, son contrapuestos una y otra vez por Andrés con nuestra manera de aceptar la perentoriedad de la existencia como una necesidad de la que no cabe escapar.

Irreprochable

¿Es satisfactorio el resultado? Sí y no. Los comentarios de Enrique Andrés sobre los autores estudiados son, desde luego, irreprochables. El acierto con que explica, por ejemplo, el pensamiento de Platón, generalmente sepultado bajo una montaña de indestructibles tópicos escolares, es insólita en estos pagos. Cosa distinta es la cuestión de fondo. ¿Acaso el contraste entre lo perecedero e imperecedero del que parte no constituye ya una solución?, ¿por qué habría que juzgarse la vida desde el ideal de que nada se pierda? Ninguna de estas cuestiones sería decisiva si el tono con que se afronta el problema fuera el de Unamuno en «Del sentimiento trágico de la vida», pero la obra de Andrés no responde a la angustia del hombre que protesta porque se niega a morir y pudrirse, ni tampoco a la voluntad de quien sueña con reconciliar la existencia con la esencia y para ello está dispuesto a creer que la muerte no mata, sino que es, más bien, la especulación del sabio escéptico que ha encontrado un rico filón y lo excava a conciencia.

Nada tengo contra esto, pero es difícil evitar en este género de indagaciones demasiado alambicadas no producir momentos de tedio arqueológico en los que el lector, perdido en el laberinto de una argumentación que no parece confiar en descubrir ninguna salida, se siente desorientado. Yo, a ratos, he recordado lo que dijo Ortega a Zubiri al concluir este una impresionante conferencia sobre la ciencia contemporánea: «En la gran tolvanera perdimos a don Beltrane».

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