«Y», obra de Carsten Höller que da título a su muestra
«Y», obra de Carsten Höller que da título a su muestra - JOSÉ MANUEL SERRANO ARCE
ARTE

El Centro Botín, después de la tempestad

Santander tiene un centro de arte ajustado a sus necesidades, con una silueta elegante y sin estridencias

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El Centro Botín mira al mar, a la Bahía de Santander, la que para muchos es una de las más hermosas del mundo. Incluso, así la ha llegado a calificar, la ha piropeado en ruedas de prensa y entrevistas, el arquitecto-estrella de este proyecto: el signore Renzo Piano (Pegli, Italia, 1937). El Centro Botín mira al Cantábrico como un barco que sobrevuela las olas, y ha visto pasar, desde que se pusiera la primera piedra en un día lluvioso del verano de 2012, tempestades (retrasos, amores y odios...). Hasta que, por fin, llegó la calma con su presentación el pasado 23 de junio. Por todo lo alto, los actos inaugurales; y por todo lo alto, el recibimiento de la prensa nacional e internacional.

La crítica suele ser crítica, para eso se le paga, e inclina la balanza del juicio hacia el lado bueno o el malo. La crítica, como ya han pasado unos cuantos días desde el trasiego de la apertura, ha decidido reposar el juicio «experto» y pasarle el testigo a la gente de la calle, los comentarios de aquí y allá de los ciudadanos de Santander para quienes en definitiva está pensado desde sus orígenes el Centro Botín. En el horizonte siempre ha estado la ambición de dinamizar una urbe pequeña, necesitada de un «meneo», un aire -desde luego no hiperhuracanado ni tempestuoso en las formas- de modernidad. Discreto, a la par que elegante, como la ciudad misma. Por eso se eligió al arquitecto que se eligió y el emplazamiento donde nos situamos. Haber caído en la megalómana ambición de un Guggenheim -algunos lo han deseado dada la cercanía de Bilbao- habría sido un grave error: aquello de grande, ande o no ande.

Objetivo conseguido. El Centro Botín fue botado con éxito, y sus primeras semanas de singladura se escriben en el diario de viaje sin sobresaltos aparentes. El público ha llenado sus espacios hasta la bandera o el mástil (lo he visto con mis propios ojos y me lo han contado), llueva o luzca el sol, y las exposiciones inaugurales, desde la más clásica (dibujos de Goya), a las más contemporáneas -o duras de pelar para un público inexperto y de corte clásico- (Carsten Höller y las obras de la colección) se disfrutan con sumo agrado por parte de todo el que allí acude. «Me gusta». Me ha llegado este murmullo en más de una ocasión mientras te paseas discretamente por las tres plantas expositivas.

Se ha tocado tierra. Primer destino alcanzado, dado que un espacio de estas características -con tantas energías renovables por las venas- lo primero que tiene que hacer es seducir a los compañeros de viaje de todos los días que tiene un año. Sin complicidad no hay futuro para un proyecto de estas ambiciones, por mucho que se venda alta alcurnia arquitectónica y artística. Luces de un día y sombras para el resto de la Historia. Fracasos de este tipo en la geografía nacional hemos conocido unos cuantos. El Centro Botín ha conseguido que pase por el ojo de la aguja de la modernidad y de lo contemporáneo todo el que por allí asoma la nariz.

Dicho lo cual, entre estos parabienes oídos aquí y allá, ¿qué pinta la opinión crítica? Como la he dejado reposar mientras pasaban los días de flujos y reflujos informativos y las voces de la calle, he aquí mis conclusiones, que van a hacer que la balanza pese aún más en el platillo de lo positivo. Vayamos por partes. Después de haber visitado el edificio en fases sucesivas de la obra, concluyo que el resultado final no me ha decepcionado en lo más mínimo. Santander tiene un Centro de arte y todo tipo de actividades culturales justo y ajustado a sus necesidades y con una silueta elegante y sin estridencias de nuevo rico. Si he de destacar un detalle de la arquitectura, me fascina su recubrimiento cerámico y camaleónico.

De las exposiciones inagurales, señalaré que hay para todos los gustos. Mis gustos iban más hacia Höller y, sin embargo, he quedado seducida y rendida a los pies de la muestra de los dibujos de Goya (Ligereza y atrevimiento). Goya es Goya, por supuesto, pensarán muchos, pero ¡qué importante puede ser un montaje! Ni se imaginan cómo gana, hasta el mismísimo Goya, con una buena iluminación y una sutil escenografía en blanco. Höller me ha divertido como siempre con sus guiños al parque de atracciones del arte contemporáneo, pero lo más relevante no es que me haya entretenido a mí (terreno ganado), sino que lo haya hecho también a ese respetable que ha entrado por miles las últimas semanas, y parece que lo ha hecho. Y si escéptica era ante los fondos de la colección (Arte en el cambio de siglo), no por falta de calidad, sino de hilazón, remilgos superados, de nuevo, gracias al montaje e hilo narrativo y estético que Benjamin Weil ha dado. Ahora queremos más y mejor.