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La Sevilla escondida en «Ocnos» de Luis Cernuda

Día 05/11/2013 - 20.05h
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Repaso a los rincones de la capital donde el poeta sevillano vivió su niñez y su adolescencia en el 50 aniversario de su muerte

1La casa natal de Luis Cernuda

La Sevilla escondida en «Ocnos» de Luis Cernuda
RAÚL DOBLADO
La casa natal de Luis Cernuda, en la calle Acetres, una cristalería desde 1917

El 21 de septiembre de 1902 nacía Luis Cernuda. El poeta sevillano pasó los primeros años de su vida en una casa de la calle Acetres, concretamente en el número 6, muy cerca de la calle Cuna. En Ocnos, donde el escritor de la Generación del 27 plasmó los recuerdos de su niñez y adolescencia en Sevilla, aparece en varios capítulos.

En La poesía, sobre su casa natal, apunta: «En ocasiones, raramente, solía encenderse el salón al atardecer, y el sonido del piano llenaba la casa, acogiéndome cuando yo llegaba al pie de la escalera de mármol hueca y resonante, mientras el resplandor vago de luz que se deslizaba allá arriba en la galería, me aparecía como un cuerpo impalpable, cálido y dorado, cuya alma fuese la música.»

La escalera de mármol así como el patio de su casa aparecería en otros capítulos, como en La naturaleza: «Le gustaba al niño ir siguiendo paciente, día a día, el brotar oscuro de las plantas y de sus flores. La aparición de una hoja, plegada aún y apenas visible su verde traslúcido junto al tallo donde ayer no estaba, le llenaba de asombro, y con ojos atentos, durante largo rato, quería sorprender su movimiento, su crecimiento invisible, tal otros quieren sorprender, en el vuelo, cómo mueve las alas el pájaro.»

También rememora su patio en El tiempo:

La Sevilla escondida en «Ocnos» de Luis Cernuda
RAÚL DOBLADO
Placa en la casa natal de Cernuda

«Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá, en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.»

Y en El otoño: «La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi doloroso, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: "Que descorran la vela", y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio) que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de plata con un rumor rítmico sobre las losas del patio.»

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