La Sevilla escondida en «Ocnos» de Luis Cernuda
La casa natal de Luis Cernuda, en la calle Acetres, una cristalería desde 1917 - RAÚL DOBLADO
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La Sevilla escondida en «Ocnos» de Luis Cernuda

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Repaso a los rincones de la capital donde Luis Cernuda vivió su niñez y su adolescencia en el 50 aniversario de su muerte

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  1. La casa natal de Luis Cernuda

    La casa natal de Luis Cernuda, en la calle Acetres, una cristalería desde 1917
    La casa natal de Luis Cernuda, en la calle Acetres, una cristalería desde 1917 - RAÚL DOBLADO

    El 21 de septiembre de 1902 nacía Luis Cernuda. El poeta sevillano pasó los primeros años de su vida en una casa de la calle Acetres, concretamente en el número 6, muy cerca de la calle Cuna. En Ocnos, donde el escritor de la Generación del 27 plasmó los recuerdos de su niñez y adolescencia en Sevilla, aparece en varios capítulos.

    En La poesía, sobre su casa natal, apunta: «En ocasiones, raramente, solía encenderse el salón al atardecer, y el sonido del piano llenaba la casa, acogiéndome cuando yo llegaba al pie de la escalera de mármol hueca y resonante, mientras el resplandor vago de luz que se deslizaba allá arriba en la galería, me aparecía como un cuerpo impalpable, cálido y dorado, cuya alma fuese la música.»

    La escalera de mármol así como el patio de su casa aparecería en otros capítulos, como en La naturaleza: «Le gustaba al niño ir siguiendo paciente, día a día, el brotar oscuro de las plantas y de sus flores. La aparición de una hoja, plegada aún y apenas visible su verde traslúcido junto al tallo donde ayer no estaba, le llenaba de asombro, y con ojos atentos, durante largo rato, quería sorprender su movimiento, su crecimiento invisible, tal otros quieren sorprender, en el vuelo, cómo mueve las alas el pájaro.»

    También rememora su patio en El tiempo:

    «Recuerdo aquel rincón del patio en la casa natal, yo a solas y sentado en el primer peldaño de la escalera de mármol. La vela estaba echada, sumiendo el ambiente en una fresca penumbra, y sobre la lona, por donde se filtraba tamizada la luz del mediodía, una estrella destacaba sus seis puntas de paño rojo. Subían hasta los balcones abiertos, por el hueco del patio, las hojas anchas de las latanias, de un verde oscuro y brillante, y abajo, en torno de la fuente, estaban agrupadas las matas floridas de adelfas y azaleas. Sonaba el agua al caer con un ritmo igual, adormecedor, y allá, en el fondo del agua unos peces escarlata nadaban con inquieto movimiento, centelleando sus escamas en un relámpago de oro. Disuelta en el ambiente había una languidez que lentamente iba invadiendo mi cuerpo.»

    Y en El otoño: «La atmósfera del verano, densa hasta entonces, se aligeraba y adquiría una acuidad a través de la cual los sonidos eran casi doloroso, punzando la carne como la espina de una flor. Caían las primeras lluvias a mediados de septiembre, anunciándolas el trueno y el súbito nublarse del cielo, con un chocar acerado de aguas libres contra prisiones de cristal. La voz de la madre decía: "Que descorran la vela", y tras aquel quejido agudo (semejante al de las golondrinas cuando revolaban por el cielo azul sobre el patio) que levantaba el toldo al plegarse en los alambres de donde colgaba, la lluvia entraba dentro de la casa, moviendo ligera sus pies de plata con un rumor rítmico sobre las losas del patio.»

  2. Su colegio

    Villasís esquina con Martín Villa, donde se ubicó el colegio de Cernuda
    Villasís esquina con Martín Villa, donde se ubicó el colegio de Cernuda - abc

    Ese colegio sólo existe hoy en la memoria de muy pocos. Luis Cernuda estudió en el colegio de los Jesuitas, llamado popularmente colegio de Villasís, porque su situación exacta estaba en la esquina de Villasís con Martín Villa. En El maestro habla de su tutor, la persona que le hizo recitar y escribir poesía por primera vez, pero también lo describe cómo paseaba por algunas zonas del colegio.

    «Lo mío fue la clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado, con otro profesor acompasando la voz, que tenía un rato recia y campanuda, las más veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en la primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana.»

  3. La casa de Joaquín Turina

    Placa en la casa natal del músico Joaquín Turina en la calle Buiza y Mensaque
    Placa en la casa natal del músico Joaquín Turina en la calle Buiza y Mensaque - RAÚL DOBLADO

    Luis Cernuda respetaba y admiraba profundamente al pianista sevillano Joaquín Turina. Entre las calles Acetres, Buiza y Mensaque se encerraba el arte. Y es que ambos eran vecinos. Pianista y poeta. En El piano, Cernuda dedica unas líneas a su vecino y a su casa natal. La exhaustiva descripción del ambiente ayuda a imaginar, con facilidad, lo que el niño sentía cuando oía a su vecino tocar el piano.

    «Pared frontera de tu casa vivía la familia de aquel pianista, quien siempre ausente por tierras lejanas, en ciudades a cuyos nombres tu imaginación ponía un halo mágico, alguna vez regresaba por unas semanas a su país y a los suyos. Aunque no aprendieras su vuelta por haberle visto cruzar la calle, con su aire vagamente extranjero y demasiado artista, el piano al anochecer te lo decía. Por los corredores ibas hacia la habitación a través de cuya pared él estudiaba, y allí solo y a oscuras, profundamente atraído mas sin saber por qué, escuchabas aquellas frases lánguidas, de tan penetrante melancolía, que llamaban y hablaban a tu alma infantil, evocándole un pasado y un futuro igualmente desconocidos.[...] Lo que en la sombra solitaria de una habitación te llamaba desde el muro, y te dejaba anhelante y nostálgico cuando el piano callaba, era la música fundamental, anterior y superior a quienes la descubre e interpretan, como la fuente de quien el río y aun el mar sólo son formas tangibles y limitadas.»

  4. La plaza del Pan

    La plaza del Pan y El Salvador aparecen reflejados en la obra de Luis Cernuda. Bajo el título Las tiendas, describe cómo eran estos lugares a principio del siglo XX. En la plaza del Pan, además, trabajaba el abuelo, de origen francés, de Cernuda, donde tenía una droguería. Como curiosidad, fue en la iglesia del Salvador donde se bautizó al poeta sevillano.

    «Estaban aquellas tiendecillas en la plaza del Pan, a espaldas de la iglesia del Salvador, sobre cuya acera se estacionaban los gallegos, sentados en el suelo o recostados contra la pared, su costal vacío al hombro y el manojo de sogas en la mano, esperando baúl o mueble que transportar. Eran unas covachas abiertas en el muro de la iglesia, a veces defendidas por una pequeña cristalera, otras de par en par sobre la plaza el postigo, que sólo a la noche se cerraba. Dentro, tras el mostrador, silencioso y solitario, aparecía un viejo pulcro, vestido de negro, que lleno de atención pesaba algo en una minúscula balanza, o una mujer de blancura lunar, el pelo levantado en alto rodete y sobre él una peina abanicándose lentamente. ¿Qué vendían aquellos mercaderes? Apenas si sobre el fondo oscuro de la tienda brillaba en alguna vitrina la plata de un vaso entre complicadas joyas de filigrana y las lágrimas purpúreas de unos largos zarcillos de corales. Otras la mercancía eran encajes: tiras sutiles de espuma tejida, que sobre papel celeste o amarillo colgaban a lo largo de la pared.»

  5. La plaza de la Encarnación

    El actual mercado de la Encarnación, bajo las setas
    El actual mercado de la Encarnación, bajo las setas - abc

    El antiguo mercado de la plaza de la Encarnación, hoy bajo las setas de Metropol-Parasol, fue escenario de dos de los capítulos de Ocnos. En Mañanas de verano se puede imaginar algunos de los productos que se ofrecían al público de Sevilla.

    «...Lo demirar al paso y de cerca la actividad tranquila de barrio popular y del mercado. Cuánta gracia tenían formas y colores en aquella atmósfera, que los esfumaba y suavizaba, quitándoles a unas dureza y a otros estridencia. Ya era el puesto de frutas (brevas, damascos, ciruelas), sobre las que imperaba la rotundidad verde oscuro de la sandía, abierta a veces mostrando adentro la frescura roja y blanca. O el puesto de cacharros de barro (búcaros, tallas, botellas), con tonos rosa o anaranjado en planzas y cuellos. O el de los dulces (dátiles, alfajores, yemas, turrones), que difundían un olor almendrado y meloso de relente oriental.»

    Ese mercado también aparece en La soledad: «La soledad está en todo para ti, y todo para ti está en la soledad. Isla feliz adonde tantas veces te acogiste, compenetrado mejor con la vida y con sus designios, trayendo allá, como quien trae del mercado unas flores cuyos pétalos luego abrirán en plenitud recatada, la turbulencia que poco a poco ha de sedimentar las imágenes, las ideas»

  6. El convento de San Leandro

    Fachada principal del convento de San Leandro (Sevilla)
    Fachada principal del convento de San Leandro (Sevilla) - abc

    El convento de las célebres «yemas de huevo», sito en la plaza de San Ildefonso, aparece en Ocnos. Es precisamente este aspecto, el de las delicatessen que en el convento de San Leandro se dispensan, el objeto de Luis Cernuda en El compás. En sus primeras líneas, el poeta sevillano describe sus sensaciones de lo que ve cuando entra en el convento.

    «El portón. Los arcos. (Para un andaluz la felicidad guarda siempre tras de un arco.) Los muros blancos del convento. Los ventanillos ciegos bajo espesas rejas. Rechinaban los goznes mohosos, y un vaho de humedad asaltaba al visitante adelantando sus pasos sobre la tierra cubierta a trechos por la hierba, que manchaban de amarillo aquí y allá los jaramagos. En la alberca el agua reflejaba el cielo y las ramas frondosas de una acacia. Sobre los aleros cruzaban raudos los vencejos, ahogando su grito entre las hendiduras del campanario.»

  7. El magnolio del barrio Santa Cruz

    En la calle Judería estaba plantado el magnolio que menciona Cernuda en «El magnolio»
    En la calle Judería estaba plantado el magnolio que menciona Cernuda en «El magnolio» - abc

    Cuando Luis Cernuda hablaba de los magnolios en flor se refería a Sevilla. El magnolio para el poeta sevillano era el lugar donde «se cifraba la imagen de la vida». En El magnolio, concretamente, Cernuda se refiere al que había en la calle Judería, en el barrio de Santa Cruz, junto a la muralla de los Reales Alcázares. Y de él cuenta: «...Sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de los virgen, los copos nevados de sus flores. Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad...».

    Actualmente, en el lugar donde se encontraba el magnolio de Cernuda existe una placa que lo recuerda.

  8. La calle Aire

    La calle Aire, el último lugar donde vivió Cernuda antes de partir al extranjero
    La calle Aire, el último lugar donde vivió Cernuda antes de partir al extranjero - abc

    Un azulejo en una casa de la calle (o callejuela) Aire del barrio de Santa Cruz recuerda que allí vivió Cernuda. Y lo hizo durante los últimos años que habitó en Sevilla. Allí escribió su primer libro de poemas Perfil del aire. En La música y la noche habla de un momento en su habitación.

    «Alguna vez, a la madrugada, me despertaba el rasguear quejoso de una guitarra. Eran unos mozos que cruzaban la calleja, caminando impulsados quizá por el afán noctámbulo, lo templado de la noche o la inquietud bulliciosa de su juventud. ¿Quién ha visto alguna vez un niño que intenta apresar en su mano un rayo de sol? Tan inútil y loco como ese afán era el que me asaltaba tendido en mi cama, en la soledad y la calma de la madrugada, al oír aquella música.»

  9. Los Reales Alcázares de Sevilla

    El estanque de los Reales Alcázares al que se refiere Cernuda en «Jardín antiguo»
    El estanque de los Reales Alcázares al que se refiere Cernuda en «Jardín antiguo» - abc

    Como el magnolio, existen otros lugares en los que el poeta daba rienda suelta a su imaginación. En los jardines de los Real Alcázares de Sevilla, precisamente donde está situado el estanque, Cernuda soñó «un día la vida como embeleso inagotable». En Ocnos, desde tierra extraña, recuerda fielmente este rincón de Sevilla.

    Así lo recuerda en Jardín antiguo: «Se atravesaba primero un largo corredor oscuro. Al fondo, a través de un arco, aparecía la luz del jardín, una luz cuyo dorado resplandor teñían de verde las hojas y el agua de un estanque. Y ésta, al salir fuera, encerrada allá tras la baranda de hierro, brillaba como líquida esmeralda, densa, serena y misteriosa.»

  10. La Catedral

    El altar mayor de la Catedral, mencionado por Cernuda en «Ocnos»
    El altar mayor de la Catedral, mencionado por Cernuda en «Ocnos» - abc

    En Las campanas y en La Catedral y el río, Luis Cernuda evoca a la emoción que sentía desde el extranjero el recordar el sonido de las campanas de la Catedral, en el caso del primero, y una misa al atardecer mientras bailaban por seguidillas los seises, en el caso del segundo. No sabemos si en época de Corpus, de Carnaval o de la Inmaculada.

    En Las campanas se cuestiona: «¿Qué proporción hay entre la fuerza de una emoción y la resistencia de nuestro espíritu? Eso te preguntas al experimentar ahora, sin razón aparente, una emoción retardada que desboca sobre lo actual, trayendo consigo, visibles sólo para la mirada interior, sus circunstancias en el espacio y en el tiempo. Desatendiendo a que acaso el efecto te parezca en razonable desproporción con la causa, es lo que así te vuelve con el son de aquellas campanas de la Catedral. El oírlas, tiempo atrás, no te producía emoción, al menos ninguna entonces consciente; mas la magia con que resuenen hoy en tu espíritu, libre y distinta de toda motivación, parece revivir un júbilo de festividad solemne y familiar, insignificante para todos excepto para ti.»

    El sonido de las campanas de la Catedral de Sevilla aparecen igualmente en La ciudad a distancia que aunque más adelante nos pararemos en este capítulo, merece la pena plasmar unas líneas que el autor plasma de un viaje por el Guadalquivir. «...Y el son de las campanas de la Catedral, que llegaba puro y ligero a través del aire, era como la respiración misma de sus sueño.»

    En La Catedral y el río describe las distintas naves del templo metropolitano. «Ir al atardecer a la Catedral, cuando la gran nave armoniosa, honda y resonante, se adormecía tendidos sus brazos en cruz. Entre el altar mayor y el coro, una alfombra de terciopelo rojo y sordo absorbía el rumor de los pasos. Todo estaba sumido en penumbra, aunque la luz, penetrando aún por las vidrieras, dejara allá en la altura su cálida aureola. Cayendo de la bóveda como una catarata, el gran retablo era sólo una confusión de oros perdidos en la sombra. Y tras las rejas, desde un lienzo oscuro como un sueño, emergían en alguna capilla formas enérgicas y extáticas.»

  11. El Guadalquivir

    La orilla en la que Cernuda recuerda al río Guadalquivir
    La orilla en la que Cernuda recuerda al río Guadalquivir - abc

    El río también forma parte del universo particular de Luis Cernuda en Ocnos. El Guadalquivir aparece en dos capítulos. En La ciudad a distancia detalla un viaje en barco camino de San Juan de Aznalfarache, donde va describiendo lo que ve y siente. «En el esplendor del mediodía estival iba el barco hacia San Juan, río abajo. Cantaban las cigarras desde las márgenes, entre las ramas de álamos y castaños, y el agua, de un turbio color rosáceo de arcilla, se cerraba perezosa sobre la estela irisada. En la pesadez ardiente del aire, era grato sentir el leve vaivén con que el agua mecía la embarcación, llevándonos con ella, sin un deseo del cuerpo, sin un cuidado el alma.»

    Quizá tiene aún más valor la descripción que hace del río en La Catedral y el río. Y es que Cernuda dibuja la desaparecida playa en la margen macarena del Guadalquivir y cómo, tumbado en la orilla, oía pasar los trenes camino de la estación de Córdoba (la actual Plaza de Armas).

    «Ir al atardecer junto al río de agua luminosa y tranquila, cuando el sol se iba poniendo entre leves cirros morados que orlaban la línea pura del horizonte. Siguiendo con rumbo contrario al agua, pasada ya la blanca fachada hermosamente clásica de la Caridad, unos murallones ocultaban la estación, el humo, el ruido, la fiebre de los hombres. Luego, en soledad de nuevo, el río era tan verde y misterioso como un espejo, copiando el cielo vasto, las acacias en flor, el declive arcilloso de las márgenes.»

  12. El teatro de verano del Eslava o el hotel Alfonso XIII

    Los terrenos que ocupa el hotel Alfonso XIII existía, en los años 20, los jardines del Eslava
    Los terrenos que ocupa el hotel Alfonso XIII existía, en los años 20, los jardines del Eslava - abc

    En El enamorado Luis Cernuda deja para el lector de hoy otro escenario de Sevilla ya inexistente. Se trata del teatro de verano que se ubicaba en los Jardines de Eslava. Hoy no perdura ni una cosa ni otra. Estos jardines estaban donde actualmente se levanta el hotel Alfonso XIII. El poeta sevillano cuenta su primer enamoramiento a raíz de una visita a dicho teatro.

    «Estabas en el teatro de verano, donde la noche y las estrellas era lo que sobre sus cabezas veían aquellas criaturas allí congregadas, anulando con un miterio más real, una vastedad más dramática, al acontecer trivial de la escena. Sentado entre los suyos, como tú entre los tuyos, no lejos de ti le descubriste, para suscitar con su presencia, desde el fondo de tu ser, esa atracción ineludible, gozosa y dolorosa, para la cual el hombre, identificado más que nunca consigo mismo, deja también de pertenecerse a sí mismo.»

  13. El prado de San Sebastián

    Cernuda se refiere al prado de San Sebastián como «el campo»
    Cernuda se refiere al prado de San Sebastián como «el campo» - abc

    Y entre Acetres y la calle Aire, Cernuda vivió junto al prado de San Sebastián, concretamente en el cuartel de la Borbolla, entre los 13 y los 16 años. Este hecho acercó al poeta al entorno del parque de María Luisa que tanto ha reflejado en distintos capítulos de Ocnos. En cuanto al Prado, lo detalla en Belleza oculta y en La riada.

    En la primera hablaba de la mudanza de Acetres a la Borbolla durante una tarde de marzo. Aparece Albanio, que es el personaje que Cernuda inventa para hablar de él mismo durante su niñez. «Pisaba Albanio ya el umbral de la adolescencia, e iba a dejar la casa donde había nacido, y hasta entonces vivido, por otra en las afueras de la ciudad. Era una tarde de marzo tibia y luminosa, visible ya la primera en aroma, en halo, en inspiración, por el aire de aquel campo entonces casi solitario.»

    En La riada, como su propio nombre lo indica, cuenta las consecuencias de una inundación que sufrió Sevilla en la segunda década del siglo XX. «Una mañana vinieron a buscarle al colegio a hora desusada. Llovía días y días, torrencialmente; y el agua desbordando ya por el prado, sería difícil para él volver a su casa en las afueras si se retrasaba un poco. Hubo que dejar el coche al salir de las últimas calles. Aquella avenida de castaños que antes tantas veces recorriera a pie, tuvo entonces que cruzarla en barca.»

    Si hoy se acerca al cuartel de la Borbolla, en la avenida de Sevilla con el mismo nombre, podrá ver un azulejo que recuerda las primeras palabras de Belleza oculta, colocado en 2002 con motivo del centenario del nacimiento del autor.

  14. La Diputación de Sevilla, antiguo cuartel de Caballería

    La actual Diputación de Sevilla, lo que antes era el cuartel de Caballería
    La actual Diputación de Sevilla, lo que antes era el cuartel de Caballería - abc

    La sede de la Diputación de Sevilla, sita en la avenida Menéndez Pelayo, es el antiguo cuartel de Caballería. Allí se encontraba un día Luis Cernuda cuando vio a un soldado, al que comparaba con el mismísimo Hermes de Praxíteles, rubio de ojos azules, del que se quedó al verlo ensimismado. Lo narra en Sombras.

    «Era rubio y fino -con cara de niño, agregaría, si no recordara en sus ojos azules aquella mirada de mal humor de quien ha probado la vida y le supo amarga. En su bocamanga, rojo como una herida fresca, llevaba un galón de cabo, ganado en Marruecos, de donde venía. Estaba encima de un carro, descargando las doradas pacas de paja para los caballos, que impacientes allá dentro, albergados como monstruos plutónicos bajo enormes bóvedas oscuras, herían con sus cascos las piedras y agitaban las cadenas que los ataban al pesebre.»

  15. La venta de Eritaña

    La venta de Eritaña, lugar de ocio nocturno en la Sevilla de los años 20
    La venta de Eritaña, lugar de ocio nocturno en la Sevilla de los años 20 - abc

    Otros de los lugares con que ya no cuenta la ciudad de Sevilla es la venta de Eritaña, que junto con la de Antequera, era consideraba uno de los centros de la vida social sevillana en los años veinte, sobre todo, durante las noches de primavera y verano. De ambiente taurino y propiedad de la familia Vázquez, dicha venta estaría situada en lo que hoy es la Glorieta de México, próxima al parque de María Luisa. Desapareció en los años sesenta, después de que las clases más altas de la sociedad sevillana la fueran abandonando poco a poco a causa de la mala fama que adquirió, por las juergas que allí se sucedían.

    Cernuda habla de la venta de Eritaña en El Placer. «En las noches de primavera, alta ya la madrugada, venía a través del campo, desde Eritaña, el son de un organillo. La tonada efímera, en el silencio y la calma de la noche, adquiría voz, y hablaba de quienes a esa hora, en vez de dormir, vivían, velando por el placer de un momento.»

    En Sortilegio nocturno también la cita, relacionándola igualmente con los tórridos romances que surgían de aquellas veladas. «Fuera de la ciudad, la noche estival se remansaba en sosiego. Por el camino de la venta, sobre el cual se cruzaba sus ramas las acacias, un tintineo de cascabel delataba el coche que venía, y luego pasaba lento, echada la capota, apenas visibles las piernas entrelazadas de aquella pareja, cuyas caricias favorecían con la complicidad del cochero, la soledad y la penumbra.»

  16. El burdel de Monsalves

    Aspecto actual de la calle Monsalves
    Aspecto actual de la calle Monsalves - RAÚL DOBLADO

    En la calle Monsalves existía un burdel en torno al 1910. Lo regentaba Manuel «El Sacristán», que también era propietario de otros lupanares de Sevilla. A esta «casa pública», hoy desaparecida, se refiere Luis Cernuda en El vicio. Un día, cuando iba camino del otro colegio donde estudió, que estaba situado en la calle Bailén, al pasar por Monsalves le llamaba poderosamente la atención una casa que siempre tenía cerrados balcones y ventanas. Sin embargo, un día que discurrió por la vía sevillana algo más temprano de lo normal...

    «Una mañana de invierno, camino yo del colegio más temprano, roja aún la luz eléctrica en algún cristal, luchando con el vago amanecer, al cruzar aquella calle vi parado un coche ante la casa; un coche de punto, viejo y maltratado, echada la capota, y el cochero de pañolillo blanco anudado al cuello, gorra de hule ladeada en la cabeza y una iperda sobre la otra en actitud jacarandosa, como quien espera. Por la acera, una mujer alta vestida de amarillo, el abrigo de piel derribado sobre un hombro, paseaba dando voces coléricas junto a la puerta de la casa, al fin abierta.»

  17. La iglesia de la Anunciación

    La tumba de Bécquer que Cernuda recuerda en «El Poeta»
    La tumba de Bécquer que Cernuda recuerda en «El Poeta» - abc

    La universidad es una de las últimas paradas de la ruta de Ocnos. Luis Cernuda la nombra en numerosas ocasiones. Hay que recordar que en época del poeta sevillano, la universidad de Sevilla se situaba en lo que hoy es la Facultad de Bellas Artes, sita en la calle Laraña. Y la capilla de dicha institución es la actual iglesia de la Anunciación, desde donde cada Jueves Santo salen los titulares de la hermandad del Valle. En El Poeta habla del Panteón de Sevillanos Ilustres, donde está enterrado Gustavo Adolfo Bécquer. Y es que, en 1913 llegan a Sevilla los restos de Bécquer y a causa de esto, Cernuda se interesa por su obra y comienza a leer poemas, los primeros de su vida.

    «...Porque en tales días se hablaba mucho de Bécquer, al traer desde Madrid sus restos para darles sepultura pomposamente en la capilla de la universidad. [...]Años más tarde, capaz ya claramente, para su desdicha, de admiración, de amor y de poesía, entró muchas veces Albanio en la capilla de la universidad, parándose en un rincón, donde bajo dose de piedra un ángel sostiene en una mano un libro mientras lleva la otra a los labios, alzado un dedo, imponiendo silencio.»

    En 2002, con motivo del centenario del nacimiento de Luis Cernuda, en la fachada de la iglesia se colocó un azulejo recordando estas mismas palabras.

  18. Facultad de Bellas Artes

    Uno de los patios de la Facultad de Bellas Artes, antes la sede de la Universidad de Sevilla
    Uno de los patios de la Facultad de Bellas Artes, antes la sede de la Universidad de Sevilla - abc

    Luis Cernuda también habla de sus años en la universidad, que, como hemos advertido anteriormente, se situaba en la actual Facultad de Bellas Artes. En esa época la universidad se comenzaba uno o dos años antes, esto es, con 16 o 17 años. En El destino, describe cómo era uno de los patios de la universidad, donde el poeta se paraba a reflexionar.

    «Había en el viejo edificio de la universidad, pasado el patio grande, otro más pequeño, tras de cuyos arcos, entre adelfas y limoneros, susuraba una fuente. El loco bullicio del patio principal, sólo con subir unos escalones y atravesar una galería, se trocaba allí en silencio y quietud.»

    Luis Cernuda comenzó a estudiar Derecho en 1919, aunque la terminó en el 26 tras una pausa por tener que ingresar en el servicio militar.

  19. El parque de María Luisa

    Una vista del parque de María Luisa
    Una vista del parque de María Luisa - abc

    El parque de María Luisa aparece en varios capítulos de Ocnos. Durante los años que vivió en el Cuartel de la Borbolla, Cernuda estuvo en permanente contacto con las alamedas del parque, las cuales son reflejadas en El placer, Primavera y El parque, entre otros.

    «...Y el grito ronco y agudo de algún pavo real, insomne por las alamedas del parque, rompía la cadencia de la musiquilla como una burla de mi anhelo loco y triste.» Estas líneas pertenecen a El placer, donde Cernuda habla también de la venta de Eritaña. También nombra al parque en Primavera: «Abstraído en ese imaginar, marchas con nostalgia por la avenida del parque, donde revuela espectral a ras de tierra y te precede, fugitiva ala terrosa, una hoja del otoño último.» Quizá en El parque, sea donde el autor más se recrea en describirlo: «Sobre la hierba, donde orillan la avenida bancos sin nadie, pequeños en la distancia al pie de los grandes árboles, la luz matinal cae en hacer alternados con otros de sombra.»

  20. Desde el exilio

    Retrato de Luis Cernuda de los años 60
    Retrato de Luis Cernuda de los años 60 - abc

    Luis Cernuda escribe Ocnos durante su exilio en Reino Unido. La primera edición data del año 1942, dentro del periodo de madurez de la obra del poeta sevillano. En esta ocasión, Luis Cernuda se aleja de la poesía y narra en prosa su niñez y adolescencia en Sevilla, ciudad que la relacionaría en otras obras como su Edén. En 1963 sale la última versión de Ocnos, ya ampliada. En ese mismo año, el 5 de noviembre de 1963, Luis Cernuda fallecía en México D.F., lejos de su tierra.

    En Guerra y paz, Cernuda cuenta sus sensaciones antes de salir de España. Lo hacía desde una estación de ferrocarril cerca de la frontera. «La estación sin duda hubiera tenido que mostrar animación, vida, aún más por ser estación de frontera; pero cuando en aquel anochecer de febrero llegaste a ella, estaba despierta y oscura. Al ver luz tras de unos visillos, hacia un rincón del andén vacío, allá te encaminaste.»