Michael Connelly, ayer en Barcelona
Michael Connelly, ayer en Barcelona - INÉS BAUCELLS

Michael Connelly: «Nuestro deber es bajar la política a la calle y ver cómo afecta a la vida de las personas»

El autor publica «La habitación en llamas», nuevo caso del detective Harry Bosch y ventana abierta a la compleja y cambiante realidad de Los Ángeles

BARCELONAActualizado:

Después de una veintena de libros y un cuarto de siglo recorriendo los contornos criminales de Los Ángeles, Harry Bosch empieza a hacerse mayor y a pensar más de la cuenta en ese Plan Opcional de Jubilación Postergada que le espera a la vuelta de la esquina, pero Michael Connelly (Filadelfia, 1956) no tiene ninguna intención de dejarle escapar. No hablemos ya de mandarle a Florida a sorber mojitos y despatarrarse en una tumbona.

Ni rastro, pues, de flaqueza ni amago de jubilación para uno de los detectives más queridos y leídos de la novela negra contemporánea; un veterano de Vietnam con las dosis justas de cinismo y esperanza que ha ayudado a Connelly a despachar más de 60 millones de ejemplares en todo el mundo gracias a unos casos cada vez complejos y enrevesados. Casos como los de «La habitación en llamas» (Alianza de Novelas), nueva entrega de la serie en la que Hieronymus «Harry» Bosch y su nueva compañera, la inexperta pero resuelta Lucía Soto, deberán resolver en paralelo la muerte de un mariachi por complicaciones de un balazo recibido diez años antes y un antiguo incendio en un edificio en el que murieron nueve personas, casi todos niños.

Una nueva oportunidad para asomarse a la compleja y cambiante realidad de Los Ángeles, airear nuevos casos de corrupción política y reivindicar la novela negra como impagable termómetro social. De todo ello habla un Connelly que, con un ritmo de trabajo endiablado y plenamente involucrado en «Bosch», adaptación televisiva de la saga de la que se acaba de estrenar la tercera temporada, ha encontrado tiempo para escaparse unos días de vacaciones a Barcelona para charlar de esa «habitación en llamas» a la que siguen dos nuevos títulos publicados en Estados Unidos.

«La maldad no permanece en la oscuridad para siempre», leemos en el libro. ¿Optimismo o necesidad de autoengañarse?

Es un tema que me gusta retomar siempre, esa especie de esperanza y optimismo, aunque no siempre sea posible. Quienes hacemos este tipo de entretenimiento popular tenemos que ir lanzando mensajes como este. Además, Harry Bosch tiene mucha esperanza en la justicia. Es lo que le ha permitido seguir avanzando. Esta frase es el tema en el que baso el libro, y me gusta como concepto. De hecho, «La habitación en llamas» está basado en un caso real que estaba sin resolver, así que el mal seguía escondido, pero que se resolvió hace cuatro o cinco meses. Se practicaron detenciones y en breve empezará el juicio.

Sigue siendo Los Ángeles un buen termómetro para interpretar la realidad estadounidense y, por extensión, un buen escenario para la novela negra?

¿En todas partes se producen crímenes, pero Los Ángeles tiene una particularidad: es una ciudad de llegada de muchos tipos de gente diferente. Todos vienen con sus sus sueños y esperanzas, y cuando no se cumplen se producen tensiones y fricciones que pueden acabar desembocando en crímenes. Es por eso que Los Ángeles es una de las tres ciudades de Estados Unidos con mayor índice de criminalidad. Uno de cuatro asesinos se va de rositas, lo que es bastante deprimente.

¿Es esta una de las razones por las que se escribe novela negra? ¿Para poder impartir justicia ahí donde la realidad la niega?

Es un aspecto a tener en cuenta, sin duda. Diría que el 99,9% de las novelas negras acaban con la resolución del caso, algo que no tiene demasiado que ver con lo que ocurre en la vida real. Yo mismo escribí una novela, «El poeta», en la que el caso quedaba sin resolver y el resultado fue que no funcionó demasiado bien.

En «La habitación en llamas» asistimos a un duelo entre los viejos y los nuevos investigadores, dos mundos policiales que parecen cada vez más distanciados.

No se trata tanto de dos bandos como de los diferentes grados de motivación de los agentes. Está Harry Bosch, que cree en lo que hace, y luego otros policías que piensan que tienen un buen trabajo con una buena pensión, así que mejor no salir mucho del despacho. Siempre intento ser muy preciso con mis novelas, así que trabajo con un grupo de investigadores. Son ellos quienes me transmiten su frustración por la burocracia y la falta de motivación de algunos compañeros.

¿Este desencanto puede hacer que veamos a Harry trabajando fuera de la policía? En «La habitación en llamas», sin ir más lejos, ya le vemos atravesar la cuerda floja.

Bueno, con esto os saco un poco de ventaja, porque ya he publicado dos libros más en Estados Unidos y Harry ya ha abandonado del departamento de policía de Los Ángeles para irse a trabajar como detective voluntario a San Fernando, un pequeño pueblo de dos millas cuadradas en medio de Los Ángeles. Eso me ha permitido alargar su vida como detective, ya que ahí aceptan a cualquiera independientemente de su edad.

¿Y qué ocurre con Lucía Soto, su compañera? Se diría que está destinada a ser un personaje importante dentro de la serie. O incluso a tomar el relevo de Harry.

Me gusta ir plantando semillas, y Lucía es una de ellas. En el próximo libro, «El lado oscuro del adiós», tiene un papel muy pequeño, pero en el siguiente vuelve a ganar importancia. Me gusta jugar con varios personajes porque, aunque Harry sigue siendo mi prioridad, no siempre lo será.

Bosch defiende que «todo el mundo cuenta o nadie cuenta», algo que parece contradecir abiertamente algunas políticas actuales.

Ese es el tema de todos los libros, sí, y está en clara contradicción con las políticas de Trump, que van a hacer crecer la brecha entre quienes tienen y quienes no. Nunca hablaré en concreto de Trump en uno de mis libros, pero sí que me interesa cómo afectan sus políticas una vez estén implementadas. Sobre todo en una ciudad como Los Ángeles, donde hay mucha gente en situación irregular.

Siempre se resalta el papel social de la novela negra. ¿Es algo que va a ir a más?

Creo que sí, porque además es un tipo de novela muy rápida, que te permite añadir visiones contemporáneas. Yo, por ejemplo, escribo un libro al año. En este sentido, las turbulencias que han creado Trump y sus políticas son muy malas para la sociedad, porque han generado una gran división, pero son un filón para los escritores de ficción. Nuestro deber es tomar estas políticas, bajarlas a la calle y ver cómo afectan a las vidas de las personas.

Ahora que se ha estrenado la tercera temporada de «Bosch» y que cada vez más escritores están trabajando para la televisión, ¿cómo valora ese cambió de escenario?

Cada vez hay más historias serializadas y más autores jugando en ambas partes. Cuando me ofrecieron por primera vez adaptar las novelas con un caso por capítulo, dije que no me interesaba, pero cuando me ofrecieron hacer un caso por temporada, ahí sí que me interesó, porque el proceso es muy similar al de escribir un libro. Es por eso que cada vez vamos a ver a más escritores ir de la novela a la televisión.