CINE

Regreso a los Balcanes

Emir Kusturica es un director con un mundo propio que refleja singularmente las tribulaciones de su región natal. Lástima que sus películas –como la recién estrenada «En la Vía Láctea»– ya se repitan hasta la parodia

«En la Vía Láctea» repite los momentos caóticos y acelerados habituales del cine de Emir Kustirica
«En la Vía Láctea» repite los momentos caóticos y acelerados habituales del cine de Emir Kustirica

Al final va a ser cierto que los europeos como amigos somos más lentos que el Séptimo de Caballería y como jueces somos más rápidos que el desastre. Después de la guerra en los Balcanes y pese a nuestra incompetencia militar en sus distintos frentes de batalla, el saldo a favor sólo nos lo proporcionaron un puñado de periodistas menos interesados en los expeditivos pero inútiles análisis intelectuales, políticos o históricos que en la excelencia literaria para dar cuenta del desastre cotidiano, los daños colaterales y el encarnizamiento con la población civil, haciendo preguntas allí donde no había más que respuestas imperialistas, nacionalistas, tribales y religiosas.

De un desastre de tal magnitud también salieron las crónicas ilustradas de Joe Sacco, la mítica representación de «Esperando a Godot» dirigida por Susan Sontag en Sarajevo, las fotografías de Gervasio Sánchez, los ensayos y novelas de Dubravka Ugresic, o los artículos de Slavenka Drakulic, Juan Goytisolo y Alfonso Armada. Incluso el cine mostró un carácter beligerante digno de Joris Ivens, con películas que no defendían ninguna posición en concreto y que se declaraban en estado de guerra total contra la guerra. Por supuesto, perdieron los muertos y quienes quisieron defenderlos con imágenes, palabras o intervenciones humanitarias, cuyas razones se diluían como lágrimas en la lluvia ante la fuerza de la razón.

Charlot en Yugoslavia

Charles Chaplin decidió matar a Charlot de una forma heroica, proporcionándole la voz que no había tenido hasta «El gran dictador» (1940) y enfrentándole entonces con Adolf Hitler, a quien iba dirigida la película con esa convicción que a veces tienen los artistas si se enfrentan contra el Mal utilizando sus inofensivas obras. Su derrota durante la Segunda Guerra Mundial, que no fue capaz de frenar, no le ha impedido ganar la batalla al menos en la historia del cine, donde aumentó el alcance moral de su obra y todavía hoy nos recuerda con su emocionante discurso final que hay voces cuyo eco jamás se disipa ni prescribe no porque apelen a una verdad indiscutible sino porque apelan al indiscutible derecho para denunciar el horror, por más torpes o sentimentales que parezcamos mientras nos rebelamos contra quienes lo perpetran.

De Charlot aprendió mucho Emir Kusturica, con un humor lo bastante sutil como para atravesar el campo minado del comunismo hasta la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, y un humor mucho más alocado durante la guerra de los Balcanes, cuando ganó con «Underground» (1995) su segunda Palma de Oro en el Festival de Cannes y el recelo de quienes detectaron en ella una actitud proserbia como la que le luego desterraría a Peter Handke del olimpo de las letras europeas.

Incluso sus chistes a destiempo e imprevisibles suenan ya a vieja canción desgastada
Su película, sin embargo, no se prestaba al juego de las lecturas excluyentes, estableciendo lazos entre la Segunda Guerra Mundial y la posterior guerra de los Balcanes, hasta convertir la historia yugoslava en una cuestión donde durante un tiempo hubo sitio para seres humanos y animales, cristianos, musulmanes y judíos, serbios, bosnios, croatas y gitanos, pero donde de pronto un hermano mató a otro hermano y del circo se pasó a la carnicería en un abrir y cerrar de ojos.

Kusturica, de origen bosnio y musulmán, convertido al cristianismo ortodoxo en 2005 y nacionalizado francés desde hace una década, rara vez ha dejado de regresar a los Balcanes con su obra, a la guerra y la sangre derramada, salvo cuando le da por hacer documentales futboleros sobre Maradona. El problema es que sus películas, ancladas todavía hoy en una concepción exuberante y circense parecida a la de Federico Fellini, se han ido volviendo no redundantes sino paródicas, como si ensayasen el mismo número por enésima vez, por si no nos habíamos enterado. Algo así hace que su humor sea cada vez menos efectivo y más histriónico. Sus chistes a destiempo y casi siempre imprevisibles, en mitad del drama o la tragedia, suenan a vieja canción desgastada con el paso del tiempo, a un viejo amor que ya todos sabemos que nunca se consumará y a un lamento que casi nadie comparte porque hay nuevos conflictos que atender.

Tortuga, no liebre

Es una pena porque Kusturica tiene eso que llamamos «un mundo propio», aunque no un mundo lo suficientemente grande para que sigamos sintiéndonos parte de él, ni siquiera por afiliación estética. Hoy películas como «En la Vía Láctea» (2016) nos parecen lecciones de aeróbic que en lugar de mantenernos en forma, nos lastran y nos cansan. Ya no son liebres, son tortugas. Ya no presentan imágenes únicas sino simplemente imágenes. Da igual si Monica Belucci es la «femme fatale» que ahora provoca el conflicto, primero entre amigos y luego entre vecinos; nuestro problema consiste en que sabemos de antemano que la sangre brota en cuanto nos afecta de forma directa, que los animales nos observan perplejos mientras dirimimos odios tribales tras muchos años de supuesta tolerancia, y que en la historia europea –como decía Francis Scott Fitzgerald de la historia norteamericana– no hay segundos actos.

Ver apagarse una luz que tiempo atrás te guió no es un espectáculo agradable, sobre todo si uno mismo siente que esa luz posiblemente es su propia luz. Kusturica no debe de sentirse enteramente feliz con la trayectoria última de su filmografía, por mucho que ante los medios la defienda. En su última película ha decidido interpretar al personaje principal, pese a sus nulas dotes dramáticas. Quizás lo ha hecho como una estéril forma de rebelión contra los lugares comunes o como posible forma de resistencia, exhibiendo sus dotes musicales y la raíz zíngara de su inspiración, aunque al final sólo dé la sensación de ser una parte más de su repertorio de divo europeo, sin darse cuenta de que en Europa ya sólo los ingenuos continúan creyendo en los divos o en los héroes.

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