ARTE

Los quinientos millones de picassos

2017: ¿Año Picasso? Puede. De momento, su museo en Málaga renueva sus fondos con obras de la colección Almine y Bernard Ruiz-Picasso. El de Barcelona se conjura en torno a su retrato y el Reina Sofía pronto recordará el nacimiento del «Guernica»

Un momento de la presentación de los nuevos fondos del Museo Picasso-Málaga
Un momento de la presentación de los nuevos fondos del Museo Picasso-Málaga - FRANCIS SILVA

En el vagón del AVE Málaga-Madrid, dos turistas japonesas pegan en su diario-cuaderno de viaje varias estampitas con cuadros de Picasso y unas entradas de La Alhambra. Concluyo que he aquí la verdadera marca España. Yo vengo de ver la última exposición sobre el maestro malagueño en el museo que lleva su nombre sito en su ciudad natal.

Quinientas mil personas pasan por el Museo Picasso de Málaga al año y en quinientos millones de euros están valoradas –según la casa de subastas Christie’s y tal cual lo cuenta su nieto Bernard Ruiz-Picasso– las nuevas obras del maestro que desde ya, y por un periodo de tres años, se exponen aquí. Son cifras estratosféricas, pero en el caso de Picasso todo se mide en computadoras en cuyas pantallas los dígitos se hacen infinitos. Siempre de quinientos para arriba, lo que permite nutrir los museos de medio mundo con sus obras y engordar los beneficios de una familia cuyos problemas de herencia también se han multiplicado por mil, más que por quinientos, desde que Picasso «produjo» como una máquina y tuvo mujeres e hijos con cierta alegría. No en vano, sus exposiciones se suceden de aquí a China. Por ejemplo, en París está a punto de inaugurarse «Picasso primitivo» en el Musée du Quai Branly, y en Hong Kong en breve se clausurará la muestra de retratos sobre su mujer Jacqueline. Además, el Museo Reina Sofía de Madrid centra su programación de 2017 en el «Guernica» por el 80 aniversario de su presentación pública.

En boca de todos

Y por el «Guernica» se pelean unos y otros, y los de más allá. Incluso alguien pregunta durante la presentación malagueña si no se pensó en traerlo. José Lebrero, director del Picasso-Málaga, por cuya socarronería le conocemos, dice que «pensar, pensó» (claro, quién no), pero que el lienzo no cabe en estas salas. Ni hoy, ni mañana, ni pasado.

Picasso es la marca que su familia deja y cede en usufructo según le viene en gana. Para bien y para mal. A Málaga le vino el dios Picasso a ver el día en que se inauguró el museo que ocupa el Palacio de Buenavista. De esto hace ya catorce años, y tocaba renovar los fondos, lo que la rama encabezada por Bernard Ruiz-Picasso y su madre Christine (viuda de Paul, el hijo del maestro), cedió en su momento. Bernard se parece a su abuelo en la calva y, como él, no tiene un pelo de tonto. Habla español con marcado acento francés y suelta lo de los quinientos millones alto y claro, para que de una vez por todas se aprecie la importancia de este legado, al que, alguna vez, como a casi todo en este país, le han puesto pegas. Que si para ellos (la familia) es un chollo… Puede, pero para Málaga, una bendición. Que si «Olga con Mantilla», que ya era el cuadro más popular de cuantos vinieron hace más de una década, se ha ido y no volverá más… Pues se equivocan quienes buscan sacar punta al lapicero de Picasso. «Olga con mantilla» ha sido cedida para que Picasso siga colonizando medio mundo, pero regresará a esta ya su casa malagueña más pronto que tarde. Bernard «dixit».

«La siesta», óleo sobre lienzo de 1932
«La siesta», óleo sobre lienzo de 1932- Faba Foto / M. Domage - Sucesión P. Picasso. Vegap

Siguiendo con los números, ciento sesenta y seis obras componen el nuevo friso picassiano para los próximos tres años. El afán académico no es otro que hacer accesible y asequible a esos quinientos mil visitantes que acaparan y se tragan las audioguías de pe a pa –ya traducidas a cerca de diez idiomas diferentes– todas las etapas y facetas del genio. El recorrido nuevo con las obras recién llegadas se concentra en once etapas o capítulos, cuya cronología es más o menos lineal. En cada sala, no muy atiborradas de piezas y de no muy grande formato, la mirada siempre descansa sobre una obra de referencia. No obstante, y antes de desgranar los capítulos, les confieso que lo mejor es la iluminación de los espacios y de los cuadros, que corre a cargo de Endesa. Se estrena un sistema –con una claridad y una limpieza increíbles– que permiten distinguir nuevas tonalidades, nuevos trazos y matices en las piezas. Nunca había visto a Picasso tan claramente y con tanta claridad. Basta con pasarse por el espacio anexo a esta muestra –con treinta y tres obras que se retirarán a finales de mayo– expuestas a la «antigua» usanza, para entrar en la dimensión de la luz amarilla que cae como una pátina deslucida y triste.

De las ciento sesenta y seis obras nuevas, ochenta están expuestas y el resto guardadas, e irán saliendo conforme a un sistema rotatorio. Sin duda, esto afectará más a las piezas de papel, que se expondrán escalonadamente. No hay inéditos de Picasso (si es que aún quedara alguno, remota posibilidad), pero sí que quedan muchas cosas por estudiar y es lo que se pretende sala a sala. No busquen sobresaltos epatantes, pero sí detalles nunca vistos. Hacer del Picasso espectacular un hacedor de apuntes donde están concentradas todas sus obsesiones.

Mucho por investigar

«Hay mucho por investigar en el complejo mundo picassiano», apunta Lebrero. En la sala I («Aprendiendo a pintar»), las pequeñas tablas que compone en La Coruña («Retrato de Lola», «Lavandera y Pájaro»). En la sala II («El retrato como espejo», a la que se une el anexo de «Olga y la belleza mediterránea»), donde apreciamos cómo el género del retrato es una herramienta para dibujarse a sí mismo, el artista se camufla en el rostro de otros, a la vez que descubrimos la influencia mediterránea tras pasar por Italia. Por ejemplo, «Las tres Gracias» de 1923 parecen recién salidas de Pompeya. En la sala III («Las aventuras del cubismo»), una obra nunca expuesta hasta la fecha como centro de reflexión: «Restaurante de París» (1914). En la sala IV («El inconsciente y la escultura»), donde Picasso pasa de puntillas por el Surrealismo, mientras de paso pisotea a Breton y a sus secuaces.

El afán académico no es otro que hacer accesible y asequible la colección a esos 500.000 visitantes que acaparan y se tragan las audioguías de pe a pa
En la sala V («Mujeres, musas y máscaras»), una «Fernande con mantilla», de 1906, que se impone con fuerza de color y planos. En la sala VI («Transformando la materia»), Picasso hace alarde de cómo se manejaba desde niño y hasta su muerte con toda clase de materiales que modelaba a su antojo, como la cabeza de toro compuesta con desechos de una bicicleta.

En la sala VII («Europa, años de conflicto»), no está el «Guernica» –obvio–, pero sí la «Naturaleza muerta con gallo y cuchillo», de 1917. En la sala VIII («Arte popular y mitologías privadas») y en el IX («Bestiario»), una colección de palomas de todas las formas y posibilidades a vuelapluma. En la X («Dibujar como un niño») y en la XI («Dibujar el siglo de Oro»), el Picasso maduro viaja a su tradición y a la de la Historia del arte. Por eso, se puede cerrar con el retrato que hace de sí mismo en el año 1964 («Retrato de un niño barbudo»). En pequeño formato y con cuatro trazos infantiles. Picasso en estado puro, que vale quinientos millones de euros, quinientos mil visitantes, y lo que se proponga quien a él se arrima.

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