Una de las ilustraciones de Gregorio Prieto para la edición en libro de «La vía del calatraveño»
Una de las ilustraciones de Gregorio Prieto para la edición en libro de «La vía del calatraveño»
Juan Manuel de Prada - Raros como yo

España, compañero (y II)

Terminamos la semblanza de Víctor de la Serna –que iniciamos en julio– hablando de sus crónicas viajeras

Juan Manuel de Prada
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En abril de 1953, Torcuato Luca de Tena responde a un artículo en el que José María Gironella se dolía del desinterés, muy próximo al desamor, que los españoles mostrábamos hacia nuestro propio país. Entonces Víctor de la Serna, aunque ya era un viejo león de corazón lastimado, salta como un cachorro a la palestra y arremete contra la falsa imagen que los krausistas –«remilgados, pasteurizados, un poco esnobs»– habían creado de España, pero también contra el tremendismo (¿estaría pensando en Cela?) de «buscador de basuras» que hurga en su pobreza y colecciona «monstruos en las fondas malas». Víctor de la Serna confía en un nuevo periodismo que afronte «la tarea de quitar la costra de cascote y de desdén, los bosques de ortigas y de mal gusto bajo los que yace este país». Torcuato Luca de Tena lanza entonces un desafío público a su colaborador, nombrándolo públicamente «corresponsal de ABC en España» y exhortándolo a acometer esa empresa pendiente.

Así cuajó uno de los episodios más gloriosos de la historia de ABC. Víctor de la Serna aceptó el desafío de su director y empezó a viajar por las Españas, enviando unas crónicas bellísimas, en las que ofreció una versión limpia y alegre de nuestro país, llena de amor a las cosas menudas, llena de erudiciones muy vividas, llena de pasajes como plazas de sol y sotos de frescura que ensanchan el alma. Al conjuro de sus palabras, Víctor de la Serna alumbra los caminos de España de hermosuras inéditas, o rescata hermosuras viejas que se habían quedado a desmano, abrumadas de tópicos. No encontramos en estos artículos el temario de los cromos de calendario o de folleto turístico, sino observaciones que nos demuestran –digámoslo con palabras de Víctor de la Serna– que «España no es un país trágico y tremebundo poblado por unos seres desmesurados (…); ni un país desolado sembrado de ruinas, con gitanos, asnos y cabreros; ni un pueblo de analfabetos, de sacamentecas, o de hidalgos cascarrabias y dueñas enlutadas, sino que es un país vivo, fresco, elástico, en el que el ser humano se mueve con elegancia y con gracia sobre una tierra entrañable y bella».

Cosechas y héroes

Aquella gavilla de crónicas excepcionales, primera entrega de un proyectado «Nuevo viaje por España», serían luego reunidas por Prensa Española en «La ruta de los foramontanos» (1955), que obtendrá el Premio Nacional; tal vez –con permiso de Cela– el mejor libro de viajes de nuestra literatura reciente. En ese mismo año, Víctor de la Serna gana también el premio Luca de Tena, por un artículo sin firma publicado en ABC.

Y, aunque su corazón anda escaso de latidos, aún emprenderá la continuación de «La ruta de los foramontanos», por tierras de la Mancha y Andalucía, en crónicas que luego se reunirán póstumamente en «La vía del calatraveño» (1960). En su modo de contar los caminos de España, Víctor de la Serna semeja un ilustrado –entre Jovellanos y el padre Feijoo– de alma virgiliana, guardando siempre aquel equilibrio exacto entre lo geórgico y lo épico que Virgilio resumió en un solo y definitivo verso: «La patria rica de cosechas y de héroes».

Su prosa está llena, además, de un vibrante espíritu amistoso, convival, en el que el lector termina siempre sintiéndose «compañero» en el descubrimiento apasionado de España. En 1964, su hijo Alfonso publicaría una antología de artículos de su difunto padre, compendio de cuarenta años de dedicación periodística, que se titularía precisamente «España, compañero».

En su modo de contar los caminos de España, De la Serna semeja un ilustrado de alma virgiliana

Los artículos de Víctor de la Serna –así los describió Eugenio Montes– «son como milanos, claridad en la cabeza, aleonado el cuerpo, batiente y largo el alón». En ellos enseguida apreciamos su capacidad cordial, su vehemencia poética y emotiva (que, en los años de la pólvora, lo arrastró a algunas destemplanzas), su intuitiva capacidad para desvelar el misterio de las cosas menudas, su espontánea hidalguía, servida en un armazón de cultura que pasa casi inadvertido; pues Víctor de la Serna tenía ese decoro máximo del escritor que no hace alarde de sus talentos. Quienes lo trataron destacan su prodigiosa facilidad para la escritura (jamás tachaba ni revisaba una frase), sus apabullantes dotes de repentización y su oceánica cultura; también una llaneza que lo convertía en una esponja sumida en el agua clara y fresca de la vida.

Hombre patriarcal, amaba abnegadamente a sus muchos hijos e innumerables nietos. También amaba los montes con sus ciervos, los bosques con sus urogallos y las glicinas de su tierra cántabra, que hervían de abejas en verano. Pidió, tras confesarse con el padre Félix García, que lo amortajasen con el hábito de la orden agustina. A su entierro acudieron seis ministros; y el traslado de sus restos mortales detuvo la circulación durante casi una hora. Entre las muchas cartas de condolencia que ABC publicó en aquellos días, merecen destacarse dos: una de Jorge Puyó, un pastor ansotano que escribía como los ángeles, en la que le agradece su delicada atención al mundo rural; y otra de Otto Skorzeny, el legendario liberador de Mussolini, que lo califica como «su mejor amigo español» y «el más leal defensor de Alemania».

Juan Manuel de PradaJuan Manuel de PradaEscritorJuan Manuel de Prada