Scott Fitzgerald y Zelda Sayre, junto a su hija Scottie
Scott Fitzgerald y Zelda Sayre, junto a su hija Scottie - ABC
Un amor abocado al abismo

El matrimonio de los Fitzgerald, una condena inevitable

«La muerte de la mariposa» rescata la turbulenta historia de la icónica pareja que formaron Scott y Zelda

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Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre encajaron su relación con la armonía con que lo hacen un candado y su llave. Él, verso libre desde su adolescencia y fracasado por autoimposición desde que escribiese su primera línea, era el candado. Ella, la chica más popular y cortejada de Alabama, era la llave que abría la puerta al sendero del éxito. Si no conseguía que lo admirasen por su literatura, que al menos lo envidiasen por su consorte.

Es ésta una relación que perfectamente podría ser novelesca, aliñada como está por la adicción al alcohol de uno y la esquizofrenia de otra. Quizá por resarcirse, el italiano Pietro Citati ha escrito «La muerte de la mariposa» (Gatopardo), un libro que acaba de aparecer en España y en el que documenta los altos y bajos -nunca hubo punto intermedio- del romance.

Aficionada a escribir como era Zelda, dejó constancia de su sentir en el primer contacto con su marido en ciernes: «Estar junto a él, con la cara entre su oreja y el rígido cuello del uniforme, era como ser introducido en los almacenes subterráneos de una tienda de preciosas telas, que destilan la delicadeza de los percales y los linos, y de los lujos envueltos en sacos». Fue en un baile en Montgomery en julio de 1918. Zelda tenía dieciocho años. Fitzgerald, a punto de cumplir veintidós, era primer teniente de infantería.

La buena impresión de la mujer no escondía ni mucho menos una fascinación torrencial. Él la agasajó: primero con un pijama y, tras él, un anillo de compromiso que pertenecía a su madre, un abanico de plumas, un suéter y un reloj de platino y diamante. Ella no le correspondía: se sabía su mejor regalo.

El alcoholismo de Fitzgerald comenzó a bullir como paliativo contra el dolor que le producía que su querida flirtease con otros hombres. También contra su reticencia a casarse. Con todo, Zelda se sabía prendada: él le permitía ver y palpar el mundo más allá de la frivolidad de su coqueta fachada. Se casan el 3 de abril de 1920 y tienen una hija a la que llaman Scottie.

Se afanan entonces en regar con ginebra y ron innumerables noches de despilfarro en sociedad hasta que la curda ejercía efecto y disfrazaba un vínculo forzado de pasión. Zelda era también indispensable para el buen hacer literario del escritor. Se conoce que Fitzgerald copiaba las cartas y los diarios de ella para incorporarlos a sus libros. Y cuando no encontraba a los personajes de «El Gran Gatsby», ella los dibujaba hasta que le dolían los dedos.

Punto de inflexión

El punto de inflexíón llega en el verano de 1924, durante una estancia en la Costa Azul. Allí Zelda conoce a un joven oficial aviador de la armada francesa que le hace replantearse su matrimonio. La ira de su esposo anestesia los brotes de aquel nuevo amor, pero el golpe terminaría evidenciando los primeros retazos de inestabilidad en Zelda: es muy probable que intentase suicidarse.

Fitzgerald, que estaba al tanto de todo, publica el 10 de abril de 1925 «El Gran Gatsby». Ella había logrado reconducir su vida a través del baile, con el que se obsesiona de tal manera –llega a dormir con los pies atados forzosamente para moldearlos– que termina favoreciendo que la esquizofrenia emerja hasta la superficie. El 23 de abril de 1930 ingresa por primera vez en una clínica psiquiátrica. Sólo 20 días después, se produce su segunda tentativa de suicidio.

Esta doble furia que auspiciaron el alcohol y la esquizofrenia precipitó escenas como que Zelda acusase a su marido de mantener un romance con Hemingway. Turbado, Fitzgerald trató de probarse a sí mismo su virilidad con una prostituta, cosa que no llegó a producirse porque su mujer se enteró a tiempo. También intercedió a tiempo cuando él se enamoró de una actriz de diecisiete años: lo solucionó arrojando por la ventanilla del tren el reloj que su marido le había regalado en los albores de la relación. Llegado este punto, él, que decía que mientras estuviera con Zelda estaba abocado a beber sin descanso, era más una madre que un amante para ella.

Fitzgerald, que sabía que «las cosas resultan más dulces una vez que las has perdido», nunca se planteó abandonar a su esposa. Como le escribió a Scottie, «los enfermos mentales son simples invitados en la tierra, eternos extranjeros que llevan consigo decálogos rotos que no saben leer». Sabía que su propósito era estar allí para leérselos. Se los resumió: «Deja de buscar alivio: no lo hay, y si lo hubiera, la vida sería cosa de niños».

El 21 de diciembre de 1940, Fitzgerald muere a los 44 años de un ataque al corazón. Dejó escritas 44.000 palabras de «El último magnate», la única obra en la que pudo volcar toda su adicción por la literatura tras superar su dipsomanía. Su llave, Zelda, le acompañó el 10 de marzo de 1948. Murió carbonizada tras un incendio en la clínica en la que se recuperaba de su enfermedad. Y se unieron por última y definitiva vez en el sepulcro de la iglesia de Saint Mary. Allí, Scottie, conocedora de que su padre consiguió entender en los libros lo que no se explicaba en su vida, ordenó grabar la frase que cierra el más celebrado: «Y así, seguimos remando, botes contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado».